Número 77

Ritmos de un camino: ecos de una etnógrafa

Vanessa Ulia Dantas e Sá

Conducir a lo largo de un camino en una ciudad. Limitar el espacio de entendimiento, ahondar la posibilidad de comprender. Elijo mi ciudad natal, Maputo, capital de Mozambique. Elijo 25 de Setembro y Marginal, dos avenidas que forman parte de un camino que va hacia el norte delineando la bahía de Maputo, donde la planeación urbana siempre cambiante evidencia las decisiones económicas y sociales del gobierno presente; donde los humanos se mueven en espacios urbanos delimitados pero aparentemente libres, construyendo diferencia y uniformidad mediante dinámicas conflictivas pero armoniosas. Yo observaría la belleza del flujo urbano… en un camino largo. Y tú vendrías conmigo.1

Avenida 25 de Setembro

Conduce hacia el extremo sur de 25 de Setembro, da vuelta en U, detén el auto, inhala, prepara la cámara, apaga el aire acondicionado y abre la ventana. El extremo sur se caracteriza por un área industrial. Gira tus ojos a la izquierda para observar los pequeños edificios industriales, exhibiendo formas plásticas duras, que datan de las décadas de 1940 y 1950, tal como las fábricas de aceite y cerveza: ahora gíralos a la derecha y mira el terreno contrastante que es propiedad de la compañía ferroviaria, donde viejos trenes y herramientas de mantenimiento están enterrados en la hierba espesa, seguidos por casas de piedra de dos niveles originalmente construidas por lo empleados del ferrocarril. Mira a la izquierda hacia el club deportivo Ferroviário, un viejo edificio blanco y verde, rodeado de acacias en flor.

¿Puede ser entendida una ciudad a través de un largo camino? ¿Podría yo, a través de la avenida 25 de Setembro y su continuación, avenida Marginal, profundizar mi comprensión de Maputo? Entro al auto con la intención de conducir por este camino, en dirección al norte, percibiendo y observando sus varios y diferentes ritmos, las interacciones entre los individuos, los servicios ofrecidos, las redes establecidas, el paisaje, las infraestructuras, el ambiente, las prácticas culturales. Sin embargo, éste no era un sitio nuevo, yo había estado aquí antes, pero nunca había conducido por el camino lenta y metódicamente con la intención de investigar en mente, lo cual cambió mis proyecciones observacionales, mi punto de apoyo analítico, así como la dirección de la fotografía.

«Ya conocemos este discurso. La guerra, el colonialismo, el imperialismo, el apartheid, todo y todos tienen la culpa. Excepto nosotros. Es verdad que, hasta cierto punto, otros tienen la culpa por nuestro sufrimiento. Sin embargo, parte de la responsabilidad siempre ha residido en casa. Estamos siendo víctimas de un largo proceso de evitar responsabilidades. El acto de evitar la responsabilidad es uno de los estigmas más fundamentales que cargamos, africanos de norte a sur. Algunos dicen que esto es parte de la herencia de la esclavitud, del tiempo en el que no éramos dueños de nosotros mismos».

Los primeros semáforos indican la frontera entre las áreas industriales y las áreas comerciales, estas últimas con un intenso movimiento formal e informal. Cruza la avenida Guerra Popular con cuidado, intentando no chocar, ignorando las luces rojas, verdes y amarillas que alternadamente, casi al azar, vienen y van. Mira a tu derecha y observa el Mercado Central. Siente su edad a través de la fachada. Estaciona el auto. Ten cuidado de no dejar nada dentro. Coloca el seguro del volante. Envuelve tu cámara alrededor de tu pecho, cierra el auto, negocia quién va a estarlo cuidando, y cruza la calle caminando hacia el mercado.

Una ciudad está hecha de ritmos; bienes, gente y servicios fluctuantes moviéndose y siendo movidos constantemente en complejas redes de intercambio y poder. La existencia de estas redes determina las vidas de los individuos, tanto como ellos determinan la existencia de las redes. En una relación dialéctica de poder, las redes nacen, se desarrollan y mueren, en flujos constantes o, en otras palabras, en ritmos. Esta vida y esta muerte también se relacionan con el ambiente físico, que incluye los ambientes naturales y los construidos.

La comprensión de los ritmos y redes de una ciudad me permitirá, con suerte, echar un vistazo a la complejidad que permea cada espacio urbano, hecho de capas económicas, políticas, culturales y sociales superpuestas, como el Mercado Central.

