Philippe Ollé-Laprune

Viaje de correspondencia
 

 

Como impelido por la fatalidad, Malcolm Lowry llega a Acapulco a finales de octubre de 1936. Es un hombre joven y robusto de 27 años que vive con Ian Gabriel una atormentada pasión amorosa y ha publicado una primera novela prometedora, Ultramarine, cercana a las aventuras de los héroes de Conrad. Llega de Hollywood, donde su pluma no ha encontrado la recepción esperada y busca un sitio agradable y barato para entregarse a la escritura con más constancia. Se ha consagrado a ésta desde hace tiempo, y su afición por el alcohol ya se ha instalado firmemente en su vida.
Muy pronto se entrega a una de sus actividades favoritas: ordenar la realidad para hacerla más bella y sobre todo más significativa. Un verdadero Gesto de escritor: atrapar un segmento de la realidad y torcerlo para darle sentido. Habrá de narrar que llegó un 2 de noviembre, Día de los muertos, fecha emblemática de la vida mexicana. Pronto comienza a encontrar en su alrededor resonancias y coincidencias que impregnan de significación la existencia. Siente que los elementos que lo rodean son como el famoso bosque de símbolos de Baudelaire, y que el rol del escritor consiste en saber descifrarlos. Además, altera la realidad y la hace significativa a fin de que se apacigüe su propia angustia ante el carácter absurdo de la existencia: esto lo conduce a transformar los signos guarecidos detrás de su entorno.
Por tanto, México juega un rol muy particular en su historia personal y en su obra. En Lowry existe la voluntad de encontrar un lugar que le hable, un espacio que pueda ser un hogar y el escenario ideal para los escritos que piensa producir. Este país le va a proporcionar este deseado escenario, el cual habrá de convertirse en casi un sujeto.
La pareja se instala en Cuernavaca, lugar situado al sur de la ciudad de México, a una hora de distancia, donde la naturaleza y el clima son particularmente agradables. Lowry allí ve una especie de paraíso terrestre, como un sueño que invita a ser devastado, y empieza a escribir lo que será su obra maestra, Under the volcano (Bajo el volcán o Debajo del volcán, según las traducciones). La fuerza de esta novela ha eclipsado el corpus de sus obras; la relación con México también se esclarece por diversos poemas y un libro asombroso, Oscuro como la tumba donde yace mi amigo. Se da un encuentro fructuoso y sorprendente entre el joven escritor y un espacio geográfico, ese México de los años teinta; de este enfrentamiento nace uno de los textos literarios más desgarradores del siglo xx. Surge una relación de fascinación/repulsión entre el autor y el país, donde será feliz durante una temporada y bajará a los infiernos hasta la inevitable partida a causa de su abuso de la bebida y de los consecuentes alborotos.
Lowry se mantiene gracias a una pensión que le da su padre: su dependencia económica es una de las causas de cierto sentimiento de culpabilidad que atiza su recio odio hacia el stablishment. No ama la clase social de la que salió; sus biógrafos con frecuencia consideran a su deseo de escribir y su alcoholismo como manifestaciones de un malestar clavado en el alma de nuestro autor desde la niñez. Poco importan las raíces del mal, lo esencial es lo que éste produce en su interior y le lleva a crear, incitándole a rememorar los temas que lo obsesionan: la culpabilidad y la imposibilidad de recomenzar; el paso del tiempo que siempre retorna hacia el pasado acusador; la fascinación por esa inocencia que no puede pertenecer al orden existencial; la pérdida de la pureza inicial que es imposible recuperar y la llegada inexorable del castigo que espera más adelante…
El Volcán tienta a hacer ver allí una especie de autobiografía de Lowry, ya que su personaje, el cónsul británico Geoffrey Firmin, pre­senta muchos puntos en común con el autor. Inclusive algunos rasgos y aspiraciones semejantes a los de Hugues, el medio hermano, parecen constituir una parte del personaje “Malcolm Lowry”, aunque en menor medida. Terrible historia de un amor que no puede empezar de nuevo a pesar de los tenaces propósitos de los dos personajes que integran la pareja (el mismo Lowry se separa en México), el Volcán puede leerse como una tragedia donde todos los personajes son culpables de una falta, intentan redimirse, e inevitablemente fracasan. El cónsul, por ejemplo, en la Primera Guerra Mundial permitió sin titubear el asesinato de marinos alemanes. Es presa de sus remordimientos en varias ocasiones. Hugues, a pesar de ser el medio hermano del cónsul, ha cortejado a su mujer y se siente culpable de no estar combatiendo en España con las Brigadas Internacionales, que están perdiendo la lucha contra los franquistas. Y finalmente Yvonne, la esposa que intenta regresar al hogar, abandona a su marido, que ahoga su amargura en el alcohol. En la novela el sentimiento de culpa impera con singular constancia.
