GERMAN ESPINOSA
entrevista con Carlos Luis Torres

 

El pasado 17 de octubre murío en la ciudad de Bogotá el maestro Germán Espinosa, nacido en Cartagena de Indias en 1938. Fue poeta, novelista, periodista, ensayista, editor y traductor. Escribió más de cuarenta libros y recibió varios premios entre ellos la Orden de las Artes y las Letras, otorgada por el Ministerio de Cultura de Francia. Su novela La tejedora de coronas, es considerada por muchos como “su obra”; relata la vida de Genoveva Alcocer, una Cartagenera que deambula el siglo de las luces presenciando los acontecimientos (de Europa y América) más importantes de la época.
La siguiente entrevista realizada en agosto de 1995 por
Carlos Luis Torres en su papel de coordinador de la sección cultural de la revista Deslinde se reproduce aquí como un homenaje a uno de los escritores más importantes de Colombia en los últimos años.


















Germán Espinosa, nacido en Cartagena de Indias en 1938, forma parte de ese grupo de escritores colombianos que con nuevas formas de novelar dieron el primer paso de alejamiento al “boom” y al realismo mágico. Su calidad de escritor moderno, le permite presentar una obra que bucea en la historia, que supera lo anecdótico, que recupera un pasado ideológico y contribuye de forma nueva a la comprensión del presente y la construcción del devenir.
Su obra (poética, novelística y ensayística) no es de fácil acceso, requiere de un lector atento, activo y cómplice que esté dispuesto a aportar para degustar y experimentar el placer estético e ideológico.
“Prefiero que digan de mi que soy un poeta que narra”, manifiesta cuando se le confirma como novelista. Efectivamente, Espinosa posee una extensa obra en verso, actividad que practica desde la adolescencia. Su trabajo poético supera la decena de libros y para ratificar su condición de poeta siempre guarda el poema que está trabajando en uno de sus bolsillos, a veces de manera confidencial, lo desdobla y lo somete a otra mirada escrutadora, de la cual sale, siempre, más limpio y decantado.
Conversar con Espinosa es sumergirse en otra de sus novelas, no sólo porque la charla se salpica de erudición e ironía, o porque su vida, ligada a la historia del país, le permite tomar distancia y opinar sobre nuestra cultura, sino porque el espacio que habita, con sus libros y sus recuerdos de viaje, se entremezclan formando un “ámbito-barroco” indisoluble con su obra.
En esta oportunidad no hablamos de su trabajo literario, tocamos aspectos de la literatura nacional y de política cultural, pero estamos seguros que esta conversación invita a releerlo como oportunidad de encontramos con la literatura y el pensamiento universal.


Reconocemos que en muchos aspectos éste es un país pre-moderno, que los rasgos de modernidad son sólo manchas en una nación que vive en el atraso. ¿Qué sucede en la literatura?

Es común imaginar que, porque la mayor parte de Hispanoamérica vive en el atraso político y social, ello es equivalente para la totalidad de nuestras actividades. Nada más erróneo. En el siglo que agoniza nuestro orbe se colocó no sólo al día, sino en varios aspectos avante en lo atañedero al arte. En literatura, ya desde finales del xix, hispanoamericanos como Rubén Darío y nuestro José Asunción Silva habían marcado la pauta a las letras españolas. Discípulos de Darío fueron, por ejemplo, confesamente, Valle-Inclán, Machado, Juan Ramón Jiménez. Años después, tras la Primera Guerra Mundial, hispanoamericanos como Huidobro y Vallejo se anticiparon a los movimientos vanguardistas de Europa. Discípulo de Huidobro fue nadie menos que Apollinaire. El peruano Vallejo había hecho poesía automática, del inconsciente espontáneo, antes del Manifiesto Surrealista.
Por lo que a Colombia concierne, libros como Suenan timbres, de Luis Vidales, casi coincidieron en su publicación con los albores del surrealismo francés. De hecho, y en ello no estoy yo de acuerdo, Andrés Holguín considera a Vidales desde el punto de vista del surrealismo. Pero, de cualquier forma, Vidales dio aquí un interesante salto a tiempo. Claro que no es cosa de andar para todo comparándonos con Europa. El boom del libro hispanoamericano, por ejemplo, mostró cómo en nuestra área geográfica había narradores más audaces y avanzados que los europeos de entonces. Como nadie ignora, Colombia no fue marginal respecto a ese fenómeno, una de cuyas mayores conquistas consistió en demostrar que teníamos contenidos distintos que ofrecer al universo literario. Vladimir Nabokov, ¿no procede, en cierta medida, de Borges? A partir de entonces, no es nada desdeñable el acervo aportado por nosotros –perlas–, dirá usted, entre el inevitable montón de basura, pero perlas fulgurantes.

