Número 22

Juicios sobre la globalización

Amartya Sen

De la globalización se suele afirmar con frecuencia que se trata de un proceso de occidentalización del mundo. Al respecto parece haber un acuerdo tácito entre sus defensores y sus detractores. Aquellos que comparten una visión optimista, ven en ella una contribución de la civilización occidental al mundo contemporáneo. Hay una historia hecha a la medida de esta percepción, en la que todos los desarrollos esenciales se originaron en Europa: primero fue el Renacimiento, después la Ilustración y la Revolución Industrial, y por último el aumento masivo de los niveles de vida en Occidente. Hoy los grandes logros de Occidente se estarían diseminando por todo el orbe. En esta visión, la globalización no sólo es buena sino deseable, una suerte de obsequio de Occidente al mundo. Quienes defienden esta lectura de la historia se suelen irritar porque la globalización no sólo es vista como una maldición, sino que se la desprecia e impugna por un mundo malagradecido. Vista desde la perspectiva opuesta, la dominación occidental —entendida a veces como una continuación del imperialismo occidental— es el malo de la película. En esta percepción, el capitalismo contemporáneo, movido por la codicia y la avaricia de las naciones occidentales de Europa y América del Norte, ha impuesto reglas en las relaciones comerciales y globales que deprivan a los más pobres del mundo.

La reivindicación de diversas identidades no occidentales —que se definen por la religión (el fundamentalismo islámico), la geografía (los valores asiáticos) o la cultura (la glorificación de la ética del confucionismo)— no ha hecho más que atizar el fuego de esta confrontación con Occidente. Pero, ¿es la globalización realmente una nueva maldición occidental? De hecho no es ni nueva ni necesariamente occidental; tampoco es una maldición. Durante miles de años, la globalización ha contribuido al progreso del mundo a través de los viajes, el comercio, la migración, las mutuas influencias culturales y la diseminación del conocimiento y el saber (incluyendo el de la ciencia y la tecnología). Hay casos en que las interrelaciones globales han sido esenciales para el desarrollo de países enteros. Además, no siempre han resultado de la influencia occidental. Por el contrario, los agentes activos de la globalización aparecen frecuentemente fuera del área de Occidente.

Habría que considerar el mundo no hacia el final del milenio sino en sus inicios. En el año 1000 d. C., la expansión global de la ciencia, la tecnología y las matemáticas habían cambiado la naturaleza del Viejo Mundo, pero su diseminación se llevó a cabo en la dirección opuesta a la que observamos hoy. En el mundo del año 1000, la alta tecnología incluía el papel, la imprenta, el arco, la pólvora, la suspensión de puentes con cadenas de acero, el papalote, la brújula magnética y la rueda de molino. Todos estos instrumentos eran comunes en China; y prácticamente desconocidos en otras partes del mundo. La globalización los llevó a todo el orbe, incluyendo Europa. Un movimiento similar ocurrió con la influencia de Oriente en las matemáticas occidentales. El sistema decimal surgió y se desarrolló en India entre la segunda y la sexta centurias; después fue utilizado por los matemáticos árabes. Las innovaciones matemáticas llegaron a Europa en el último cuarto del siglo X. Ahí empezaron a tener un impacto en los primeros años del último milenio, y jugaron un papel destacado en la revolución científica que transformó a Europa. Los agentes de esa globalización no fueron europeos ni exclusivamente occidentales, tampoco estaban vinculados al dominio occidental. De resistirse a la globalización de las matemáticas, la ciencia y la tecnología de aquel tiempo, Europa habría sido mucho más pobre (económica, cultural y científicamente). Hoy se aplica el mismo principio, aunque en dirección contraria (de Occidente hacia Oriente). Rechazar la globalización de la ciencia y la tecnología porque representan la influencia y el imperialismo occidentales no sólo significa prescindir de contribuciones globales —provenientes de muchas partes del mundo— que se hallan sólidamente ancladas en las así llamadas ciencia y tecnologías occidentales, sino que redunda en una práctica bastante estúpida, dada la dimensión con la que el mundo entero se puede beneficiar de ellas.

