Daniela Spencer

Václav Havel:

De la Primavera de Praga a la Revolución de Terciopelo
 

 

Durante la Primavera de Praga en 1968, por primera vez en la historia de los países del bloque soviético se procedió a cambiar la relación entre el Estado y la sociedad, así como la del sistema económico y la vida cultural. Por primera vez se trató de conciliar al socialismo con la democracia, y a la libertad individual con las organizaciones de masas. En Checoslovaquia esta utopía se conoció como “el socialismo de rostro humano”. Los socialistas checoslovacos se propusieron humanizar el mismo régimen a cuya deformación habían contribuido. Los intentos por cambiar las estructuras políticas y económicas duraron tan sólo ocho meses, de enero a agosto. Este breve periodo fue precedido por un largo proceso de gestación de ideas y movilizaciones de diferentes grupos, así como por elaboraciones teóricas de esquemas políticos y económicos que buscaban ser nuevas alternativas.
Las reformas propuestas y algunas llevadas a cabo durante los ocho meses de la Primavera de Praga se dieron dentro del Estado y el Partido Comunista, la fuerza política dominante. Una vez que los de arriba efectuaron los cambios, los de abajo iniciaron diversas movilizaciones, la mayoría en favor de las reformas y la minoría en contra.
La nueva teoría de política económica advirtió que para lograr una economía socialista de mercado era necesario que las decisiones económicas se desplazaran del poder monopólico del Estado a los productores mismos. Aunque en un primer momento las reformas se dieron dentro del sistema político, debido a la falta de tiempo y a la interrupción del proceso fueron archivadas en voluminosos tratados programáticos. La sustitución del modelo de economía centralizada por uno de mercado, planificado y adaptable a las necesidades del consumo de la población, así como el rediseño de las relaciones económicas internacionales no se llevaron a cabo. Tampoco se logró emancipar la actividad económica empresarial de las injerencias administrativas y políticas de los aparatos del Estado, ni separar a la propiedad del poder, a pesar del perjuicio que esto había causado a la productividad y a la iniciativa individual y colectiva. A fin de poder hacer tales cambios en la economía del país, había que modificar la estructura del poder: la relación entre el Partido y el Estado, la centralización del poder y la subordinación de todas las instancias administrativas regionales de Bohemia, Moravia y Eslovaquia a las decisiones tomadas en Praga, bajo la permanente vigilancia de Moscú.
Hubo momentos que sacudieron al país en enero de 1968, cuando se dio la muy anhelada separación del Estado y el Partido. Un estalinista de la antigua cepa, que hasta entonces había fungido como presidente y secretario del Partido, tuvo que dejar el cargo de secretario y fue reemplazado por el comunista eslovaco Alexandr Dubcek, quien con el tiempo se convirtió en el símbolo de la Primavera de Praga y también de su derrota.
Dubcek era un hombre del sistema y toda su vida fue miembro del Partido; creyente, pero no dogmático. Desde los tres años vivió en la Unión Soviética, donde su padre era obrero. Durante los años treinta fue testigo de la colectivización forzada y de los estragos económicos, sociales y personales que implicó esta drástica y brutal intervención en la vida de los campesinos. En sus memorias admitió que el Partido nunca se equivocaba.
Aunque era consciente de la discrepancia entre la teoría y la prác­tica, Alexandr Dubcek fue siempre un incansable y leal obrero del Partido. Durante los años cincuenta, en su natal Eslovaquia, atestiguó la persecución que se hizo a gente inocente por el simple hecho de pertenecer a la “burguesía”, lo cual sirvió de pretexto para torturarla, juzgarla por cargos implantados, encarcelarla o eliminarla. Estas purgas afectaron incluso a camaradas del Partido, y el nuevo secretario las apoyó, aunque después se dio cuenta del enorme daño económico, político y psicológico que causó esta represión.
El primer paso que el Partido dio para recuperarse de la sangría fue admitir que había cometido “errores en la justicia socialista”. El Partido había perdido el apoyo de la población, no porque sus principios fueran equivocados o se hubieran desviado de las enseñanzas de Marx y Lenin, sino por haber enajenado al público. Para sobrevivir, tenía que volver a ganar la confianza de la gente, y por esto una de las primeras medidas tomadas por Dubcek al llegar a la cumbre del Partido en 1968 fue relajar y, más tarde, abolir la censura. Si bien esto le valió ganarse a la población, también abrió una caja de Pandora, pues la prensa se avocó a decir y publicar todo aquello que estuvo prohibido durante cuarenta años. Por primera vez los periodistas empezaron a cuestionar algunos de los tabúes de la política de Checoslovaquia como la naturaleza de las relaciones “fraternales” con la Unión Soviética.
Aunque en toda Checoslovaquia reinaba la euforia por los cambios que ocurrían y los que aún se esperaban, el nuevo secretario del Partido temía las reacciones de Moscú; y en efecto, los dirigentes soviéticos no tardaron en alarmarse por las modificaciones que observaban con entusiasmo y ansiedad no sólo los vecinos del bloque soviético, sino el mundo entero, pues acontecía algo inédito e inaudito.