 

¿Podemos señalar la existencia actual de vanguardias en Colombia?

 

A mi modo de ver, una de las palabras que es preciso sacar de circulación de una vez y para siempre, es justamente la voz “vanguardia”. Nunca tuvo mucho significado, pero sirvió en otros tiempos para englobar una serie de fenómenos a la moda, algunos de ellos antitéticos entre sí. En la actualidad, no creo que sirva ya para nada. En una ocasión, un asistente a cierta conferencia mía montó en cólera y se puso como un energúmeno porque afirmé lo anterior. Pero, me pregunto: ¿qué significó esa palabra en otros tiempos? ¿Qué relación podía haber entre el cacareado futurismo de Marinetti –hoy tan lleno de pátina– y, por ejemplo, el surrealismo, el expresionismo, el ultraísmo español? Y, no obstante, todos formaban parte de esa masa amorfa llamada vanguardia.
¿Vanguardias con relación a qué? Para mí, el verdadero arte es eterno y nada podría novelísticamente, por ejemplo, hallarse a la vanguardia con relación a El Quijote. Así que ¿a qué preguntarse si hay o no en Colombia una cosa vagamente denominada vanguardia? Preguntémonos si se está escribiendo entre nosotros una literatura importante, con validez universal. Eso es lo que debe preocupamos.

 

¿Se está escribiendo?

 

Pienso que hay una minoría que lo hace. Y a esa minoría pertenecen individuos de varias corrientes o propensiones. No soy de esos escritores que piensan que todos sus colegas deberían escribir como ellos. Me gusta la variedad y se me ocurre que, siendo co-generacionales, Héctor Rojas Herazo y Manuel Mejía Vallejo, por ejemplo, lograron la belleza y la universalidad por caminos distintos. Usted me dirá: pero ¿son leídos esos autores fuera del país? Quizás no, pero si hubiera quien se ocupase de divulgarlos más allá de nuestras fronteras, resultarían cabalmente comprensibles a un chino o a un ugandés.

 

Si pensáramos, redefiniéndola para los fines de esta conversación, que la vanguardia la conforman aquellos que rompen la tradición o lo “institucional” y se arriesgan a lo desconocido o, mejor, abren camino, ¿podríamos afirmar que existen escritores en Colombia que pudiéramos denominar vanguardistas?

 

Por supuesto. De otra forma, estaríamos ante una literatura estancada. Mi oposición al concepto de vanguardia se remite a éste como idea de escuela, de novedad inapelable, tal como lo entendía el “nadaísmo”. Para los “vanguardistas” que se volvieron tradicionales a lo largo del siglo xx, quien no acatara los dogmas contenidos en sus manifiestos debía ser condenado a las tinieblas exteriores. Eso es no comprender el proceso del arte. El auténtico creador encuentra, para cada creación en particular, una solución formal única, aquella que el tema exige, y no soluciones ya dadas en fórmulas de capilla. Al hallarla, ha dado un paso adelante en la marcha de su arte, cualquiera que éste sea. En tal sentido, como usted comprende, todos los grandes creadores, desde Homero hasta Borges, han sido vanguardistas. En nuestro país, como ya dije, ha existido siempre una minoría que se plantea honrada y abiertamente el proceso creador. Lo cual equivale a decir que hemos venido produciendo valores universales, así la idea no sea del gusto de los pesimistas inveterados.

 


¿Por qué se queda la literatura colombiana encerrada en nuestro país?

No siempre ocurre tal cosa, pero ocurre muy a menudo. La verdad es que Colombia, en ésta como en otras materias, ha sido siempre incomprensiblemente introversa, no busca proyectar una brillante imagen en el exterior. Hace poco, ante la Comisión Sexta de la Cámara de Representantes, donde se comenzaba a debatir la creación del Ministerio de Cultura, yo señalé tal inexplicable inclinación. Es curioso, pero preferimos seguir siendo la Colombia de Pablo Escobar, a ser –por ejemplo– la Colombia de Rafael Pombo o de José Eustasio Rivera. Hay países como México y la Argentina, que proyectan una espléndida imagen cultural, y ello los ayuda en todo sentido. Colombia, resabiada, se resiste a hacerlo.
Cuando en otros tiempos, nos llamaban, quizá con justicia, “país de poetas”, los colombianos solíamos avergonzarnos de tal aseveración: recuerdo que clamábamos porque se nos llamara “país de creadores de riqueza” o “país de futbolistas”. Jamás logramos ni merecimos tales motes compensatorios y, en cambio, perdimos el antiguo. Ahora se nos tiene por país de maleantes y asesinos.
Valores literarios colombianos que, otrora, eran respetados en el extranjero, como José Asunción Silva y Guillermo Valencia, hoy ingresaron en el olvido, porque nuestros gobiernos, nuestros agregados culturales, con insondable rubor, dejaron de promoverlos. ¿No será labor principalísima del futuro Ministerio de la Cultura volver a otorgamos una imagen digna en el exterior, mediante la promoción de nuestros valores viejos y nuevos que, sin duda, nada tienen que envidiar a los que promueven las cancillerías de México o de Buenos Aires?