El primer capítulo se desarrolla un año después de los hechos que se relatan en él, y el diálogo entre dos amigos del cónsul, Laruelle y el doctor Vigil, está invadido nuevamente por la tristeza y el remor­dimiento. Se sienten culpables, en parte del drama que concluyó con la muerte trágica del cónsul (aunque éste la ha buscado desde el principio), y por la muerte accidental de su mujer (¿pero qué es un accidente en un mundo donde no existe el azar?). La novela deja que el lector se impregne de la terrible sensación del destino omnipresente y la imposibilidad de la redención de las culpas.
Cuando el editor Jonathan Cape rechaza el manuscrito, a finales de 1945, Lowry se encuentra en Cuernavaca con su nueva compañera, a quien le quiere mostrar el marco de la novela en que ha trabajado durante años. Este viaje llevará a la redacción de Oscuro como la tumba… pero el rechazo de Cape a la novela –tal como la ha propuesto Lowry– lleva a nuestro autor a escribir una de las cartas más increíbles en la historia de la literatura. Página tras página, éste se empeña en desmontar la máquina que tan pacientemente erigió, proporcionando las claves y los símbolos, las intenciones ocultas, las imágenes que ha buscado.
Mediante este texto, Lowry desnuda su obra y nos muestra la genialidad de una construcción tremendamente compleja y ambiciosa. Esta carta es el ensayo más increíble que se pueda escribir en torno al Volcán, pues se construye desde el mismo interior del texto. El autor examina una y otra vez los argumentos de la crítica realizada por los lectores de la casa editora, mostrando su superficialidad y, a la inversa, exponiendo la construcción tras la novela. Hace lo que un autor no debe hacer: mostrar sus intenciones y explicar cómo logra sus propósitos. Es el precio que tiene que pagar para salvar su trabajo y lograr que se publique. Nuestro autor responde punto por punto a las críticas emitidas, pero, sobre todo, arroja luz sobre el aspecto necesario de su construcción, de su vocabulario, de sus referencias, y propone una lectura infinitamente más penetrante y profunda. Insiste también en la noción de la “culpa” y del deseo de redimirse, habla de la imposibilidad de cambiar una trayectoria… Finalmente habla de todo lo que debe ser una novela, respaldándose con una cantidad impresionante de citas y referencias. El autor se muestra algo desmesurado al citar con igual ardor la cábala y la Biblia, como si para él fuera un asunto de amor propio suprimir toda posibilidad de que se le acuse de ligereza o superficialidad.
Nuestro herido autor también da la sensación de una gran fragilidad al esforzarse tanto, como buen escolar, en probar la calidad de su trabajo, en poner al descubierto los engranajes que hacen funcionar a esta impresionante maquinaria. Sobrecarga su argumento de citas de grandes obras como si quisiera justificar sus opciones, relacionándolas con la visión de sus augustos predecesores, como si debiera buscar aliados entre los más grandes autores del pasado… Todo esto no impide que su carta sea un ejemplo de claridad, de inteligencia y de valentía.
Uno de los puntos que evoca es el del país elegido, México, en cuanto telón de fondo del drama. Las primeras frases del libro son por cierto una descripción del país, realizada como para arraigar el escenario y expresar la importancia que para el autor tiene el emplazamiento de su historia. La ciudad ficticia, Quauhnahuac, es una copia de la Cuernavaca real. Pero él quiere hincar su narración en el corazón de lo simbólico y no quiere que se piense que se trata de una obra realista; por lo tanto utiliza el nombre prehispánico del lugar para ligar su historia a un tiempo mítico, una época de “antes de la caída”. El topónimo de Cuernavaca vincularía inevitablemente su historia al presente, y utilizar un nombre ficticio sería como dar la espalda al lugar que ha elegido. Lowry lo dice de manera transparente: el relato se desarrolla en un espacio ficticio, en un universo fuera de la realidad e impregnado del sueño prehispánico de los tiempos.