Para detener las reformas de la Primavera de Praga, Leonid Brezhnev, sus colegas del Politburó y los dirigentes de los otros países “hermanos” –como se dice en la jerga comunista– llamaban a sus colegas checos y eslovacos a suspender el proceso reformador. Sin decirlo, temían el contagio en sus propios países. En voz alta llamaban a la Primavera de Praga un movimiento que rayaba de contrarrevolucionario. Las provocaciones para atemorizar a los dirigentes checoslovacos no pa­raban. A mitad del año, el Pacto de Varsovia llevó a cabo maniobras militares de gran escala en el territorio de Checoslovaquia. Brezhnev solía convocar a Dubcek en reuniones y le pedía cuentas. El nuevo secretario del Partido sucumbió a las presiones de fuera y pedía paciencia a la población para introducir reformas aún más radicales como el sistema pluripartidista.
En realidad, aunque el gobierno checoslovaco prometió gobernar dentro de la ley, refrendó el papel dirigente del Partido Comunista y reafirmó la primacía del marxismo-leninismo como la ideología del partido. Evidentemente, las reformas tuvieron límites ideológicos que Dubcek y su equipo estaban dispuestos a traspasar. Sin embargo, aún mantenidas dentro de los cánones ideológicos dominantes, las reformas fueron inaceptables para los dirigentes soviéticos.
El 21 de agosto Checoslovaquia fue invadida por las tropas del Pacto de Varsovia con el pretexto de la amenaza de la contrarrevolución y el imperialismo. Ante la enorme presión y el chantaje, Dubcek firmó el Dictado de Moscú, el cual legitimó la invasión. El bienintencionado secretario del Partido fue arrollado por el sistema en el que creía firme­mente y al que había dedicado toda su vida. La invasión derrotó no sólo a la Primavera de Praga, sino que echó por tierra la idea de que el socialismo existente podía ser reformado por el de rostro humano. Al igual que Dubcek, miles de checos y eslovacos quedaron desilusionados, perdieron su trabajo y sufrieron persecuciones en su vida privada. Los comunistas que participaron o simpatizaron con el proceso reformista del 68 fueron expulsados del Partido.
En 1968, Václav Havel era un exitoso dramaturgo de 32 años y, aunque no era comunista, apoyaba las reformas porque permitían res­pirar en libertad. Como tantos, Havel dudaba de las reformas por­que los comunistas no dejaban de creer que el Partido siempre tenía la razón y debía seguir siendo la fuerza dirigente del país. El joven dramaturgo percibió las contradicciones del comportamiento de Dubcek y de los sectores reformistas del Partido Comunista, quienes se resistían a aceptar que la apertura del sistema político pudiera hacer surgir grupos contestatarios, corrientes de opiniones diferentes e, incluso, una oposición que exigiera un sistema multipartidista y elecciones libres para sacar a los comunistas del poder. Havel fue uno de aquellos ciudadanos no comunistas que visualizaba la coexistencia del socialismo, la justicia social y la libertad individual.
Con la invasión militar en agosto, para Havel y muchos otros che­cos y eslovacos se terminó una era, un clima social y espiritual que conformaban al mundo conocido hasta entonces. Como dramaturgo, Havel no estaba preparado para esta catástrofe, pues no era más que un hombre de clase media, cuya familia y él mismo habían sufrido todo tipo de chicanearías infligidas por el régimen instaurado en 1948. Era parte de la cultura, pero no del sistema. Su perspectiva no estaba enganchada al poder, ni a la sociedad y su teatro da cuenta de su gran capacidad para ver el lado absurdo y grotesco.
Sin embargo, en 1968 lo absurdo y lo grotesco se volvieron una tra­gedia. La violación de la aspiración a la libertad se presentó a la población como una normalización que no había más que aceptar. Durante enero de 1969, en protesta, Jan Palach de 20 años se incendió en el centro de Praga y murió. La mayoría de la población dio la espalda a la vida pública y se refugió en la vida privada, el cinismo, la apatía, la amnesia y la satisfacción de apetitos consumistas, inventando múltiples triquiñuelas para engañar al sistema. La tragedia de 1968 llevó a la degradación de las relaciones humanas.
Vernisaz, La inauguración, escrita en 1975, fue una de las obras que Havel concibió mientras buscaba un medio para comunicarse con su auditorio, en un país donde su teatro estaba prohibido; cuando carecía de actores, escenario, público y luces para hacer una representación, y a sabiendas de que el manuscrito teatral no es una obra de teatro, si no se materializa en la escenificación. La penumbra política y moral de Checoslovaquia y la vida de Havel mismo se le presentaron como un dilema ¿Cómo mantener a flote la integridad personal en un mundo que despreciaba los valores humanos? Fue entonces que decidió emprender el camino de la resistencia al régimen.
El 7 de enero de 1977 el mundo entero amaneció con la noticia de que en Praga cientos de ciudadanos habían firmado la Carta 77. Václav Havel fue uno de sus autores, firmantes y voceros. Charta, o Carta 77, fue un conglomerado de ideologías heterodoxas de personas que se negaron a seguir siendo partícipes y cómplices del régimen, al cual la mayoría de la población desdeñaba, pero no podía o temía confrontar.
