Número 77

Sombrillas para resistir

Lionel Manga

La ciudad del siglo XXI en la Tierra es un espacio constelado por transacciones entre los más diversos agentes y estriado por torbellinos que efectúan/traducen/encarnan decisiones tomadas por una plétora de instancias; de individuos y/o de organizaciones, a causa de una variedad de motivos que van desde lo personal hasta lo profesional, que se determinan en un amplio espectro de coeficientes dispares de intensidad, teniendo en cuenta su densidad de agency1 y el perímetro de las relaciones implicadas, sin tener el mismo signo de información proporcional ni la misma resonancia dinámica, por consiguiente, en el enrejado enmarañado que se constituye por esos múltiples desplazamientos cuando se entrecruzan, en su fase o en su posición, en un espacio cronotópico atiborrado de estructuras materiales, tridimensionales y funcionales: escuelas, liceos y colegios, talleres, mercados, supermercados, hospitales, tiendas y puestos, salones de belleza, bancos, bares y clubes nocturnos, hoteles, tintorerías, estaciones de servicio, almacenes, iglesias, edificios y alumbramiento público, etcétera, que acompañan al territorio urbano y lo tornan heterogéneo bajo los auspicios de una lógica planificadora que está al servicio —hasta nuevo aviso— de un grupo de intereses orientados hacia la acumulación capitalista y que se enlaza a correas globales de transmisión de esta racionalidad.

Al final del golfo de Guinea, enclavada y situada por debajo del nivel del mar distante a veintidós kilómetros, es decir, del puerto a la desembocadura del océano Atlántico, Duala no es una excepción para esta representación que, por consiguiente, se resiste ya desde el inicio a un embargo totalizante de su cualidad rítmica. Bajo la variedad de factores que producen las diferentes pulsaciones de la capital económica de Camerún, un común denominador corre y se despliega: el poder adquisitivo. Sometido a la estructura de consumo de los matrimonios, a las agendas familiares/mundanas/sociales y al calendario de los salarios, el poder adquisitivo determina en una gran medida la economía de la movilidad y de los acontecimientos de todas las magnitudes que ocurren en esta ciudad. Tanto es así que la vendedora de pescado instalada en un trozo de acera no presenta la misma curva de movimientos diarios que el alto ejecutivo de una multinacional. Pero nada impide que sus trayectorias se encuentren si este último tiene una debilidad por la caballa asada y saborea una cerveza bien helada en un bar cercano, con sus compañeros de fútbol de los domingos. Sin embargo, y habida cuenta de esto, respaldada por la diferencia de trepidación entre la ciudad diurna y la ciudad nocturna, sólo queda que una partición entre una Duala que está siendo asolada en temporada seca y una Duala inundada por la temporada de lluvias permita dar cuenta de esas alternancias rítmicas en cuanto experiencias urbanas de cuerpo y mente: sinestesia de la vista, del olfato y del oído, que conservan la primacía sensorial.

Jazz time

El canto alegre de los pájaros, que anuncia el fin de la noche, se ve acompañado por un rayo de luz al ras del horizonte, justo en donde el día va a despuntar. En medio de los conductores que circulan desde el ocaso hasta el amanecer y aquellos otros que comienzan la jornada, avanzan los taxis que llevan a bordo a comerciantes, también conocidos como bayam sellam, los cuales se dirigen a hacer sus compras en el mercado al por mayor ubicado en Sandaga o que van ya de regreso, mientras que las compañías de transporte interurbano inician la primera corrida hacia Yaundé, y en diversos lugares conocidos por sus seguidores, un servicio de sopa tan caliente como violentamente pimentada —con toda la intención—, alivia bien y mal a los últimos noctámbulos. Aquí y allá, igualmente, se implementa un dispositivo más inocente a la manera de un desayuno vernáculo, arranque indispensable para una gran cantidad de citadinos: el clásico bollos-frijoles-puré, también conocido como jazz.  El olor a frituras se esparce. ¿A causa de qué complicada apropiación, este género musical, acmé artístico de una epopeya de resiliencia, terminó designando metafóricamente a una práctica alimenticia que forja la identidad colectiva en el país verde-rojo-amarillo? Es fácil imaginarse el gracioso malentendido para un extranjero recién llegado que le provoca escuchar «It’s jazz time!» a las seis de la mañana (o entre las seis y las ocho de la tarde). La influencia que tiene en la conciencia colectiva la predilección por el jazz le vale que ahora sea ofrecido en restaurantes elegantes a novatos que pagan sin parpadear el precio por el ambiente.