La herencia

Al rechazar el diagnóstico de la globalización como un fenómeno cuyo origen es la quintaesencia de Occidente, hay que sospechar no sólo de la retórica anti-occidental sino también de la xenofobia pro-occidental. Cierto: el Renacimiento, la Ilustración y la Revolución Industrial fueron grandes logros, y tuvieron su sede principal en Europa y, después, en Estados Unidos. Pero su desarrollo se basó en la experiencia del resto del mundo, que no se reduce a las estrechas fronteras de la civilización occidental. La civilización global es una herencia del mundo entero; y no sólo de un catálogo de culturas locales dispares. Cuando una matemática moderna de Boston invoca un algaritmo para resolver un complejo problema computacional, tal vez no sea consciente de que está celebrando al matemático árabe Muhammad ibn Musa Al-Jwarizmi, que vivió en la primera mitad del siglo IX. (La palabra algoritmo proviene del nombre Al-Jwarizmi). Existe una cadena de relaciones intelectuales que vinculan a las matemáticas y las ciencias occidentales con una serie de pensadores no occidentales, entre los cuales se halla Al-Jwarizmi. (El término álgebra proviene de su célebre tratado: Al-Jabr wa-l-Muqabala). Al-Jwarizmi, uno de tantos pensadores no occidentales cuyos trabajos influyeron en el Renacimiento europeo y, más tarde, en la Ilustración y la Revolución Industrial, merece el crédito por los logros asombrosos que ocurrieron en Europa y que europeizaron a Estados Unidos. La idea de un origen occidental inmaculado es pura fantasía.

El progreso global de la ciencia y la tecnología no sólo no ha sido un fenómeno exclusivamente occidental, sino que muestra desarrollos globales esenciales en los cuales Occidente ni siquiera aparece. La impresión del primer libro del mundo fue un acontecimiento esencialmente global. La tecnología de la imprenta es un logro que debe atribuirse enteramente a los chinos. Pero el contenido provino de otro lugar. El primer libro impreso fue un tratado hindú en sánscrito, traducido al chino por un hombre de origen medio turco. El libro, Vajracchedika Prajnaparamitasutra (que a veces se refiere como «El diamante Sutra»), es un viejo tratado de budismo. Fue vertido del sánscrito al chino en el siglo V por Kumarajiva, un académico de origen medio hindú y medio turco que vivió en la parte oriental de Turquestán llamada Kucha, y que más tarde emigró a China. Su primera impresión data de cuatro siglos después en 468 d. C. Esta historia, que incluye a China, Turquía e India, expresa una forma de globalización en la que Occidente estuvo absolutamente ausente.

Interdependencias

Que la globalización de las ideas y las prácticas merece ser rechazada porque contiene la amenaza de la occidentalización, es un diagnóstico equivocado que ha jugado un papel regresivo en el mundo colonial y poscolonial. Este rechazo propicia tendencias parroquiales y sabotea la objetividad de la ciencia y del conocimiento. Dadas las interacciones globales, no sólo resulta contraproducente, sino que puede causar que las sociedades no occidentales «se metan el pie» a si mismas, incluso el valioso pie de la cultura.

Considérese tan sólo la resistencia en India a la utilización de las ideas y los conceptos occidentales en las ciencias y en las matemáticas. En el siglo IX, este debate se transformó en una amplia controversia entre los defensores de la educación occidental versus los que abogaban por la educación tradicional hindú. Los «occidentalizantes» no atribuían ningún mérito a la tradición hindú, como el dudoso Thomas Babington Macaulay que llegó a escribir: «Nunca me he topado entre ellos [quienes abogaban por la tradición hindú] a quien pueda negar que un simple anaquel de una buena biblioteca europea es más valioso que toda la literatura hindú y árabe juntas». En respuesta, quienes defendían la educación nativa se oponían a toda forma de influencia occidental. Sin embargo, ambos lados admitían la dicotomía fundacional de dos civilizaciones dispares. Las matemáticas europeas, que usan conceptos como el de seno, eran vistas como una importación puramente occidental a la India. De hecho, el matemático hindú Aryabata desarrolló el concepto de seno en su trabajo clásico sobre astronomía y matemáticas en el año 499 d. C. Lo llamó por su nombre en sánscrito: jya-ardha (literalmente: «medio arco»). Este término, que inicialmente fue reducido en sánscrito al de jya, se transformó en el jiba árabe, y más tarde en el de jaib, que significa «bahía o caleta». En su Historia de las matemáticas, Howard Eves explica que hacia 1150 d. C. Gherardo de Cremona, en su versión al latín, tradujo jaib como sinus, palabra que corresponde a bahía o caleta. Éste es el origen del concepto moderno de seno. El término ha cerrado un círculo completo: comenzando en la India, y de regreso.