Lowry observa el país y sus aspectos pintorescos, asimila las ideas más extendidas relacionadas con éste (el tiempo cíclico de los calendarios aztecas, la religión ligada a la muerte…) y domina los episodios más emblemáticos de su historia. Por ejemplo, en el capítulo X, sitúa su historia en Tlaxcala, símbolo de traición para los mexicanos, ya que, durante la Conquista, los habitantes de esta región se aliaron con los españoles. También en este caso, el sentimiento de la culpa, propio de los habitantes de esta tierra, seduce a nuestro autor… Tuvo que haber pasado una cantidad de horas considerable en las cantinas, discutiendo con sus pocos amigos mexicanos para saber hasta qué grado este sentimiento sigue vigente.
Además le gusta el misterio, un elemento particularmente útil para un narrador preocupado por la construcción de su novela y la progresión de la trama. Y Hugues lo dice: “Aquí la policía es como nosotros, le encanta el misterio”. El lado lúdico del medio hermano y su aspecto de fanfarrón, algo inmoderado, divierten al escritor, quien critica con dulzura su talante ridículo. Pero es ese perso­naje quien ciertamente dice las cosas con un asomo de inocencia, y que permanece sensible a los rasgos más paradójicos del país.
El aspecto grandioso de la naturaleza, la imagen obsesionante de la barranca y la omnipresencia del inquietante volcán amenazador son un posible sinónimo de una catástrofe, cuya presencia sin embargo es reconfortante, y constituye una especie de puntuación del relato. Además, mediante la miseria, la desorganización y el carácter resignado de los habitantes, Lowry pone en evidencia los elementos exóticos que constituyen el encanto de un país que para él debe ser como la antítesis de su propia tierra; en este des-orden encuentra un lugar todavía inocente, que aún posee un carácter indeterminado que permite imaginar un futuro diferente… Poco importa la legitimidad de esta visión o el deseo que anima al autor (cuántos son aquellos que llegaron a México en busca del absoluto, desde Artaud a Mandiargues, pasando por Kerouac o Leonora Carrington, mientras que Lowry llega sin ideas preconcebidas…) lo esencial es que en este país puede desarrollarse todavía una tragedia de dimensiones sobrehumanas, una lucha que sería el símbolo de los combates más desesperados y que pudiera darnos el reflejo de todas las batallas perdidas. En México los contrastes son más fuertes, los sentimientos más violentos y los remordimientos más recónditos.
En su carta a Cape el escritor justifica su decisión de ubicar su historia en México y regresa al asunto varias veces: “…el sitio ideal para nuestro drama del combate humano entre las potencias de las luces y las tinieblas”, o, “es un sitio paradisiaco, pero, sin duda alguna, un lugar infernal”, o todavía: “el ritmo lento, trágico y melancólico” del país. Como le suele suceder a los visitantes, le impresionan la belleza inquietante, emotiva del país, y las perfidias de que uno puede ser víctima (desde la escena del robo al campesino herido, tirado junto a la carretera, hasta la muerte del cónsul). He aquí algo que lo sitúa bien lejos de la Inglaterra puritana y estrecha… Y si él puede escribir en México un drama patético, con más intensidad que en cualquier otro lugar, es por causa de este encuentro curioso entre él mismo, joven escritor seguro de la fuerza de su futura obra, en un país que se corresponde con sus propósitos, o más bien, que permite los ajustes necesarios para el desarrollo de su historia y el despliegue de una cantidad impresionante de símbolos.
México presenta una curiosa capacidad en la aparente neutralidad de su presencia y en la dulce y cómoda distancia que permite se instale entre el país y el visitante: éste puede proyectar en aquél sus lecturas de lo real y los sueños más utópicos. Los habitantes mismos no se cansan de hablar de la fatalidad que afecta a su país y, sin embargo, celebran los momentos más dignos de su historia (la Independencia y la Revolución, por ejemplo) con legítimo orgullo.
Cuando nuestro autor llega a México, a fines de los años treinta, el país atraviesa un momento muy intenso con las últimas manifestaciones de un espíritu revolucionario. El presidente Cárdenas ha nacionalizado el petróleo y expropiado a las compañías extranjeras, acoge a los exiliados republicanos españoles y a León Trotsky, y resiste al avance de los grupos neonazis. Lowry entiende el momento que el país vive, y, ahí también, capta su grandiosidad. El cónsul muere a manos de grupos armados, alegoría de las bárbaras hordas que se están apoderando de Europa. Inspirado por el trabajo que desempeña un amigo de Oaxaca, cita un banco fundado por el presidente para fines sociales, el cual ayuda a los campesinos más desposeídos: a pesar de aparentar que no le interesa nada relacionado con el dominio político, el escritor toma elementos de lo real y les otorga el rol de símbolos, en este caso preciso el de la lucha del bien que pierde contra el mal que avanza.