El apocalipsis económico desencadenado por el ajuste estructural y su paroxismo: la devaluación en 1994 del franco cfa ha empujado hacia esta actividad femenina y en otro tiempo especializada a varios neófitos que cuentan con pocos ingresos para mantener a una familia. En medio de esta proliferación que se abre paso con muchos ingenios desprovistos de talento, las y los «jazzófilos» exigentes se pasan de boca a oreja descripciones de anuncios homologados y gozan asistiendo constantemente a estos lugares y a largo plazo. Algunos de entre ellos son instituciones en sentido pleno, y a veces, algunas tardes más que otras, hace falta esperar turno por mucho tiempo a causa de la afluencia.

Por su parte, los mensajeros que se ocupan de las panaderías ya han transportado para este momento en el interior de una red cautiva una parte del primer lote de pan, tras haber atravesado el polígono urbano a la primera luz del alba con unas mochilas llenas que superan el tamaño de sus motos made in China. Con el cumplimiento de este contrato, se dirigen a sumergirse en la riña explosiva de la movilidad de dos ruedas, accesorio que apareció en la noche del siglo pasado entre el manglar y el macadán, en un contexto de crisis política marcada por una campaña de desobediencia civil bautizada villes mortes, «ciudades muertas», al comienzo de la década de 1990 y que fue fomentada por la oposición como resultado de la orden del discurso de La Baule, y cuyo epicentro fue Duala. Es aquí donde hace su recorrido la legión mixta y subalterna de la servidumbre para alcanzar su sustento, algunos con el corazón apretado, al servicio de unos empleadores que son más espinosos que los cactus y que están dispuestos a regañar muchas veces de manera injustificada y a dar muestras de desprecio.

La sangre a la vista

A la hora de la estampida matutina, durante el año escolar, miríadas de jóvenes se esparcen por los caminos con uniformes de varios tipos de colores que señalan cuáles son sus respectivos establecimientos, además de contar con un parche con el nombre de cada uno bordado del lado izquierdo en el pecho: las so called generaciones futuras. Estos ríos multicolores de niños inundan las calles, tomando por asalto los taxis y las motos, compiten con los asalariados de los servicios públicos y del sector privado que se desplazan a sus tareas con el ánimo más o menos sereno y más o menos agobiados por las preocupaciones, en grupos de bípedos con cerebro voluminoso comprometidos con su estatuto de engranajes (¿partidarios?) de un sistema productor de entropía, inequidades y desigualdades sociales escandalosas. En los alrededores, el comercio informal acaba ocupando el espacio con sus cajas, sus puestos y sus casetas, partes o partidos, mujeres y hombres sanos de todas las edades, con la mira puesta en pasar un nuevo día de resistencia bajo las sombrillas. Duala es una arena consagrada al lucro. Los chicos en la calle, los astutos, tienen «la sangre a la vista», metáfora explícita sobre las asperezas que hay en la ganancia —aunque ésta consista en migajas— que prevalece en esas aguas individualistas en las que los protagonistas casi nunca conceden algún obsequio. Una pelea puede estallar a partir de cualquier controversia por quinientos francos cfa —menos de un euro—, pero con los cuales es posible comprar dos raciones de jazz. Cada uno se sienta y Dios lo empuja, dice un refrán.

Las motos estruendosas forman enjambres en las intersecciones que, sin complejo alguno, les disputan la calzada a los coches, aprovechando el menor intersticio para escabullirse en medio de los embotellamientos a las horas más críticas del tráfico, con maniobras que siempre irritan a los conductores y las conductoras al volante, atrapados en un go slow y llenos de rencor al ver cómo aquéllos se toman libertades con respecto a las órdenes del código de caminos —al cual, sin embargo, ellos y ellas tienen que obedecer— llenando a veces las arterias a contrasentido y despreciando sin vergüenza los semáforos: verde, naranja y rojo, da lo mismo, frente a las narices de los policías responsables de regular la circulación y que lo permiten. Las relaciones habituales entre estos dos grupos de usuarios de la vía pública son tan conflictivas que, tras ocurrir el menor altercado accidental, el automovilista en cuestión se ve rápida y frecuentemente rodeado por una manada vengativa de tipos que se hallan frustrados en sus condiciones precarias de existencia. La mayoría de las personas preferiría encontrarse en un carro y en una oficina quedándose al final con los brazos cruzados contra su salario mensual, antes que recorriendo la ciudad con el mayor detenimiento, a la hora en que el sol pasa por el zenit, a fin de reunir cueste lo que cueste el dinero de la cuota semanal que hay que pagar cada sábado en el fondo vernáculo de asistencia mutua.