Ver a la globalización como una simple continuación del imperialismo de las ideas y las creencias occidentales (tal y como lo sugiere esta retórica) es un grave y costoso error, de la misma manera que lo habría sido cualquier forma de resistencia europea a la influencia oriental a principios del milenio pasado. Sin duda hay aspectos de la globalización que se relacionan con el imperialismo (la historia de las conquistas, el colonialismo y la dominación extranjera), y las explicaciones poscoloniales del mundo no dejan de tener su mérito. Pero sería del todo equivocado entender a la globalización como un rasgo puramente del imperialismo. Es algo más que eso.

La distribución de las pérdidas y las ganancias económicas producidas por la globalización plantea una pregunta enteramente distinta, y debe ser examinado como un tema de extraordinaria relevancia. Existen suficientes evidencias para mostrar que la economía global ha traído prosperidad a diversas regiones del planeta. Hace tan sólo algunos siglos, la pobreza dominaba al mundo entero, y la prosperidad se distribuía entre unas cuantas ínsulas. Las interrelaciones económicas extensivas y la tecnología moderna han sido —y seguirán siendo— decisivas para superar esta penuria. Lo que sucedió en Europa, Estados Unidos, Japón y el Lejano Oriente contiene un mensaje esencial para todas las regiones del mundo, y no se puede entender la naturaleza actual de la globalización sin antes admitir los frutos producidos por las relaciones de la economía global.

Es simplemente imposible revertir la penuria económica de los pobres a lo largo y ancho del mundo, manteniéndolos al margen de los avances de la tecnología contemporánea, la probada eficiencia del intercambio y el comercio internacionales y los beneficios sociales y económicos que se derivan de una sociedad abierta. El problema central reside en cómo hacer uso de las ventajas que encierran el intercambio económico y el progreso tecnológico, de tal manera que la atención se centre en los intereses de los explotados y los marginados. Ésta es, a mi entender, la pregunta que emerge de los así llamados movimientos globalifóbicos.

El reto principal se relaciona con la inequidad, tanto internacional como intranacional. Las desigualdades son múltiples: disparidades en el bienestar, severas asimetrías en los equilibrios de poder y oportunidades políticas, sociales y económicas decrecientes. Otra pregunta nodal se refiere a la distribución de las ganancias potenciales de la globalización, tanto entre países ricos y pobres como entre los diferentes grupos sociales de un mismo país. No basta entender que los pobres en todo el mundo requieren de la globalización tanto como los ricos; también es preciso asegurar que obtengan de ella lo que necesitan. Para abogar por la globalización se requerirían reformas institucionales masivas; también, más claridad en la formulación de las preguntas sobre el tema de la distribución. Por ejemplo, con frecuencia se afirma que los ricos se están haciendo más ricos, y que los pobres más pobres. Pero este fenómeno no sucede de manera uniforme, incluso si aceptamos que existen casos donde acontece en realidad. Todo depende de la región y del grupo que elijamos, así como de los indicadores de la prosperidad económica. Pero el intento de fustigar a la globalización económica con esta precaria argumentación produce una crítica peculiarmente frágil.

Los apólogos de la globalización argumentan que los pobres que participan en el comercio y el intercambio internacionales se vuelven menos pobres. Ergo —según este artilugio—: la globalización no es injusta para los pobres. Ellos también se benefician. Si se acepta la relevancia de esta pregunta, todo el debate gira en torno a cuál de los lados tiene la razón en esta disputa empírica. Pero ¿es éste el campo de batalla real? Creo que no.