En las manos de nuestro autor está todo lo necesario para que la tragedia sea total; sin embargo, le da una dimensión íntima y no multiplica los personajes o los escenarios. Ha aprendido esa lección mexicana que no sólo toca a lo literario: la intensidad es tanto más poderosa, cuanto que la violencia sólo se roza, se sugiere. Únicamente las dos muertes del final llegan con furor, dentro de un crescendo que no deja otra vía más que esta conclusión, como si los dos personajes principales fueran las víctimas de una máquina que avanza inexorablemente. Con excepción de estos sucesos, la textura del texto es fina y, más que gritar, murmura. El combate del cónsul con la vida y con su desesperanza toca de cerca al lector gracias a un sistema de escritura donde cada elemento concreto de la narración parece ser la puerta hacia una explicación.
Imágenes y cifras, objetos y vocablos atraviesan este libro, se pre­sentan en diferentes momentos del relato, haciéndole una especie de guiño al lector. El ejemplo más evidente es el jardín, como el autor se complace en subrayar. Jardín del Edén que el hombre ha devastado, jardín del cónsul que éste ha querido dejar agreste, o jardín público donde varios letreros invitan a los visitantes a cuidar de ese patrimonio. Cuernavaca es merecidamente famosa por su flora, y Lowry debió comprender que allí se encontraba la imagen bíblica más significativa para su historia. Él mismo insiste en la cifra 7, igualmente bíblica, que será la hora en que asesinarán al cónsul, así como la marca del caballo, la cual aparece en varias ocasiones y termina por matar a Yvonne. Este animal es además otro de los elementos que acompaña a la narración de manera constante: es el compañero que acompaña la muerte de un peón junto a la carretera, es el medio para pasear en una naturaleza afamada, y, finalmente, es el instrumento que da muerte a la Mujer, Yvonne.
La rueda, el ciclo, es la forma en torno a la cual gira la novela. La estructura misma del texto se basa en la circularidad, ya que el primer capítulo se desarrolla un año después de los hechos. Una vez terminado el libro, el lector siente la tentación de retomar este primer capítulo y de recomenzar la lectura. Con relación a la estructura, encontramos la rueda de la feria que gira inexorablemente y que alude a la representación cíclica del tiempo de los aztecas y los mayas, e incluso del Buda en el capítulo VII. Todo parece decirnos hasta qué punto nada puede escapar al destino, que es un error la idea de la linealidad de la vida: el ser humano se ve forzado a vivir un eterno recomienzo, a zambullirse nueva e inexorablemente en su pasado, y no puede huir de un destino implacable que ya está escrito. Nadie puede salvarse y toda tentativa de evasión de esta línea trazada se paga con la muerte.
Lowry erige también un juego sorprendente con rastros escritos, expuestos a los ojos de todos y que sin embargo tienen un sentido oculto. El ejemplo que con más frecuencia se señala es el letrero del parque público: “¿le gusta este jardín? ¿que es suyo? ¡evite que sus hijos lo destruyan!” La traducción del cónsul (y no del autor, que sabe que es errónea) no es correcta. Aquél propone, “¿Le gusta este jardín? ¿Por qué le pertenece? ¡Expulsamos a quienes lo destruyen!” Una vez más, el personaje ha tomado lo real y lo altera a fin de que su discurso sea avalado por palabras del entorno.
Al héroe del libro le obsesiona el destierro, el hecho de que la sociedad pudiera excluirlo como lo hace con todos los que destruyen el jardín del Edén, aquellos que se rebelan contra la vida. El cónsul se ve rodeado por anuncios o letreros, como este que parece desafiarlo: “No se puede vivir sin amar”, declaración que parece haber sido hecha para subrayar su amargura. También hay anuncios de combates de box, ilustración implacable de su lucha contra Yvonne. Otro es el del film Las manos de Orlac, guiño al mundo del cine que lo ha rechazado poco tiempo antes, y un homenaje a la estética expresionista alemana.