Levantamientos, velatorios y procesiones

En esta ciudad inmensa y dividida en administraciones de siete distritos, ciudad difusa, son independientes unas a otras las pulsaciones intrínsecas de los barrios que constituyen a cada uno de ellos. New-Bell, baluarte en otra época de la Unión de Poblaciones de Camerún (upc), el movimiento nacionalista que en la década de 1950 trajo consigo la reivindicación de la independencia para salir de aquella Unión Francesa que era preconizada por De Gaulle, no es Makepé, una barriada que emergió en las proximidades del manglar a comienzos de la década de 1980. En el barrio PK 12, en la vieja carretera Duala-Yaundé, pueden encontrarse penurias de las cuales tal vez nunca sabrán nada los happy few que habitan el elegantísimo Bonapriso, a no ser por los medios de comunicación y la columna de miscelánea. No obstante, es un día de la semana en el que esta heterogeneidad se sincroniza bajo la vara de la única certeza que los altriciales comparten —en este caso, la muerte—, y este día es el último laborable, con el fin de semana a la puerta.

El viernes está dedicado a los levantamientos de cuerpos en las morgues y a los velatorios fúnebres que se realizan en el domicilio del difunto o la difunta, cuando los restos no van directamente a su aldea. La muerte es un elemento central y el cual perturba la rutina urbana. Tal o cual arteria de gran circulación o callejón se verá obstruida hasta el día siguiente, ya que las carpas que reciben la compasión de padres y amigos habrán sido alzadas en una vía pública con la aprobación de la autoridad municipal de su competencia territorial. ¿Privatizaciones abusivas? La controversia sobre este tema sensible suscita fuertes fricciones; los autóctonos consideran que nada ni nadie debería privarlos de un derecho de suelo: están todavía, en su opinión, en su pueblo, y pueden con justo título hacer lo que aquí se les dé la gana.

Estas obligaciones a veces acaparan todo el fin de semana. Los adultos se hayan insertados en el carrusel de las relaciones sociales, es decir, yendo de una aflicción a otra, haciendo acto de presencia aquí en vez de allá. Después de la inhumación tendrá lugar un refrigerio de gratitud por la asistencia, ofrecido por la familia afligida y que es más o menos favorable de acuerdo con el estatuto del desaparecido cuando estaba vivo. Por su cuenta, los obsequios son un momento social propicio para las demostraciones de influencia y para algunas reuniones felices.

La pléyade de procesiones desconsoladas que se dirigen hacia tal o cual cementerio de Duala, después de los oficios religiosos más adecuados, perturban tanto más el tráfico los sábados. A menudo precedidas por una banda estruendosa —como un último desfile en honor al muerto— y usando atuendos tejidos con la misma tela en taparrabos que testimonia la pertenencia al seno familiar. En estas circunstancias dolorosas, los lazos primordiales de parentesco, que se hallaban tensos por el acaparamiento profesional, supuestamente se estrecharán en torno a un cadáver dentro de su ataúd. La ciudad se llena de negro y blanco, colores consagrados al luto y de los cuales se sabe que las tradiciones locales asocian el primero al mundo misterioso de los espectros y el segundo a un legado colonial, al igual que el pan. Este lugar ruidoso que fue hecho para la Muerte por los feligreses cristianos, contrasta totalmente con aquella discreción púdica con la que los adeptos del Corán se separan de los suyos: sin más ruido que la caída de una hoja muerta. ¿A qué nombre corresponde este desenfreno de energía, de recursos materiales y financieros? ¿Dispersión clemente con fines simbólicos? ¿Exhibición trivial de opulencia? No es evidente la línea de demarcación entre estas dos modalidades.