«El patrón, muchas veces distante e invisible, era responsable de nuestro destino. O de la ausencia de un destino. Hoy ni siquiera simbólicamente matamos al viejo patrón. Una de las formas de tratamiento que más rápidamente emergió de unos diez años para acá fue la palabra “patrón”. Era como si nunca hubiera muerto, como si estuviera buscando una oportunidad histórica para arrojarse en nuestra vida diaria. ¿Podemos culpar a alguien por esta reaparición? No. No obstante, estamos creando una sociedad que produce desigualdades y reproduce relaciones de poder que creímos estaban enterradas».

Observa los vendedores ambulantes, vendiendo somozas y pays, perfumes y DVDs, muñecas y naranjas; observa a la gente entrando y saliendo de sus autos, con miedo de ser asaltados, los niños de la calle pidiéndote cargar tus compras, los autos importados a lo largo de la calle. Entra. Siente el olor. Observa los colores. Toca la fruta. Toca los colores. Paséate un poco, mirando a la gente, vendedores negros, compradores negros, vendedores y compradores blancos, indios, mulatos, canecos,2 negros claros, blancos oscuros, hasta que no haya colores, sino solamente vendedores y compradores. Escoge entre uvas, duraznos, miel pura, aves enjauladas, nueces, artesanías, naranjas. Observa el sonido y disfruta.

Entrar a este mercado me trae una sensación de nostalgia, como entrar a un viejo libro favorito al cual vuelvo con frecuencia para releer y redescubrir. Visito el mercado cada vez que voy a Maputo en vacaciones, en donde compro bolsas para amigas, nueces de la India para miembros de la familia que viven en el extranjero, tamarindo para mis currys, uvas para mis dedos y mi boca. Estar allí me hace pensar en una ciudad al interior de una ciudad. Se siente casi sostenida por sí misma.

«El refrán dice: “la cabra come donde fue amarrada”. Todos conocemos el lamentable uso de este aforismo y cómo justifica la acción de personas que toman ventaja de situaciones y lugares. De por sí es triste que nos equiparemos a una cabra. Pero también es sintomático que, en estos convenientes refranes, nunca nos identifiquemos con animales productivos, como la hormiga. Imaginemos que el dicho cambia, convirtiéndose en lo siguiente: “la cabra produce donde está amarrada”. Puedo apostar que si éste fuera el caso nadie querría ser la cabra».

Sal del mercado por la entrada principal, por donde entraste antes. Revisa si tu auto sigue aún allí, pero no camines hacia él. Cruza la avenida hacia el lado opuesto. Camina por una calle pequeña, la calle Mesquita, perpendicular a 25 de Setembro y opuesta al mercado, la cual te lleva a la Mezquita Central de Maputo. Observa lo intricado de la fachada de esta mezquita, con sus formas y diseños arabescos; luego mira detrás de ti, observando a las mujeres mendigando frente a este monumental edificio. Son viejas o lisiadas, o ambas, y tienen niños pequeños.

Siento curiosidad por las mezquitas. Entro. Es una mezquita exclusiva para hombres. Camino alrededor apreciando su arquitectura, tocada profundamente por la exclusión de las mujeres de este lugar de adoración. Las imagino en casa sobre sus alfombras para rezar, olvidando cómo suena el azhan,3 lejos de la vida pública del islam, ¿Es esto islam? ¿O es la cultura de la India en Maputo? Salgo de la mezquita y me siento junto a las otras mujeres, las que esperan afuera. «Todo lo que haces ahora es por dinero», me cuenta Gracinda. «Mira alrededor tuyo. Todos van tras el dinero. Ésta es sólo otra manera de llegar allí. Éste es mi trabajo». Gracinda no es musulmana, aunque su cabeza está cubierta meticulosamente; los domingos por la mañana trabaja afuera de la iglesia. Esperan a que los hombres salgan de la plegaria, tienen fe en que muestren arrepentimiento-generosidad en forma de dinero.

«Hablamos sobre la erosión de los suelos, de la deforestación, pero la erosión de nuestras culturas es aún más preocupante».

Camina de vuelta a tu auto. Discute sobre quién lo cuidó, entra, busca algunas monedas, dáselas al guardia del auto, coloca tu cámara sobre tu regazo, quita el seguro del volante, asegúrate dentro del auto, enciende el motor, ten cuidado de los autos, y continúa conduciendo hacia el norte.