El mundo del séptimo arte también se hace presente mediante el personaje de Laruelle, involucrado en esta industria, y quien es culpable de infidelidad hacia su amigo el cónsul por haber tenido una aventura con Yvonne. Lowry ve este medio de expresión como el mundo del simulacro. Ella es actriz, por lo tanto alguien que “juega un papel”; en el momento de su regreso, vemos a “Yvonne trabajando en el jardín, a menos que fuera su simulacro tejido con los filamentos del pasado”. Lowry plantea la cuestión de la distancia entre la realidad y su simple apariencia, entre el supuesto espesor de lo real y las construcciones artificiales. Se inspira en uno de los rasgos más visibles de la cultura mexicana, la dificultad de establecer una frontera tajante entre lo fabricado y lo auténtico en esta sociedad que tiene la habilidad de crearse mitos nuevos, de inventarse un pasado renovado y de elaborar hitos diferentes. Así, la historia oficial posrevolucionaria alaba de modo idílico al pasado prehispánico, caricaturiza en extremo al mundo colonial y exalta reverentemente la época de la Independencia. Pero también los ritos religiosos o los saberes ancestrales se prestan al respeto, a las dudas y a las falsificaciones. El autor nos sumerge además en una fiesta popular, lugar del carnaval, espacio donde las fronteras entre las verdades y las mentiras son particularmente vagas.
Los lectores mexicanos se complacen en decir que el Volcán es una buena novela, pero que Lowry no comprendió nada en México. La primera respuesta crítica a esta afirmación es que un autor no tiene que “comprender un país”. Su universo y su creación no tienen por qué respetar lo real; su obra se sitúa en contraposición de lo real, utilizándolo a fin de cambiarlo y hacerlo más personal. El México de Lowry únicamente a él le pertenece, y él construye su libro en ese espacio que existe entre el país que lo rodea y la imagen que de ese país él se hace. Es en este dominio, delimitado de esta manera, donde crea un universo que rápidamente se convierte en un universo mítico. Magnifica sus defectos, sabiendo cómo aprovecharse, respetuosa y púdicamente, de la gran libertad que este país le ofrece al visitante. También se ríe del país, como en su poema “Carta de Oaxaca al África del Norte”, en el cual dice:

¿México? ¿No es ése el lugar de las almas perdidas?
Refugio de americanchos que buscan divorciarse:
O de todos los nórdicos que van a desnortarse:
De todos los caballeros que fueron descabalgados:
Licencias a la Lawrence concedidas con el sello de la serpiente.


Con semejante visión, es natural que este escritor haya encontrado allí puntos afines con sus propios temas y obsesiones.
A Lowry le atrae el misterio mexicano, al que alude varias veces; es muy sensible a esa rara mezcla de una gran cortesía –y por lo tanto de distancia respetuosa – que va acompañada de un sentimiento vivo por una cultura que viene de muy lejos, cuyas raíces se hunden con profundidad en el pasado.
En muchas ocasiones hace referencia a la cultura y a la historia de México. Por ejemplo, en el capítulo VIII, cuando los tres personajes principales viajan en autobús y ven el cuerpo de un indio que agoniza al borde de la carretera. Se sabe que éste fue el punto de partida de la redacción del Volcán: el asesinato de un mensajero de un banco popular, a quien le roban el dinero que iba a entregar. Como por azar, la víctima es un indio, símbolo de aquellos que han perdido y que sufren en silencio. Esto se conjuga con las grandes obsesiones de Lowry.
El mundo indígena, para él como para otros, es el espacio que repre­senta mejor la posibilidad de vivir en un lugar cargado de inocencia, en un sueño (ciertamente ficticio, pero sueño…) donde se tiene la impresión de que los hombres no han cometido aún el pecado original. El cónsul lo dice: su sueño es vivir como Blackstone, aquel inglés que se fue a vivir entre los indios, asqueado por la sociedad occidental. Por lo demás, Lowry se irá a vivir sucesivamente a Canadá, a una cabaña en la playa, como retirado del Mundo “real”. La civilización ha destruido el jardín del Edén y todos cargamos con esta culpa.
Lowry utiliza este mundo indígena, evocando insistentemente la imagen de la inocencia perdida. La omnipresencia de caballos como herramientas del mal, por ejemplo, se debe, según el escritor mismo, al rol central que jugaron, según él, en la conquista de México por Cortés. Este país es para él el espacio ideal para representar la lucha entre el bien y el mal, entre los conquistados que están condenados al silencio y los vencedores que arrastran su culpa eternamente.
Se imputa a la bebida de las aproximaciones, y, ciertamente, las alucinaciones de nuestro autor. El alcohol tiene un rol purificador, es una especie de catalizador que puede dar una particular lucidez a aquellos que lo consumen habitualmente. Permite transferir las quimeras personales con mayor facilidad, realizar esa distorsión de lo real que se ha señalado muchas veces, y arraigar allí los sueños. Son pocas las actividades humanas que se desarrollan con el fin de frenar el paso del tiempo. La práctica literaria y la alcohólica se encuentran en este común propósito. El espacio del que se les permite apropiarse muestra la intensidad del deseo continuo de dominar el paso de las horas. Lowry se entrega a ambas actividades con igual frenesí. La tentación del escritor y del bebedor surge del mismo propósito: inventarse un universo donde el tiempo es de otro orden, colocarse al margen del Mundo. Tanto uno como el otro buscan el Paraíso, la posibilidad de la re-creación del jardín del Edén.