Negociación y justicia

Aun si los pobres se hicieran un poco más ricos, esto no implicaría que obtendrían una parte más justa de los beneficios potenciales que encierran las relaciones globales económicas. No tiene mucho sentido preguntarse si las desigualdades marginales internacionales han crecido o decrecido. No es necesario demostrar que la desigualdad masiva o la injusticia distributiva están creciendo para rebelarse contra la pobreza y las desigualdades lacerantes —o para protestar contra la injusta distribución de beneficios de la cooperación global— que caracterizan al mundo contemporáneo. Todo esto es un asunto aparte.

Las ganancias que se derivan de la cooperación pueden redundar en órdenes muy disímbolos. Hace más de medio siglo, John Nash, matemático de la teoría de juegos, reflexionó (en «El problema de la negociación», publicado en Econométrica en 1950 y citado, entre otros escritos, por la Real Academia de Ciencias cuando Nash obtuvo el Premio Nobel de economía) sobre el hecho de que no se trata de saber si algún acuerdo particular puede resultar mejor que si no hubiera cooperación alguna, sino de la distribución justa de los dividendos. Es inútil refutar la crítica de que tal o cual arreglo distribucional es más injusto aduciendo que los partícipes se benefician más en ausencia de cooperación. En realidad, se trata de la elección entre estas alternativas.

Por ejemplo, para argumentar que un arreglo familiar sexista y desigual es particularmente injusto, no es necesario demostrar que las mujeres resultarían comparativamente más beneficiadas si no existiera la familia, sino que la distribución de los beneficios es simplemente desigual bajo ese arreglo. Antes de que la justicia entre los géneros se convirtiera en una preocupación general (tal y como ha sucedido en décadas recientes), abundaban los intentos de evadir el tema (de la injusticia en el orden familiar) argumentando que si las mujeres creyeran que ciertos arreglos familiares les son injustos no necesitarían vivir en familia. También se acostumbraba afirmar que los arreglos familiares existentes no podían ser injustos si los hombres y las mujeres vivían en familia. Pero aún si se admite que tanto las mujeres como los hombres puedan obtener beneficios al vivir en familia, la pregunta de la justicia distribucional queda sin resolver. En principio, existen diversos arreglos familiares —comparados con la total ausencia de un sistema familiar— que cumplen con el requisito de satisfacer las necesidades tanto de hombres como de mujeres. El verdadero problema reside en qué tan justamente se distribuyen los beneficios en cada uno de los respectivos arreglos.

De la misma manera, es inútil rebatir la crítica de que el sistema global es injusto respondiendo que incluso los más pobres obtienen algo de las interrelaciones globales; o que no se vuelven más pobres necesariamente. Esta respuesta puede o no ser la equivocada, pero la pregunta sin duda lo es. El problema no es si los pobres se están haciendo marginalmente más pobres o ricos; tampoco si obtendrían mayores beneficios en caso de que se excluyeran a si mismos de las interacciones globales. Insisto: el tema central es la distribución de los dividendos que resultan de la globalización. Ésta es la razón por la cual muchas de las protestas en contra de la globalización, cuyo propósito es el de propiciar un mejor arreglo para los marginados en la economía mundial, no tienen un carácter «antiglobalizante», contrariamente a lo que dicta su propia retórica y a las concepciones que se les suelen atribuir. La misma razón por la cual no existe ninguna contradicción en el hecho de que las así llamadas protestas globalifóbicas se hayan convertido en los eventos más globalizados del mundo contemporáneo.

¿Será posible realmente que estos grupos dispersos puedan arrancar un mejor trato a la economía globalizada tomando en cuenta la economía de mercado? La respuesta es: sí.

Los usos de la economía de mercado son compatibles con diversas formas de propiedad, la distribución heterogénea de recursos y con diferentes normas de operación (como las leyes de patentes y las regulaciones antimonopólicas). En función de estas condiciones, la economía de mercado puede generar una gama de precios, diversos arreglos comerciales, distintas formas de distribución del ingreso o, para hablar en términos generales, diferentes resultados. Las condiciones que privan en los ámbitos de la seguridad social y otras formas de intervención pública pueden modificar sustancialmente los resultados del proceso del mercado, y en su conjunto pueden disminuir la polarización de los niveles de pobreza y desigualdad.