La planeación urbana de Maputo data del final del siglo XIX. Fue diseñada basándose en nociones e intenciones militares. Cuando se mira desde arriba pueden verse las formas lineales de los caminos, creando un mosaico de cuadrados y rectángulos, en un número infinito de ángulos rectos. El diseño de la ciudad aspiraba a organizar un futuro desarrollo, un futuro conjunto de redes y ritmos acordes a los objetivos de ese periodo, cuando Lourenço Marques4 era la capital de Mozambique, una de las provincias de Portugal en el extranjero.

«Soy de una época en la que lo que éramos se medía según lo que hacíamos. Hoy lo que somos se mide según el espectáculo que hacemos de nosotros mismos; según la forma en que nos colocamos en el escaparate. Muchas de las instituciones que deberían producir ideas hoy están produciendo pedazos de papel, llenando estantes con reportes destinados a convertirse en archivo muerto. Más que encontrar soluciones, se buscan problemas. En vez de acciones, se sugieren nuevos estudios».

Nací en Maputo. Me pregunto cómo era Lourenço Marques. Los caminos son los mismos, aunque los nombres hayan cambiado desde la independencia. Ahora vivimos rodeados de la memoria de todos los revolucionarios africanos; mi madre vive en Eduardo Mondlane, yo tomaba Julius Nyerere y Robert Mugabe de camino a la preparatoria, mi mejor amigo vive pasando Kenneth Kaunda y Mao Tse-Tung es conocida por tener el mejor asfalto en la ciudad; ningún bache, ningún recubrimiento ha sido necesario. Mi abuela aún recuerda los viejos nombres, los viejos clubes, la gente de antes; ella recuerda la independencia con dolor amargo. Mis padres lucharon por la independencia. Intento no darla por hecho. La propiedad de un espacio urbano siempre está cambiando y, predeciblemente, también las formas de propiedad. Mientras mis abuelos y padres caminaban al centro, yo era llevada en auto y ahora conduzco; mientras ellos compraban en el Mercado Central la mayoría de los víveres, yo voy como visitante, apreciando su mozambiquez.

Estás en el centro de Maputo, la baixa de Maputo. Hay tiendas y servicios a ambos lados de la calle: pequeñas tiendas, franquicias, cafeterías, tiendas de impresiones, hay muchas tiendas. Hay tiendas Vodacom y Mcel en cada lado, compitiendo por atraer ojos y bolsillos mozambiqueños.

Hace siete años no había tiendas de celulares en Maputo. Usábamos teléfonos fijos. Ahora me dicen que una proporción extraordinaria, tal vez increíble, de la población activa de esta capital posee un teléfono móvil. En varios estudios rurales y urbanos se ha probado que los celulares hacen menos difíciles las situaciones de pobreza, estrechando la relación entre miembros de familia urbanos y rurales, haciendo más fácil el flujo de efectivo e información. Con la tasa de crecimiento de este mercado, Vodacom, en 2004, intentó entrar en él; hasta entonces había estado controlado únicamente por la mozambiqueña Mcel. La competencia entre estas dos compañías es pública. Incluso debería decir que es invasiva. Existen anuncios amarillos (Mcel) y azules (Vodacom) por toda la ciudad, en pósteres, en los periódicos, en la radio y en la televisión. Maputo es su campo de juegos, la gente de Maputo su objeto de deseo. Representan el libre mercado, la falta de protección para compañías nacionales. «Es bueno, porque le da a Mcel una razón para ser mejor», sostienen mis amigos economistas. Me pregunto: ¿a dónde irá el dinero que Vodacom hace en Mozambique?

«Observo nuestra sociedad urbana y me pregunto: ¿en verdad queremos ser diferentes? Porque veo eso, estos rituales de pasaje se reproducen a sí mismos como una fotocopia fiel de lo que yo siempre conocí en la sociedad colonial. Estamos bailando el vals, con vestidos largos, en una fiesta de graduación que es una copia de los de mi tiempo. Estamos copiando las ceremonias de graduación a partir de modelos europeos de la Inglaterra medieval».

Ahora mira ligeramente encima, sobre las tiendas, observando las fachadas, una mezcla de ventanas faltantes y luces, y edificios recién renovados y bien conservados. El Banco de Mozambique está a tu derecha, grande, modernista, evocador, con un extenso mural en la fachada. Contempla las decisiones siendo tomadas, el dinero siendo producido, los documentos siendo firmados. Contempla los cambios que se han llevado a cabo dentro de esta casa financiera en los últimos treinta años, de modos de producción y distribución socialistas a comunistas, a capitalistas, flujos de dinero cambiando, cantidades de dinero incrementando, el poder del Estado disminuyendo.