Pero el bebedor se convierte en un alcohólico y ese espacio restringido al que gracias a su estímulo a veces llega se convierte en un sitio infer­nal. Su propia caída hace eco a la caída del ángel. En la novela, el cónsul bebe con una lucidez aterradora: avanza hacia la muerte con una sabiduría y una resignación que lo hacen dueño de su destino. Su asesinato se parece mucho a un suicidio.
La idea de que la bebida está vinculada al deseo del olvido no existe en Lowry; en su obra, la borrachera se relaciona con la fascinación de un posible retorno al tiempo mítico, con la búsqueda de una especie de virginidad que se sitúa fuera del mundo sensible. Nuestro autor, él mismo sumergido en lo real, alterna entre el tequila y el mezcal, sin controlarse como lo hace su cónsul.
Después de muchos alborotos y escándalos, cae en prisión en Oaxaca, rompe con su compañera y abandona México en julio de 1938. Su vida cambia tras esa estancia mexicana, a lo menos temporalmente. Se establece en Canadá, en condiciones particularmente rudas, donde habita una cabaña frente al mar. Una vez más encontramos ese deseo de espacio virgen e inocente. Deja de beber casi totalmente durante los años que consagra a la redacción del Volcán, realizando versión tras versión, hasta terminar la cuarta y definitiva en 1944.
El alcohol, cuya presencia impregna el libro de manera tan frontal, es también para el autor un medio de captar al sesgo el orden y el desorden del Mundo. Él le atribuye efectos cercanos a los que provoca la videncia del joven Rimbaud. Por un lado, despierta su espíritu, le permite acelerar la organización de sus ideas y alcanzar una especie de clarividencia: es el efecto del tequila y del mezcal. Al absorberlos, él alcanza un estado donde ve o cree ver lo que se esconde tras lo visible; accede a las claves de la existencia.
Por otro lado, el alcoholismo acompaña su trayecto hacia la muerte, le hace aspirar a la autodestrucción y al reino del desorden. Con la llegada del mezcal, el libro zozobra en la tragedia. Malcolm Lowry probó este veneno desde su llegada a México y descubrió su potencia y el efecto singular que tiene en el bebedor, siendo más que un alcohol y menos que una droga. Respeta al mezcal, conoce la capacidad que esta bebida, todavía artesanal, tiene para enajenar al que abusa de ella. Sabe que el alcohol es liberación y esclavitud, salvación y condena, paraíso e infierno. El sitio central que ocupa en el Volcán no es anecdótico, pues sus consecuencias se incorporan en el espíritu de la novela. Como todos los elementos que en ésta aparecen, la presencia de la bebida nada tiene de decorativa: todo es esencial.
Uno de los aspectos más dramáticos del Volcán reside en la impo­sibilidad absoluta de revelar los secretos, de salir de la horrenda soledad que sufren todos los actores del drama. El rol de la palabra escrita en éste es capital, no sólo las inscripciones y los letreros públicos, sino también los libros (en particular la Biblia y otros textos esotéricos como la cábala) y las cartas personales. Un gran malentendido proviene del hecho de que una carta del cónsul jamás fue enviada: el término de “correspondencia” es el que mejor conviene para entender las posibles lecturas de esta novela.
La importancia de la cábala es tardía en la redacción de la obra; al parecer, las lecturas y amistades de Lowry en Canadá lo indujeron a interesarse en este género del saber. De ésta toma la idea de que la desgracia del mundo proviene de la separación de los seres en el alba de los tiempos, de una fisura que destruyó la Unión original: “Y sin embargo nada puede reemplazar jamás esta unión que en el pasado conocimos y que sólo puede existir dios sabe dónde”… Mediante estas palabras el autor nos da a entender claramente la obsesión en todas sus formas de la pérdida de la unidad original; todos los personajes del libro están hundidos en soledades cuyas murallas ninguno logra abatir. Incluso la palabra escrita, la carta del cónsul, jamás llega a su destino.