¿También sería función de un Ministerio de la Cultura, o del viejo Instituto reforzado económicamente, prestar apoyo al escritor para permitirle coronar su obra sin tantas dificultades económicas?

 

No me parece. Cualquier apoyo individual que ese despacho prestara podría, peligrosamente, constituirse en una forma de anular la libertad del artista. Tengo entendido que el presupuesto del Ministerio de la Cultura va a estar fundado, inicialmente, en la fusión de los presupuestos dispersos que hoy se destinan a fines culturales, y que casi siempre acaban siendo manipulados por los políticos en procura de votos. Tales recursos, a mi ver, deben destinarse a fines generales, a estimular y divulgar, no exactamente a patrocinar el trabajo de individuos en particular.
Otros rasgos específicamente griegos, como el traje que usaban los jóvenes para ir a las fiestas, se perdieron, se disolvieron en el tiempo, o quedaron como meras referencias pintorescas en la formidable obra de Burckhardt. Yo, por eso, en lugar de defender las alpargatas y los buses de escalera (que a algunos obsesionan como paradigmas de lo nacional), prefiero defender el arte cósmico de, pongamos por caso, José Asunción Silva. Una vez colocado por propio impulso en órbita universal, Silva es capaz de atraer la atención hacia lo particularmente nacional. En dos platos: por ser autóctono no se es mejor escritor; por no serlo, tampoco.

 

Pasando a otro tema, ¿existe novela urbana en Colombia? ¿ Cuáles son entonces los caracteres de la novela urbana? Si pensamos en su última novela publicada (La lluvia en el rastrojo), ésta transcurre en la ciudad de Bogotá? ¿Es, pues, urbana?

 

La lluvia en el rastrojo es una novela de clausura, de intimidad, que bien podría ocurrir en Bogotá o en Saigón o en la luna. Nunca creí en eso que han dado en llamar “novela urbana”. La serie proustiana En busca del tiempo perdido, por ejemplo, se desplaza con gran facilidad de la ciudad a la aldea, de ésta al campo o al balneario. ¿Es, pues, urbana, aldeana, campestre, balnearil? ¿O bien urbaldeanestrebalnearil? No, demonios. La novela tiene lugar donde es cómodo que tenga lugar: el escenario es solicitado por el argumento y ninguna novela es mejor que otra, ni más avanzada, porque sea urbana o campestre. Huxley, por ejemplo (y, en general, la novela inglesa), nos sitúa personajes de la ciudad en el campo, y le va muy bien.
En otros tiempos, claro, hubo novela y hasta poesía pastoril, lo que equivalía a decir ingenua. Pero, en el mundo moderno, lo importante en la novela es que constituya un instrumento de detección del cuerpo social, un instrumento de conocimiento. El lugar donde transcurra la acción es accesorio.

 

De todos modos, algunas novelas de reciente publicación tocan el tema urbano y deambulan una ciudad caótica, otras rastrean el futuro como prolongación del presente y plantean la posibilidad del fin del progreso, entendido como una actitud frente a la modernidad. En su opinión, ¿podría ser éste un intento literario de anticipación?

 