«La premura para mostrar que uno no es pobre es, por sí misma, la prueba de la pobreza. Nuestra pobreza no debería ser escondida. Los que deberían estar avergonzados no son los pobres sino aquellos que crean la pobreza».

Esta avenida está conformada por capas históricas, en las cuales la herencia de las decisiones políticas y económicas es visible. Ha sido el escenario de tiempos drásticamente distintos. Estas capas históricas conforman el presente; nuevas redes determinadas por políticas externas y tendencias internacionales. Los mozambiqueños también están seguros de heredar una deuda financiera, y un país modificado para corresponder a las condiciones impuestas por el FMI y el Banco Mundial, para poder recibir aún otro préstamo más, del cual nosotros, mozambiqueños, sabemos muy poco. Ahora tenemos caminos asfaltados y más centros de salud y tenemos una enorme tasa de desempleo y corrupción. Pienso en la ética del nuevo gobierno, y si ésta es discutida públicamente. Si yo tuviera que recitar este código ético en esta avenida, diría en dos palabras: ¡capital-poder! ¿Pierdo la esperanza? No. Quizá a veces.

«Hablé de la carga de la que nos tenemos que desembarazar para entrar de lleno en la modernidad. Pero la modernidad no es una puerta hecha únicamente por los otros. También somos carpinteros de esa construcción y sólo nos interesa entrar a una modernidad de la que seamos también constructores».

En los cruces de las calles hay vendedores vendiendo crédito para teléfonos, fruta en tchovaxitadumas,5 perchas, piezas de material, y hay mendigos profesionales, individuos lisiados con asistentes. También hay servicios móviles como pulido de uñas y llamadas de celular. Gira a la derecha, en la avenida Samora Machel, en el cruce con Continental y Scala.
Continental y Scala son viejas cafeterías. Son recordadas por mis mayores, la generación de mis padres, la generación de mis abuelos. Mi madre y mi padre solían ver películas en el cine Scala, desde entonces cerrado y reabierto; que ahora exhibe thrillers de acción de la década de 1990, como Rambo. Como el cine, la cafetería Scala también cerró y reabrió un número de veces, mientras Continental ha seguido sólida en su producción de pastél de nata.

Afuera del café Continental, hay mesas con turistas, trabajadores de clase media lustrando sus zapatos de trabajo, familias bebiendo bebidas frescas y comiendo pasteles. Estando sentada, una tiene el privilegio de respirar la vida de esta avenida salvaje. Tranquilamente, una puede observar el tráfico frenético, los cuidadores de autos y lavadores peleando por vehículos y lavándolos meticulosamente en diez minutos, la gente pasando, con todos sus colores, sus olores, sus sonidos.

Detén el auto tras dar vuelta, decide quién va a cuidarlo y si quieres que lo laven. Toma un pastél de nata en Continental y camina derecho hacia el mercado de artesanías sabatino.

El mercado de artesanías tiene lugar cada sábado. Debido a la reconstrucción de la plaza donde solía tener lugar, desde el último año, se ha movido tres veces. Con él se mueven artistas y vendedores, buscando nuevos rincones y aceras para tender su arte. A los turistas les gusta este mercado; hay un sentido de «autenticidad», de «localidad». Pueden hablar con artistas cuyo arte podrían comprar. Si el artista no está presente, negocian con el tío, el sobrino, el hermano o el hijo. Sólo hay pocas mujeres vendiendo en este mercado: como con los vendedores callejeros, este negocio es muy masculino en Mozambique. La mayor parte de los grandes artistas de este país son hombres, como Chichorro, Naguib y Malangatana, pintores, y Chissano, el difunto escultor. Reinata, de la provincia de Nampula, una mujer analfabeta, es una de las pocas presencias femeninas fuertes en esta escena dominada por hombres. ¿Es Maputo una sociedad patriarcal? ¿Contribuyo o desafío a este ritmo conservador?