La correspondencia, el medio más íntimo de comunicarse con los demás, también fracasa: no podemos escaparnos de nuestro encierro. El cónsul encuentra las cartas de Yvonne en El Farolito, la cantina donde él mismo las ha dejado a resguardo, aunque pensaba que se habían perdido. En ese caso también su alcoholismo lo abruma, ya que las ha olvidado por su causa, aunque para él tenían una importancia tan grande. Este descubrimiento es como la ruptura del silencio, de un equilibrio, que conduce al caos y por lo tanto a la muerte venidera...
Lowry se complace en citar a la cábala, aunque no posee cono­cimientos esotéricos profundos. Él se planta como escritor frente a ella y toma lo que le es útil: un acercamiento al mundo que invita a ver por doquier lo simbólico y lo significativo. En esto él asume más bien la tarea de un poeta, descifrador de las “confusas palabras” que la Naturaleza nos dirige y compañero de aquel que “atraviesa bosques de símbolos”, como dice Baudelaire en su famoso poema (por cierto que se cita al poeta francés en la carta dirigida a Cape, precisamente con relación a este tema).
El joven escritor inglés escribe poemas desde la infancia y seguirá haciéndolo hasta su muerte, con una pasión, una constancia y un respeto sorprendentes. Cuando se le incluye en una antología de poesía canadiense, él le escribe al compilador: “Casi no pienso en otra cosa que la poesía […] pero son tan pocos los poemas que aprecio en la obra de otros escritores que, ya sea por una falta de juicio crítico respecto a mi propia producción, ya sea por excesivo narcisismo, casi me prohíbo escribirlos yo mismo, pues coloco la barra a una altura inaccesible…”. También en este caso Lowry tiene la tentación de lo absoluto: en el dominio de la literatura, ve a la poesía como el grado supremo, una forma de la perfección.
Mediante la vía de la narrativa, él busca comulgar con lo poético: sus temas y sus intenciones pertenecen más al género literario magnificado que al novelesco. Lowry se alinea detrás de Dante y de Milton, esos grandes ancestros que saben contar una historia y mostrar los abismos mediante la redacción de versos. Sabe rechazar lo anecdótico, ya que todo tiene sentido, y se sirve del arte de interrogar lo esencial que todos llevamos dentro. El Volcán puede leerse como un largo poema en prosa… Si todo en el libro es alegórico, éste es ciertamente una novela poética o un poema novelesco.
Lowry comulga con el México que le da la materia ideal para la escritura de una historia terrible arraigada en un medio enigmático. Antes de llegar al país, poco sabe respecto a éste, y solamente ha leído novelas de Bruno Traven con temas y escenarios mexicanos. Desconoce el arte y la literatura nacionales, cosa que no cambiará durante su estancia: sus amigos no están vinculados para nada con el medio intelectual de la capital, que sin embargo es muy generosa en su capacidad de recibir a extranjeros. Este escritor no busca el contacto, ni en lo personal, ni a través de sus lecturas. Sin embargo, le afectan sentimientos e impresiones ligados al país y su texto se muestra permeable a sensaciones que forman parte de la atmósfera mexicana y que se pueden encontrar en la obra de escritores mexicanos. Sin que lo haya buscado el joven autor inglés, su obra transmite elementos que aparecen en la literatura del país.
En el juego de las comparaciones, Malcolm Lowry se sitúa en una tradición anglosajona, siendo Melville y Conrad los puntos de referencia más evidentes, no sólo por el tono sino también por los temas coinci­dentes. A pesar de la universalidad de muchas de sus preocupaciones, Lowry elabora una obra que tiene resonancia con ciertos textos mexi­canos del siglo xx. Podemos citar desordenadamente el sentimiento de la culpa y el deseo en López Velarde, la presencia doliente de la muerte que nos rodea en los poemas de Villaurrutia y Gorostiza, la amargura y las culpas obsesionantes que nos observan en la obra de Juan Rulfo y Elena Garro, la comunión con el ambiente de la pesadilla en la de Inés Arredondo, o la crueldad de la existencia que incita el humor negro de Ibargüengoitia… En México, la presencia del pasado en el presente, de la muerte en la vida, y del misterio en los elementos más comunes de la existencia ofrece sensaciones y sentimientos que forman la sustancia y dan la textura de escritos tremendamente brillantes.
Tras muchas decepciones nuestro autor regresa pues a los escenarios del Volcán, a fin de mostrárselos a su nueva compañera. Por lo tanto van a Cuernavaca, donde viven en la casa que fue el modelo de la casa de Laruelle en el libro. Es allí donde Lowry redacta su carta a Cape el 2 de enero de 1946. La pareja sigue viajando, particularmente a Oaxaca y Acapulco, lugares que el escritor ya había visitado. Y como si México quisiera hacerle pagar viejas deudas, se le expulsa del país por una cuestión relacionada con una multa no pagada en 1938.