Fiesta City

Después del atardecer empieza otra Duala, que viene de lejos, siguiendo la estela del Chantaco, de la Frégate, del Domino, dela Jungle, del Saint Hilaire y otros estandartes —para algunos desde hace mucho tiempo— del paisaje nocturno. Fiesteros y las fiestas del mundo entero, bienvenidos a Fiesta City. Mientras que las aldeas comienzan a dormir prefiriendo la quietud bucólica, una parte de los citadinos comienza a despertar a sus demonios, por ejemplo, el de la carne que conduce a la multitud, y la respiración urbana comienza a cambiar de frecuencia. Se ha terminado la época en que los clubes nocturnos más populares se concentraban en Akwa, el centro histórico de la metrópoli portuaria. Casi todos los barrios cuentan ahora con uno o dos, y abundan los puestos callejeros bajo luces: ya no existe el monopolio de la disipación urbana por parte de una élite. Zona franca, la arena de la concupiscencia queda abierta a todos los deseos y vientos. Con finos encantos y la esperanza de llevar en los hombros una buena caza, los proveedores de éxtasis con una misma tarifa se deslizan de uno a otro muelle.

Duala by night enarbola un pabellón de intemperancias al final de la desembocadura de Wuri cuando los hombres reciben sus salarios. Las «calles de la alegría» rugen decibeles tanto más como la cerveza fluye, oscura y clara. Fácilmente reconocibles y como un código universal, los focos rojos puestos aquí y allá señalan puertos acogedores para las parejas faltas de copulación. Con su lucidez obstruida, la adrenalina vacía las carteras masculinas y de forma inexorable el dinero cambia de bolsillos a lo largo de unas horas. El claroscuro del anémico alumbrado público oculta la desgracia que agobia profundamente el día, engendrando una empalagosa melancolía en este teatro donde cualquier conclusión está ausente. Santuario permanente para aquellos que se resisten al conformismo ambiental, si la noche decreta una suspensión temporal con respecto a la fealdad, también pavimenta el camino a las embriagueces dantescas, incontrolables, tanto desinhibidoras como fuentes de alboroto para la convivencia libidinosa. Hacer entrar en razón a un bravucón que salió de sus casillas por una evidente sobredosis etílica, es, en la mayoría de los casos, un ejercicio épico para la paciencia: sería bastante más fácil sacar una aplanadora atascada en el fango. En la ladera sórdida de Fiesta City, en el cruce denominado He-perdido-mi-vida, ninfas depravadas ceden sus tristes cuerpos ya marchitados a hombres en celo, en contra de una miseria y para obtener una dosis de crack.

Frivolidad y baños de sangre

Mientras tanto, la gentry cosmopolita, white & black, contonea sus cuerpos hasta perder el aliento, en dance floors donde la entrada es altamente selectiva y que se ubican entre Bonanjo y Bonapriso, el must de los barrios residenciales. Incluso durante el día esta fauna rica se aventura con muchas dificultades fuera de este perímetro tranquilizador: hace sus compras en Casino y otras enseñas comerciales ad hoc. Duala cuenta con varios rostros inconmensurables, los cuales representan tantos aspectos yuxtapuestos de esta amplia ciudad que, en 2017, funciona bajo diferentes regímenes de pulsación urbana. Atrás quedaron los días en que la graduación de las antílopes del Liceo de Jovencitas de New-Bell suscitaba alguna efervescencia más allá del entorno escolar, con la atracción de un Mot’a Muenya, también conocido como Ekambi Brillant, el popular cantante de makossa2 de la década de 1970, entonces clon local de James Brown y que hoy en día es un famoso casi retirado, realizando todavía de vez en cuando algún show autoparódico. El único concierto de los Black Spirits —la orquesta del colegio Libermann— en el cine El Wouri, levantó el polvo en 1971, con Esso Evina Roger en el teclado, Njoh Bona en la batería, Toco Ndedi André en la guitarra solista o de acompañamiento y Eyoum Guy, «Cool Bass», en el bajo. En ese entonces no existía la televisión.
Así pues, ¿quién en Bepanda-Tonerre, barrio repleto, poblado mayoritariamente por procedentes del Oeste, con su mercado, su estación de autobuses, sus bares y sus figuras famosas, sus altos y sus bajos, ha sabido que el año pasado, a seis mil kilómetros de distancia, en Grenoble, Eyoum Guy (el «Hombre de la Sabana»), músico que se convirtió en matemático, murió solo en la calle un día de primavera, rebelde hasta el final contra el orden económico y político de la escasez, sin un domicilio fijo? Cuando una mujer depresiva estaciona su coche lujoso y baja para dirigirse al estanque de La Douche, al borde del barrio Congo, quitándose su ropa y nadando con su grasa adiposa bajo el chorro de agua, su gesto improbable de desvergüenza alimenta la crónica urbana y da lugar a conjeturas absurdas, género entre otros de mortificación impuesta, necesaria, para transformarse en Creso por vías místicas. Los curiosos traviesos aprovechan un drama íntimo, del que no sospechan sus resortes secretos, y se vuelven… gargantas cálidas que cultivan los mitos en curso sobre el enriquecimiento espectacular ex nihilo. Cuando Samuel Eto’o acaparaba todavía el título de Pichichi de la Liga Española, como un fuego fatuo puesto debajo de la camiseta catalana, en los días en que el Barça jugaba escaseaban los taxis y las motos, pegados sus conductores delante de las pantallas en los establecimientos de bebidas para mirar a su ícono marcar aquellos goles espléndidos que hacen rugir a una multitud de fanáticos repletos de entusiasmo.