Supongo que sí. La verdad es que la idea del progreso como una necesidad metafísica, que surgió de los optimistas iluministas del XVIII, ha hecho crisis a partir de la catástrofe del comunismo europeo. Éste, que llevando la corriente al Marx de Miseria de la filosofía, decía no creer en leyes metafísicas, en cambio creía en la ineluctabilidad del progreso, sólo comprensible como ley metafísica. Un somero examen de la historia humana habría bastado para demostrar lo contrario: en algunos aspectos, por ejemplo, como el del pensamiento filosófico, la Edad Media fue inferior a la antigüedad, entrañó una involución respecto a ella. En el mundo de hoy, ¿no hemos también avanzado en unas cosas y retrocedido en otras?
Yo diría que la literatura, no hoy sino siempre, se planteó tal problema. La buena literatura –lo habrá notado usted– es escéptica y relativista por naturaleza. ¿Qué otra cosa es ya el Pantagruelsino, el planteo de una duda relativista respecto a la historia? ¿Y el Quijote?
Respecto al concepto de anticipación, vale la pena insistir en la operancia de la ficción como interpretación o busca de la realidad, pasada, presente o futura. Como la conquista de algo que, incluso, puede llegar a ser más verdadero que la realidad. Don Quijote de la Mancha es muchísimo más real, a mi modo de ver, que todos los personajes de carne y hueso que habitaron la Mancha en tiempos de Cervantes. Para mí, es la novela más moderna (o posmoderna, si usted quiere) de todas cuantas se han escrito, porque plantea algo que hoy nos preocupa y deja atónitos: la relatividad de todo, de absolutamente todo en el universo. Como relativista, Cervantes es un ilustre precursor de Einstein y hasta del concepto de “fin de la historia o del progreso”, con la ventaja de que lo entiende cualquiera. ¿Era, pues, el Quijote una novela de anticipación? Si, sin duda. No es, pues, de extrañar que, hoy por hoy, insistamos en la anticipación. Yo mismo, en mi novela El magnicidio, que está en mora de reimprimirse, quise hace más quince años anticiparme a ciertas cosas que luego resultaron verdaderas. Lo único que logré fue ser tildado de “reaccionario”, pero hoy los hechos cuya posibilidad yo planteaba allí, los tenemos ante nuestros ojos. No olvide que, para los antiguos, la profecía no era otra cosa que una operación de raciocinio.

 

BIBLIOGRAFÍA DE GERMAN ESPINOSA

Letanías del crepúsculo, Bogotá, Imprenta Prag, 1954.
La noche de la Trapa, Bogotá, Editora Continente, 1966.
El Basileus, Bogotá, Ministerio de Educación Nacional, 1965.
Los cortejos del diablo, Montevideo, editorial Alfa, 1970.
Anatomía de un traidor, 1973.
Claridad subterránea, poesía, 1974.
Reinvención del amor, poesía, Bogotá, Ediciones Alcaraván, 1974.
Los doce infiernos, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1976.
El magnicidio, Bogotá, Plaza y Janés, 1979.
Tres siglos y medio de poesía colombiana, Bogotá, Convenio Andrés Bello, 1980.
La tejedora de coronas, Bogotá, Editorial Pluma, 1982.
El signo del pez, Bogotá, Editorial Planeta, 1987.
Noticias de un convento frente al mar, Bogotá, Editorial Planeta, 1988.
Guillermo Valencia, Bogotá, Procultura, 1989.
Luis Carlos López, Bogotá, Procultura, 1989.
Sinfonía desde el Nuevo Mundo, Bogotá, Editorial Planeta, 1990.
La liebre en la luna, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1990.
Libro de conjuros, Roldanillo (Colombia), Ediciones Embalaje, 1990.
La tragedia de Belinda Elsner, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1991.
La aventura del lenguaje, Bogotá. Editorial Planeta, 1992.
Los ojos del basilisco, Bogotá, Altamir Ediciones, 1992.
Mi generación frente a Europa, 1994.
La lluvia en el rastrojo, Bogotá, Arango Editores, 1994.
Canciones interludiales, Bogotá, Arango Editores, 1995.
Coplas, rentintines y regodeos de Juan, el mediocre, Bogotá, Arango Editores, 1995.
Diario de circunnavegante, Bogotá, Arango Editores, 1995.
Obra Poética, Arango Editores, 1995.
El naipe negro, 1998.
Lino de Pombo, el sabio de las siete esferas, Bogotá, Panamericana Editorial, 1998.
Federico Lleras Acosta, la guerra contra lo invisible, Bogotá, Colciencias, 1998.
Cuentos completos, Bogotá, Ministerio de Cultura-Arango Editores, 1998.
Crónicas de un caballero andante, Bogotá, Ediciones Aurora, 1999.
Romanza para murciélagos, Bogotá, Editorial Norma, 1999.
La balada del pajarillo, Bogotá, Alfaguara, 2000.
La elipse de la codorniz: ensayos disidentes, Panamericana Editorial, 2001.
Cuentos escogidos, (Una selección del autor)Universidad de Antioquia, 2002.
Cuando besan las sombras Alfaguara, 2004.
Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón, 2003.
Aitana, 2007
La vida misteriosa de los sueños.


Carlos Luis Torres, “German Espinosa: la escritura versal”, Fractal nº 45/46, abril-septiembre, 2007, año XII, volumen XII, pp. 101-112.