Malcolm no cesa de tomar notas, de fijar impresiones que teme no recordar posteriormente. Estas observaciones darán lugar a la realización de Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, novela todavía inédita al morir el autor. La obra es la exacta descripción de este viaje, pero sobre todo es el “texto-espejo” del Volcán, el revés de la aventura del cónsul. Es la guía perfecta para entender a Lowry y entender su libro central, ese Volcán que es ciertamente el corazón de su existencia. Obra menor en comparación a su obra maestra, ahí él evoca una temática cercana a las preocupaciones del Volcán; ahí se encuentran frases como “déjennos ser felices en algún lugar, aunque sea juntos, aunque sea afuera de este mundo horrible”. Los escenarios aparecen con su verdadero nombre: estamos en presencia de un relato mucho más realista, menos colorido, menos depositario de intenciones visibles.
Descubre en Oaxaca que su gran amigo mexicano, Juan Fernando Márquez, ha sido asesinado al salir de una cantina, como su cónsul. Pero esta nueva novela está más marcada por el deseo de la paz y la prosperidad: su amigo ha muerto, pero trabajó para el Banco Ejidal, que transformó al país, en adelante próspero y con un gran porvenir. “El Banco Ejidal se ha convertido en un jardín”, es una de las últimas frases del libro, haciendo eco a las imágenes del pasado.
Este México idealizado se encuentra aún más alejado de la realidad que el país del Volcán, pero no tiene la fuerza del primer escenario: al suprimir el aspecto sublime que lo transforma en un lugar casi mágico, Lowry le quita el barniz que lo hace tan fascinante, tan fértil para sus propias obsesiones. No tiene sentido comparar ambas novelas porque la segunda es apenas una variación en torno a la primera; la comparación de los dos escenarios muestra hasta qué punto el autor ha caído de lo sublime a lo autobiográfico, de la obra maestra al ejercicio aplicado.
En una entrevista de 1984, a John Huston se le interrogó respecto a la adaptación del Volcán, que recientemente había terminado de filmar. Es notable su falta de entusiasmo con relación a la novela. Él es uno de los grandes directores de cine más fascinados por la literatura, y en este caso se complace en subrayar ciertos defectos que en la pantalla prefirió suprimir. Se siente un asomo de envidia en él: Huston ha vivido mucho tiempo en México, allí filmó El tesoro de la Sierra Madre (adaptación de la obra de Traven) y La noche de la iguana (adaptación de la obra de Tennessee Williams): da la impresión de sentirse el dueño de casa, a quien no se le engaña con patrañas.
Es cierto que una diferencia generacional parece influir en el respeto que Huston pudiera deberle a Lowry, pero al realizador sobre todo le molesta el aspecto no realista del México del autor. Lo acusa de haber producido un texto “ahogado por los símbolos”, extremadamente recargado, y que utiliza lo pintoresco para ilustrar sus intenciones. Incluso declara que Lowry ha puesto en su obra todo lo que veía en la calle, todos los detalles de la vida cotidiana. Esta crítica, sin duda certera, es algo irritante, pues el poder del libro proviene justamente de esta capacidad de absorberlo todo en su narrativa. La grandiosidad y genialidad del Volcán reside en esa facultad de pescar todos los detalles de la vida y transformarlos, dándoles un sentido que resulte coherente con el cuerpo y las intenciones del libro. Es injusto decir que el autor no respeta al país: la fuerza de México reside en que también puede presentar múltiples facetas que permiten a cada quien encontrar un aspecto que concuerde con sus propias ideas…
Una extraña afinidad se instaló entre los fantasmas que inquietaron a Malcolm Lowry y las ideas fijas y los valores sedimentados en el alma del país. Gracias a sus andanzas mexicanas, él logra escribir una gran novela sobre la culpa, el destino y la imposibilidad de la salvación, y se alimenta sin cesar de los componentes de una realidad que puede deformar, utilizar o adaptar a su gusto. Logra realizar el Gesto vital del creador: transformar lo real para poder apropiárselo, imponiendo al mundo una resonancia personal. La grandeza de México consiste en ofrecer una materia neutra y maleable que le permite a cada quien impregnar en ella su propia marca; la de Malcolm Lowry consiste en haberla captado.

Traducción de Mariano Sánchez Ventura