La pregunta central no reside en hacer o no frente a la economía de mercado. Esta pregunta, vaga en sí, es fácil de responder, porque es difícil lograr cierta prosperidad económica sin recurrir a las oportunidades de intercambio y especialización que ofrecen las relaciones de mercado. Aun cuando la operación de una economía de mercado particular pueda ser significativamente defectuosa, no hay manera de prescindir de las instituciones del mercado en general como una poderosa maquinaria de progreso económico. Sin embargo, el reconocimiento de este hecho apenas inicia la discusión sobre las condiciones de los mercados globales.

En las relaciones globales, la economía de mercado no funciona por sí misma. Más aún: ni siquiera puede operar por sí misma en un país dado. No sólo se trata del hecho de que un sistema de mercado puede generar muy diversos resultados en función de las condiciones que hacen posible su existencia (tales como la distribución de los recursos naturales, el desarrollo de los recursos humanos, las normas empresariales, los niveles de seguridad social, etcétera). Estas condiciones de existencia dependen a su vez de instituciones políticas, económicas y sociales que operan a nivel nacional y global. El papel decisivo del mercado no resta relevancia al papel que juegan las otras instituciones, incluso en los términos de la propia economía de mercado. Múltiples estudios empíricos han demostrado que los resultados del mercado dependen esencialmente de las políticas en educación, salud, reforma agraria, microcrédito, etcétera. En cada uno de estos campos, todavía hay trabajo por hacer para que la acción pública pueda transformar el resultado de las relaciones económicas locales y globales.

Instituciones y desigualdad

La globalización tiene mucho que ofrecer. Sin embargo, incluso si se acepta esto, es preciso entender la legitimidad de muchas preguntas planteadas por las protestas de los globalifóbicos. Tal vez compartan un diagnóstico equivocado acerca de los problemas principales (que no se hallan en la globalización en sí), pero las preocupaciones éticas y humanas que preceden a estas preguntas requieren una reflexión rigurosa sobre los arreglos institucionales globales y nacionales que caracterizan al mundo contemporáneo, y que definen a la economía global en su conjunto.

Al capitalismo global le preocupa mucho más la expansión de las relaciones de mercado que, digamos, la democracia, la educación elemental o las oportunidades sociales de los sectores subalternos. Si es evidente que la globalización de los mercados, vista en sí misma, supone una perspectiva inadecuada para abordar el problema de la prosperidad económica, se necesita ir más allá de las prioridades que produce el propio capitalismo global. Como alguna vez lo dijo George Soros, los inversionistas internacionales prefieren trabajar con autocracias altamente regimentadas que con democracias repletas de activismo y menos regimentadas; y esto tiene una influencia regresiva sobre las posibilidades de un desarrollo más igualitario. Los consorcios multinacionales pueden ejercer su influencia sobre el gasto público de países del tercer mundo con el fin asegurar la lealtad y la seguridad de las clases gerenciales y los trabajadores más privilegiados por encima de las necesidades elementales que plantea el analfabetismo masivo, la deprivación médica y otras adversidades de la pobreza. Ciertamente, estas realidades no representan barreras insuperables para el desarrollo, pero es esencial asegurarse de que las barreras superables sean efectivamente superadas.

Las injusticias que caracterizan al mundo contemporáneo están vinculadas estrechamente a un cúmulo de omisiones que es preciso destacar, sobre todo en el orden de los arreglos institucionales. En mi libro Desarrollo como libertad (1999) se señalan algunos problemas centrales. Las políticas globales podrían desempeñar un papel importante en el desarrollo de instituciones nacionales (por ejemplo, apoyando la democracia y los sistemas de salud y educación), pero es preciso examinar de nuevo la consistencia de los mismos arreglos institucionales globales. La distribución de los beneficios en la economía global depende, entre otras cosas, de la variedad de arreglos institucionales globales: los equilibrios en el comercio, las iniciativas de salud pública, los intercambios educativos, las facilidades para diseminar tecnología, las restricciones ambientales y ecológicas y el trato justo a las deudas acumuladas en el pasado por regímenes militares y autoritarios irresponsables.