Estás en medio de una calle, en el centro de Maputo; estás en el mercado de artesanías. El arte y las artesanías nacionales e internacionales convergen en este espacio, exponiendo oscuramente redes comerciales y de familiaridad, a varias escalas. Observa las ventanas en madera tallada; del Congo, las coloridas esculturas de madera que representan eventos históricos de Mozambique, como las inundaciones o el caso de Carlos Cardoso,6 los batiks7 colgando en líneas entres los árboles, meciéndose suavemente al ritmo del viento: mira a los turistas, entablando conversaciones con los artistas y a los vendedores, negociando, sonriendo de entusiasmo, frustrados por la insistencia, decididos sobre comprar o no comprar; percibe la vida, y cómo sólo por estar allí eres parte de ella… un comprador potencial.
La mayor parte de los sábados que estoy en Maputo, visito este mercado. Mi casa en Johannesburgo es donde recolecto los trozos que logro comprar allí. Me gusta regresar de un viaje a Maputo y encontrar un lugar en mi casa para las nuevas piezas que he traído; es como hacer mi propio Mozambique dentro de mi casa, fuera de mi país, como una emigrante. Las esculturas y otras piezas pasan por tantas transformaciones, del material bruto al resultado final, trabajadas con creatividad, expresando una visión, una manera de entender y expresar emociones e ideas. El artista las termina; son pasadas de mano en mano, y como esta avenida, adquieren nuevos significados con el tiempo, en reconstrucciones y redefiniciones constantes, según quién las posea y para qué propósito funcionen.
De vuelta en tu auto, pon tus cosas en la cajuela, págale al guardia del auto, arranca el auto, da vuelta en U y gira de regreso a 25 de Setembro. Pasa por las tiendas pequeñas; observa a tu izquierda la vieja Oficina Postal colonial, a tu derecha las oficinas centrales de Emose —una compañía de seguros mozambiqueña— seguido por el hotel Tivoli, recién renovado en tonos púrpuras. Mientras los próximos semáforos se acercan, mira a tu lado izquierdo; mira más arriba. 33. El edificio de treinta y tres niveles, el más alto en el sur de África.
Recuerdo la primera vez que fui a 33 (trinta e três, tal cual). Mi amiga de la escuela vivía en el piso veintisiete en el bloque de la izquierda. Hay tres bloques: izquierda, centro y derecha. En ese momento, el ascensor en su edificio no funcionaba, así que tuvimos que usar el del bloque de la derecha hasta el piso treinta y tres, subir las escaleras hasta la punta del edificio y desde allí caminar hacia el bloque de la izquierda. Una vez que llegamos allí yo estaba paralizada, no por el miedo, sino por el asombro, por la curiosidad y el reconocimiento de mi tamaño. La vista desde la cima. El ojo de Dios. Posteriormente me preguntaba con frecuencia si el gobierno de Mozambique vivía todo en el piso dieciséis o diecisiete, desentendido de la realidad de abajo, demasiado arriba para entender la microdinámica, pero no suficientemente alto para ver la imagen completa, para tener una vista y un conocimiento amplio de las macrorredes de esta ciudad. Y luego, si pensaba en todo el país, con frecuencia me confundía, me molestaba. Regresé al último piso unas pocas veces más. La vista desde la cima perdió su maravilla, yo buscaba estar en el suelo escuchando conversaciones, mirando rostros, sumergiéndome en el tejido urbano, no mirándolo.

«Más que una generación técnicamente capaz, necesitamos una generación capaz de cuestionar la técnica. Una juventud capaz de repensar el país y el mundo. Más que gente preparada para dar respuestas, necesitamos la capacidad para hacer preguntas. Mozambique no sólo necesita caminar. Necesita descubrir su propio camino en un tiempo lleno de bruma y un mundo sin rumbo. La brújula de los otros no sirve; el mapa de los otros no ayuda. Necesitamos inventar nuestros propios puntos cardinales. Estamos interesados en un pasado que no esté cargado de prejuicios; estamos interesados en un futuro que no venga trazado de antemano como una prescripción financiera».

Sigue conduciendo. Allí a tu derecha se encuentra el teatro Avenida, seguido de la feria popular, al otro lado del restaurante Macau. Date cuenta del nuevo semáforo, en donde tienen lugar construcciones de caminos. Ten cuidado de no golpear a uno de los trabajadores. Cuando la luz cambie a verde, conduce por el parque deportivo a tu derecha, donde se está filmando una película, y a tu izquierda, el nuevo hotel VIP, las oficinas centrales de Mcel, dos estaciones petroleras una al lado de la otra, edificios de oficinas, una rama del banco Standard, Chicken on the Run, Steers, KFC, una cafetería local, una tienda Vodacom. Observa de frente la FACIM, la sede de una feria nacional anual de comercio y servicios. Mira a la izquierda para ver los colores y las formas del edificio posmoderno de Televisão de Moçambique. En la rotonda Robert Mugabe, conduce derecho entre los dos anuncios gigantes de Vodacom, donde se lee «1 imagem vale mais que 1000 palavras», 1 imagen vale más que 1000 palabras. Has salido de la avenida 25 de Setembro.