Cuando el operador de telefonía móvil mtn encomiaba su popularidad a la realización de anuncios en trescientos sesenta grados, a las afueras de la sede de la empresa ocurrían prácticamente motines a la espera de que apareciera y de que su generosidad ambulante arrojara —con una pequeña sonrisa de reojo— entre la cohorte de aduladores entusiastas algunos puñados de grandes billetes de diez mil francos cfa sobre los cuales se lanzaba la situación de necesidad. Cada vez que sus homólogos mercenarios del futbol y él están en la ciudad, difícilmente pasan desapercibidas sus presencias: con barriles de dinero a la vista, la información se propaga como fuego de sabana en temporada seca y se conforman rápidamente las aglomeraciones de aficionados. Se trata de la primera generación exhibicionista de futbolistas millonarios en un país agotado por el capitalismo y en el cual, a menudo, sólo a través de la colusión con el poder uno se asegurará un acceso a los recursos para una soltura material. Las leyendas urbanas ya no son lo que eran hace poco tiempo entre el manglar y el macadán. Bajo intemperies cool, Duala —relajada, supuesta no-tomemos-la-delantera— es una ciudad con una identidad indecisa, donde uno hace demostraciones públicas, muy orientadas a lucir.

Cinco decenios de constricción política, a pesar de la pseudoapertura de la década de 1990 que fue inspirada por los vientos del Este y que fue impuesta por François Mitterrand a cambio de la ayuda financiera de París en la prueba de los ajustes estructurales que ciñen la zona económica del franco cfa, han garantizado una preferencia duradera por la frivolidad en la panoplia de las posturas mundanas que se encuentran disponibles en este rasero histórico. Sin embargo, el temperamento disruptivo de esta ciudad no ha quedado desmentido desde los cañonazos alemanes en la bisagra post-Berlín de los siglos XIX y XX: el ahorcamiento precipitado el 8 de agosto de 1914 de funcionarios sawa, pasando por la década de 1940 y las primeras huelgas de ferroviarios, fomentan el nacionalismo camerunés. Éste se levantó tres días en febrero de 2008 —al menos sus have-not juveniles—, reclamando su pedazo del pastel nacional y la salida de Paul Biya, quien lleva el control del Estado desde el 6 de noviembre de 1982 con la dimisión repentina de Ahmadou Ahidjo, el primer presidente del Camerún independiente. En contra de muñecos adolescentes sin armas a la mano, de Yaundé salió, como un último baluarte del régimen que fue enviado para restablecer sine die el orden, el Batallón de Intervención Rápida (bir), una fuerza militar con clasificación de tercera categoría y unidad de élite made by Tsahal, encargada originalmente de combatir sin piedad el enorme bandolerismo transfronterizo que todavía prevalece en la región septentrional y hoy en día comprometida con el frente Bojo Haram: la represión desproporcionada provocó varias centenas de muertes entre los amotinados, en su mayoría mineros. Un oficial militar francés consideró que ocurrió una represión general. Duala tiene algunos baños de sangre en su haber, y en reserva para abastecer una insurrección radical por venir.