A las omisiones que se necesita rectificar, habría que agregar el serio problema de las «constricciones», así sea por una mínima ética global. Éstas incluyen no sólo las restricciones comerciales, ineficientes e injustas, que limitan las exportaciones del Tercer al Primer Mundo, sino leyes de patentes que inhiben el uso de medicamentos vitales —para enfermedades como el sida— y restan incentivos para la investigación orientada a desarrollar medicamentos de uso no repetitivo (como las vacunas). Se trata de temas que han sido discutidos exhaustivamente; sólo quiero hacer hincapié en la manera en que forman parte de un modelo de arreglos depredadores que socavan lo que podría ofrecer la globalización.

Otra de estas «constricciones» globales —sobre la que se habla poco— que causa miseria y deprivación, se relaciona con la participación de las potencias mundiales en el negocio global de armas. Éste es un campo en el que se requiere urgentemente una iniciativa global que trascienda la tarea —la importante tarea— de combatir el terrorismo. Las guerras locales y los conflictos militares, que tienen consecuencias terribles y destructivas (sobre todo para las economías de los países pobres), se derivan no sólo de tensiones regionales sino del comercio global de armas. El establishment mundial se halla firmemente anclado en este negocio: juntos, los países miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas realizaron, entre 1996 y 2000, 81 por ciento del total de las exportaciones mundiales de armas.

Los principales líderes mundiales, que expresan frecuentemente su frustración por la «irresponsabilidad» de las protestas en contra de la globalización, encabezan a los países que hacen las mayores ganancias en este terrible negocio. En el mismo periodo, los países del G-8 vendieron 87 por ciento del total de armas que se exportaron en el mundo entero. Tan sólo la parte que vendió Estados Unidos creció 50 por ciento. 68 por ciento de estas exportaciones fueron destinadas a países del Tercer Mundo.
Las armas han sido —y siguen siendo— empleadas con resultados sangrientos y efectos devastadores sobre la economía y la política de sociedades enteras. En cierta manera, se trata de la continuación del papel que jugaron las grandes potencias en la génesis y el florecimiento del militarismo político en África entre las décadas de 1960 y 1980, cuando la Guerra Fría se libró (como en otras partes del Tercer Mundo) en el continente africano. Durante décadas, los señores de la guerra —Mobuto Sese Seko, Jonás Savimbi y tantos otros— devastaron política y socialmente a las sociedades africanas gracias al apoyo de Estados Unidos y sus aliados, o de la Unión Soviética y los suyos. Las potencias mundiales cargan con una grave responsabilidad por haber promovido la subversión de la democracia en África y en otras partes del mundo. El «pushing» de armas les concede un papel preponderante en los conflictos militares locales. La reiterada negativa de Estados Unidos para establecer un acuerdo mínimo que impida las ventas ilícitas incluso de armas pequeñas (propuesto por el secretario general de la ONU, Kofi Annan), ilustra las dificultades de este hecho.

A manera de conclusión: confundir globalización con occidentalización no sólo es un equívoco ahistórico, sino que distrae la atención de los beneficios potenciales que pueden resultar de la integración global. La globalización es un proceso histórico que ha ofrecido en el pasado abundantes oportunidades y dividendos visibles, y continúa haciéndolo hoy. La existencia misma de los beneficios potenciales convierte al dilema de la justicia de su distribución en un asunto nodal.

El problema central no es la globalización en sí, ni la utilización del mercado en cuanto institución económica, sino la desigualdad que priva en los arreglos globales institucionales, lo cual produce a su vez una distribución desigual de los dividendos de la globalización misma. La pregunta, por tanto, no reside en si los pobres del mundo pueden o no obtener algo del proceso de globalización, sino bajo que condiciones pueden obtener una parte realmente justa. Urge reformar los acuerdos institucionales —en adición a los nacionales— para erradicar los errores que resultan tanto de las omisiones como de las constricciones, que tienden a reducir drásticamente las oportunidades de los pobres en todo el mundo. La globalización merece una defensa razonada, pero también requiere una reforma razonable.

Traducción del inglés:
Ilán Semo

© Amartya Sen, «How to Judge Globalism», en The American Prospect, invierno de 2002, pp. A2-A6.