«Lentamente se vuelve claro, por lo tanto, que más personal técnico no resuelve, por sí mismo, la miseria de su propia nación. Si un país no posee estrategias orientadas a la producción de soluciones profundas, entonces ninguna inversión logrará la diferencia deseada. Si las capacidades de una nación están encaminadas al enriquecimiento veloz de una pequeña élite entonces tener más personal técnico es muy irrelevante».

Fui a la escuela en FACIM. La Escuela Portuguesa de Maputo rentaba el espacio, dado que la feria sólo ocurre una semana al año. La feria está formada por diferentes edificios pertenecientes a distintas compañías. En mi décimo grado tuve clases en el edificio de Nescafé. Estuve en FACIM de 1991 a 1999. Veía el bosque del lado opuesto, del lado izquierdo de la avenida, ser talado, en aras de nuevos edificios de oficinas, estaciones de petróleo, hoteles… Solíamos correr allí durante nuestra clase de deportes. Me pregunto sobre las políticas respecto a cinturones verdes en Maputo. Me pregunto sobre ellos, cómo y por quién, son hechas las evaluaciones hidrológicas. Se trata bien de un caso de falta de políticas de planeación ambiental/urbana, o bien de una falta de implementación debida a soporte técnico débil o a corrupción masiva. ¿Quién decide sobre dónde construir en esta ciudad?

Avenida da Marginal

Descubre la bahía de Maputo donde los individuos pescan pacíficamente, donde los postes de luz de la avenida muestran publicidad de Vodacom y Western Union. Estás entre la bahía y la colina; conduce despacio, siguiendo las ligeras curvas. Percibe la brisa. Pasando la estación de petróleo a tu derecha, detén el auto en el Clube Naval cercado, donde los miembros disfrutan los clubes de natación, tenis y squash. Tienes que pagar para entrar, o ser miembro. Pide entrar sólo un minuto para mirar. Observa los botes yendo y viniendo de los muelles, la gente entrando y saliendo con bonitas toallas, bolsas y atuendos, en grandes coches cuatro por cuatro; camina al área de alberca dándote cuenta de las mujeres de mediana edad en bikini charlando sobre su mañana y tarde de domingo, las parejas besándose bajo el agua, hombres jóvenes y viejos pescando, gente esperando o comiendo sus comidas en el restaurante a un lado. Bebe de esta alegría.

«Estamos viviendo en un palco de teatro y de representaciones: un vehículo no es más un objeto funcional. Es un pasaporte para un estatus de importancia, una fuente de vanidad. El auto se convirtió en un motivo de idolatría, una especie de santuario, una verdadera obsesión promocional».

División de clases. Una avenida, otro ritmo. El dinero decide si puedes acceder al Clube Naval, si puedes nadar y broncearte, y hacer otras cosas relacionadas al ocio. Yo «crecí» en Naval, haciendo las cosas del ocio con mis padres, sus amigos y mis amigas. Aún disfruto ir allí, sentarme con las amigas de mi madre, tener pláticas intelectuales, analizar el sistema de gestión de desechos de Maputo, la calidad de las lociones bronceadoras, y deconstruir los más recientes productos literarios del mercado. Al llegar tras haber conducido toda la calle, noté que estaba cercada, alienada del resto de la avenida, excluyendo a aquellos que no pueden tener acceso. Es un club de clase media, para quienes no tienen albercas y sin embargo pueden elegir la piscina en vez de la playa contaminada.

«Es urgente que nuestras escuelas exalten la humildad y la simplicidad como valores positivos. La arrogancia y el exhibicionismo no son como se pretende, emanaciones de alguna esencia de la cultura africana del poder. Son emanaciones de aquellos que toman el envoltorio por el contenido».