Meter en el ataúd, chorreos y mangos

En esta latitud ecuatorial acribillada por el sol desde la segunda quincena de noviembre hasta mayo, forzosamente da sed, y para saciarla no hay nada que se le parezca a una cerveza bien fría, cualquiera de las diecisiete marcas disponibles en este mercado en expansión, dominado por la sabc, filial del grupo francés Castel. De la Beaufort Lager, alias «Jobajo», una marca vieja que llegó en 1948, año en que la empresa de cervecerías azul-blanco-rojo se instaló en Camerún, a la Guinnes oscura que ahora pasa como Diageo, pasando por la intangible 33 Export y la Kadji made by ucb, el único actor nacional del sector de la cerveza, y por sólo citar éstas, en 2016 se bebieron no menos de 660 millones de hectolitros de cerveza en la zona norte de la latitud cero. Un récord en la África subsahariana sólo después de la Rainbow Nation. Aunque por mucho tiempo el marco legal los había mantenido en contingentes arancelarios de doscientos metros, la densidad de los caudales de alcohol estalló con la desregulación impuesta bajo la dirección ideológica del Consenso de Washington. Puede obtenerse la licencia sin dificultades: basta con pedirlo. El so called «bar» es en Duala, como en otros lugares, una fuente de dinero, el lugar común y el barómetro de la condición de las carteras. El sábado y el domingo llegan las mutualidades étnicas de solidaridad para tener, en la lengua popular, sus after, y aquí uno se emborracha mucho, sin distinción de género, con botellas de 65 cl. El burlón e insolente Maahlox, estrella local del hip-hop, ha hecho de esta pasión por la cerveza una canción fuertemente exitosa en este distrito musical, entre ironías y testimonios de una adicción sin conexión con la estricta necesidad fisiológica de desalterarse.
Al estar desprovistos de baños la mayoría de los establecimientos de bebidas, y sólo Dios sabe lo mucho que la cerveza puede pesar en una vejiga —a lo que hay que sumar el nivel del ruido de fondo para soportar la noche a las horas de dormir, a pesar de las protestas que resultan vanas para sus responsables—, los ribereños también deben contar, en detrimento de sus narices delicadas, con la instauración por parte de los clientes de meaderos a cielo abierto en el vecindario más próximo, que emiten sórdidamente cuantiosas miasmas amoniacadas tanto los días cálidos más volátiles como los de lluvia. En las calles, agresiones olfativas en primer grado emergen como una bofetada nauseabunda e imparable, que a su vez dan testimonio de la poca atención que los accionistas de esos ignominiosos puntos dirigen al bienestar de sus semejantes. Es notable que el colapso del poder adquisitivo en el franco cfa no ha tenido en tres decenios ningún impacto dramático sobre su nivel de consumo, una insensibilidad que dice mucho sobre la función pacificadora de la cerveza y las mediaciones de los matrimonios, en un contexto elaborado por tensiones y frustraciones. Estos miles de establecimientos de bebidas son sólo algunos de los ventrículos de los corazones de Duala a los que se dirigen los kmer,3 mujeres y hombres, con sus contratiempos y sus esperanzas, sus cóleras y sus cobardías, su elocuencia y sus fragilidades.