De vuelta en tu auto, sigue conduciendo hacia el norte. A tu derecha, la bahía parece ensancharse, mientras a tu izquierda las casas casi parecen caer sobre tu auto. Casas nuevas, algunas de las cuales están en construcción, otras inhabitadas y otras en pausa, con estructuras inacabadas y paredes de cemento. Contempla. Los edificios siguientes a tu derecha albergan la tienda y el taller de la asociación de lisiados. Trabajan con cuero. Detente y visítalos. Abren los 365 días del año. De vuelta en el camino, observa más casas nuevas a tu izquierda, sobre las colinas que sostienen los vecindarios más altos de Maputo. Cuando los dos carriles convergen, tienes el hotel Holiday Inn a tu derecha seguido de un complejo de tiendas y restaurantes, todo rodeado por vendedores de arte y artesanías.

Después de este estrecho ajetreado entras a una nueva sección de la avenida; estás en la playa. Puedes ver a gente jugando voleibol, otros caminando, ceremonias de matrimonio teniendo lugar en el agua, chocolates siendo comprados y vendidos, cocos siendo abiertos y bebidos, tchovaxitadumas siendo empujadas, pequeños botes de pesca llegando y partiendo, surfistas bailando con el viento. Después de un rato ves el Clube Marítimo, opuesto a la estación de petróleo. Toma el próximo camino a tu izquierda; estaciónate enseguida. Es importante que decidas quién cuidará tu vehículo, y que memorices su cara. Deja el auto vacío y cerrado. Sujeta bien tu cámara, y emprende tu camino al mercado de mariscos de Maputo.
«La realidad es que sólo hay una forma de valorarnos: mediante el trabajo, mediante el producto que somos capaces de hacer. Es importante que sepamos cómo aceptar esta condición sin complejos o vergüenza: somos pobres. O hemos sido hechos pobres por la historia. Pero también somos parte de esa historia, también fuimos hechos pobres por nosotros mismos. Las razones de nuestras fallas actuales y futuras también viven dentro de nosotros».

Aquí tienes muchas elecciones. Puedes comprar pescado o mariscos y que te lo cocinen en uno de los restaurantes detrás del mercado, puedes comprarlos y cocinarlos en casa, no comprar y sólo mirar, o ir directo a un restaurante y tomar su propio pescado o mariscos cocinados. Si eliges comprar pescado trae tu propia báscula o usa la báscula del gobierno en el interior: negocia el precio hasta que haya bajado un 50 %. Si eliges permanecer y comer aquí, camina por el mercado hasta que veas todos los restaurantes y encuentres uno cuya apariencia te guste. Siéntate y prepárate para esperar por lo menos una hora y media. Escucha los altos sonidos de precios siendo negociados y del sistema de sonido en tu restaurante; observa los colores. El mercado entero está en constante movimiento.

El pescado llega temprano por la tarde. Mujeres y hombres compran directo del pescador, que ha ido al mar muy temprano por la mañana, antes del amanecer. El pescado y los mariscos son traídos al mercado, organizados en hileras y pilas perfectas. Puedes comprar camarones, cangrejos vivos, langostas, calamares y todo tipo de pescados diferentes, como pescada, carapau, vermelhão, garopa, serra y espada. El mercado permanece abierto hasta las nueve de la noche más o menos, hora a la cual los vendedores comienzan a empacar sus bienes. Los restaurantes permanecen abiertos hasta altas horas de la noche. Los vendedores regresan con el mismo pescado y mariscos temprano por la mañana, alrededor de las siete de la mañana. Alrededor de las tres de la tarde llegan productos nuevos y frescos.

En el camino de la salida, busca al niño que cuidaba tu auto. El servicio de cuidadores de autos es más caro aquí, así que prepárate para pagar más. Regresa a la avenida, gira a la izquierda y continúa hacia el norte. Mientras conduces más lejos llegas a un vecindario residencial, Bairro do Triunfo, con grandes casas y caminos de arena, opuesto a la playa. Después de un rato, puedes ver Game a tu izquierda, mientras a tu derecha hay gente caminando desde y hacia la playa. El tráfico se complica, los conductores bajan la velocidad. Observa a niños y adultos descansando en la playa, algunos jugando futbol. Pon atención al maíz creciendo a tu izquierda; piensa en la agricultura urbana. El estrecho próximo del camino tiene pequeñas barras rústicas, comerciantes vendiendo muebles, ropa y otras cosas mozambiqueñas. Conduce por allí, observando a la derecha cuidadosamente los árboles arrancados de raíz, la arena fluyendo desde la playa hacia la orilla izquierda del camino, al otro lado de las grandes casas, en erosión permanente y degradante.