En julio y agosto tiene lugar un régimen de lluvia espantoso: primero una precipitación cero, después el cielo chorrea durante largas horas. Lentamente el día entero puede cubrirse de lluvia como si nada. Se trata de una temporada que los mototaxistas aborrecen incluso si salen equipados con sombrillas: este accesorio no protege completamente de la intemperie. Por su parte, mientras que los taxistas clásicos se frotan las manos, el tiempo juega a favor del automóvil, que se vuelve así sinónimo de refugio seguro; el tiempo reequilibra las rivalidades, que a ojos de estos últimos parecían desfavorables frente a esas chinerías estridentes, ahora golpeadas por la exclusión en los perímetros acogedores y ricos de la ciudad. La convergencia variopinta de los paraguas en movimiento en las calles mojadas ondula entre el cielo y la tierra. Apenas repuestos de las contingencias normativas de un año escolar, unos niños recorren la ciudad con unos platillos de cacahuates tostados que equilibran en sus cabezas, chicos adolescentes y niñas núbiles, a solas o en pareja, ofreciendo «¡Cacahuates, cacahuates!» y exponiéndose en el camino a todos los sobornos imaginables. Como para hacer enfurecer a una cierta «convención» minuciosa sobre la vulnerabilidad intrínseca de sus protegidos, con la diferencia de que aquí los primeros concernidos no se quejan de nada, al contrario: ellos y ellas dicen encontrar en esta actividad ambulante un espacio de libertad y de esparcimiento. Sin embargo, los condenados ponen siempre cara de lamento, pero no engañan a nadie, están a años luz del gran entusiasmo de los demás…

Tras apoderarse en 1884 de esta porción de África en el golfo de Guinea llamada por ellos Kamerun, justo delante de las narices de los ingleses y al amparo de un tratado firmado con altos comerciantes del crudo, los alemanes introdujeron el cultivo del cacao y una variedad de mango que se aclimató perfectamente en los huertos. ¿El mango? Cuando llega la temporada, éste es el fruto de todas las audacias y condenaciones. ¿De qué no son capaces los niños para atascarse de mangos? La avidez impaciente vandaliza felizmente los follajes, arrancando incluso los frutos verdes, para tirar calculadamente proyectiles para recoger los maduros. Los seculares y musgosos mangos de la avenida del general De Gaulle en Bonanjo son, en cada nueva temporada, las víctimas de estos saqueos intempestivos, que arrancan antes del amanecer. Al comienzo de las clases, los merodeadores se deslizan para recoger a escondidas los mangos que han caído al suelo por las cargas de los vientos y para sacudir las ramas, mientras que los usufructuarios continúan durmiendo en sus casas con los puños cerrados, para forzar a los demás a tomar el mismo camino. Un principiante genuino come diez de estos mangos jugosos en aproximadamente menos de una hora, y dos o tres más con una velocidad media. Advertencia: estos mangos no tienen nada que ver con la fruta enorme que aparece en la rúbrica «imágenes» de Google, en cuanto al sabor y la textura de la pulpa se refiere. ¿Alguien ha dicho manjar?

Exit

Los múltiples rostros de Duala son algunos de los muchos puntos de acceso hacia espacios-tiempos singulares que se entrelazan o se superponen cuando tienen la oportunidad, rozándose y tramando así el espacio urbano. Recorrer esta inmensa ciudad implica una excursión cronotópica; o, dicho de otro modo: de cierto lugar a tal otro, para los protagonistas no opera una misma temporalidad. La ciudad de los testigos de Jehová no es la misma que la de los militantes del partido en el poder que se propagan con ropa que lleva la efigie de Paul Biya todos los 6 de noviembre, desde 1983, para conmemorar el acceso al poder del ex-seminarista. Los vendedores ambulantes de gafas nunca son los mismos durante dos días consecutivos que pasan en la rotonda de Deido: imposible retractarse de una adquisición dañada. La tarifa para atravesar en moto el puente del río Wuri puede variar —a merced de los embotellamientos y su consistencia— hasta dos veces más. Este encarecimiento abrupto practicado por los fogoneros de la quiebra histórica del régimen, en las horas pico, muestra hasta qué punto la ley de la oferta y la demanda remoja los miembros de esta corporación estruendosa. El poder adquisitivo conduce la barca dentro de todos los compartimentos de la sociedad: es el director de orquesta de los ritmos urbanos en Duala.

Traducción del francés:
Alan Cruz


1 Anglicismo filosófico que designa la facultad de actuar que tiene un agente. Usualmente traducido como «agencia», «capacidad de actuar» o incluso «agentividad». [N. del T.].

2 Género de música popular en las zonas urbanas de Camerún. [N. del T.].

3 Término para Camerún —en este caso cameruneses— en jerga «camflanglais», conformada por lenguas cameruneses, el francés y el inglés. [N. del T.].

 

 

Lionel Manga (1955) es un escritor y crítico cultural nacido en Duala, Camerún. En 2008 publicó su libro L’Ivresse du Papillon, donde discute la escena camerunesa de las artes visuales.