Durante el verano, los individuos visitan la playa. Hay carros de comida, gente haciendo una parrillada de pollo, hay cientos de autos conduciendo hacia Costa do Sol. Es verano, las escuelas están de vacaciones y la playa se llena. Cuando la marea baja, incluso se puebla más. Los individuos de las clases bajas y medias caminan en la arena buscando botellas rotas y viejas latas; otros se sumergen intrépidamente en las aguas pobladas del océano. El verano trae vida a esta avenida; de septiembre a marzo, cada sábado y domingo se siente como víspera de año nuevo. La estacionalidad de Maputo.

El camino termina en Costa do Sol, un restaurante ubicado en un edificio colonial, propiedad de griegos. Normalmente está lleno. Está de frente a la playa y la isla donde alguna vez funcionó una prisión durante el periodo colonial. Detén tu auto, elige si quieres caminar en la playa, comprar una bebida a uno de los vendedores ambulantes o tomar un café en Costa do Sol.

Los turistas conducen a lo largo de esta avenida hacia el norte hasta Costa do Sol y sus famosos mariscos, donde sentados en este inmenso edificio colonial mientras esperan sus camarones y su pescado a la parrilla pueden observar a «los otros», la población que periódicamente inunda las playas de Maputo. ¿Pero son también «los otros» turistas en su propia ciudad? ¿Qué representa para ellos este viaje por la ciudad y a la ciudad, en taxis, buses y autos de tíos? ¿Qué representa la playa de Maputo en la imaginación de aquellos que la frecuentan?

«Pero la fuerza para superar esta condición histórica también reside dentro de nosotros. Sabremos, como ya supimos antes, conquistar la certeza de que somos productores de nuestro destino. Tendremos más y más orgullo de ser quienes somos: constructores mozambiqueños de un tiempo y un lugar donde nacemos todos los días. Es por eso que vale la pena aceptar quitarnos no sólo siete sino todos los zapatos que retrasan nuestra marcha colectiva. Porque la verdad es una: es mejor andar descalzo que tropezar con los zapatos de otros».

Una vez de vuelta en tu auto, da vuelta en U y viaja hacia el sur; te puedo asegurar que encontrarás nuevos e innumerables detalles y una belleza urbana infinita.

Después de conducir por este largo camino estoy contenta de parar y mirar la puesta de sol desde el interior del auto. Siento que conozco mejor a Maputo y pienso lo que sería mi comprensión de esta ciudad si recorriera incesantemente cada camino de esta capital, buscando sus ritmos y sus redes. El viaje le dio profundidad a una conversación de por vida con ésta, mi ciudad.

Traducción del inglés:
Max Manzano

© Vanessa Ulia Dantas e Sá, «Rhythms of a Road», en African Cities Reader: Pan-African Practices, Ntone Edjabe y Edgar Pieterse (eds.), publicado por Chimurenga y African Centre for Cities, 2010.


1 El siguiente texto está compuesto por tres narrativas: la voz de la etnógrafa guiando al lector por un viaje a lo largo de este camino, la voz de la etnógrafa recordando y analizando lo que vio durante el viaje, y extractos elegidos por la etnógrafa de un discurso de Mia Couto presentado en 2005, titulado «The Seven Dirty Shoes». Consultado el 2 de octubre de 2006 en: www.comunistas.info/mia.htm.

2 En Mozambique se llamaba canecos a los hijos de europeos e indios. [N. del T.].

3 Fórmula que se usa en el Islam para convocar a los fieles a la oración obligatoria. [N. del T.].

4 Nombre de Maputo antes de la independencia. [N. del T.].

5 Expresión con la que, en el sur de Mozambique, se designan los coches de tracción humana, formados por una plancha metálica con dos ruedas. [N. del T.].

6 Periodista mozambiqueño asesinado tras su investigación por corrupción en la privatización del mayor banco de Mozambique. [N. del T.].

7 El batik es una técnica de teñido que consiste en aplicar capas de cera sobre el tejido que no se desea teñir. Aquí designa las telas durante el proceso de teñido. [N. del T.].

Vanessa Ulia Dantas e Sá (1981) es una etnógrafa que nació en Maputo, Mozambique. Hizo estudios de Antropología social y ambiental y Ciencia geográfica en la Universidad de Cape Town, además de un posgrado en Evaluación de impactos ambientales. Su maestría en la Universidad de Witwatersrand en Geografía humana se dirige a los problemas de ciudadanía, participación y patrimonio mundial en la Isla de Mozambique.