La Carta 77 señaló que había una discrepancia entre la ley y la realidad del país socialista, y que los derechos humanos se violaban en forma sistemática. Aunque el gobierno había firmado cuantos trata­dos existían sobre el tema, miles de ciudadanos no podían expresarse públi­camente, se discriminaba a todos aquellos que disentían de la opinión oficial, no podían viajar y vivían con temor; las organizaciones ciudadanas no podían funcionar, y los sindicatos eran una correa de transmisión del poder del Estado, que vigilaba a los ciudadanos.
Aunque Charta era una iniciativa ciudadana y no una organización revolucionaria que atentara contra el poder del Estado, para el gobierno era contrarrevolucionaria. Su contenido se desconocía en el resto del país debido al control que había sobre los medios; sin embargo, tanta propaganda en su contra terminó por darle una indeseada publicidad. Al mismo tiempo, el gobierno actuó con violencia en contra de sus firmantes, y sobre todo contra Havel. Algunos de éstos decidieron retirar sus nombres de la Charta.
Havel, quien de esta manera decidió exhibir la hipocresía y el abuso de poder del Estado, fue encarcelado una y otra vez como castigo por su osadía y coraje. El encierro, primero de meses y luego de años, le dio tiempo para pensar en el significado del sistema totalitario e imaginar nuevas obras de teatro. Según él, los regímenes totalitarios de la Europa socialista eran diferentes a las dictaduras del Tercer Mundo, pues sus métodos de control eran más sofisticados porque destruían el cuerpo social y el espíritu, actuando día y noche en todos los aspectos de la vida de cada ciudadano. El Estado era el empleador, el policía, el trabajador social, el juez, el carcelero, el maestro, todo en uno. Al adaptarse al régimen y capitular, el sistema reforzaba que los individuos sufrieran y lo criticaran en las tabernas, las fábricas, las oficinas o en la intimidad de los hogares, con una violencia invisible que destruía gradualmente la individualidad y la dignidad humana de toda la sociedad, tanto de los gobernantes como de los gobernados. Havel no creía, como Bertolt Brecht, que el teatro tenía las respuestas a lo que se debía hacer. Según él, el teatro metía al auditorio en el torbellino del problema que no podía evitar en la vida real y compartía la desgracia existencial.
En 1985 la gerontocracia en el poder de la Unión Soviética desa­pareció y llegó a la cúspide Mijail Gorbachov con la ilusión de que el anquilosado socialismo era reformable. Los soviéticos habían detenido las reformas económicas de Checoslovaquia en 1968, pero sabían que el sistema sufría de la mala planificación y que la baja productividad era insostenible. Gorbachov creía poder lograr un cambio económico sin democratización en un país donde ese sistema tenía profundas raíces. Parte de su utopía era creer que para reformar a la Unión Soviética se debían reducir los costosos compromisos internacionales con los países de Europa de Este y, aunque no retiró sus tropas de Checoslovaquia, dejó de intervenir en sus asuntos internos. Con ello, dio a entender a los mandamases que estaban en el poder desde la invasión soviética y gracias a ella que de allí en adelante debían de ver por sí mismos para intentar lo imposible: legitimar su poder.
Este poder se puso a prueba el viernes 17 de noviembre de 1989. Ese día empezó la Revolución de Terciopelo, aunque sus participantes no podían saberlo. Noviembre suele ser un mes inhóspito lleno de lluvias, frío y con oscuridad temprana. Unos quince mil estudiantes se reunieron para conmemorar la muerte de Jan Opletal, un estudiante que había sido víctima de la ocupación nazi 50 años atrás. La conme­moración fue aprobada por el Partido; sin embargo, el itinerario pos­terior fue prohibido. No obstante, después del acto conmemorativo, los estudiantes se dirigie­ron a la misma plaza donde Jan Palach se prendió fuego en 1969.
En el camino los detuvo la policía y los manifestantes respondieron cantando el himno nacional. La policía reaccionó blandiendo sus armas y repartiendo golpes sin miramientos. Aquellos que no fueron derribados avanzaban y los transeúntes que miraban la escena en las aceras se fueron incorporando al creciente torrente humano. La policía los exhortaba con el megáfono a dispersar la manifestación y los rodeó de tal manera que no pudieron escapar por las bocacalles. La muchedumbre se sentó, volvió a cantar el himno nacional, a hacer sonar las llaves y a encender velas. La policía arremetió contra la gente sentada. El pandemonio que se suscitó terminó con muchos inconscientes yaciendo en el asfalto y muchos más lastimados.
La represión de la manifestación provocó una incontenible indig­nación, sobre todo cuando se supo que un estudiante murió por los golpes recibidos. La analogía entre la muerte de Opletal por los nazis, y de Martin Smid, por los comunistas, puso a los dos regímenes en una continuidad de intolerancia, totalitarismo y violencia. En los días venideros cada nueva manifestación fue geométricamente más grande que la anterior. La demanda era el fin del régimen.
En lugar de atemorizados, los ciudadanos se envalentonaron. Ha­ciendo caso omiso del peligro que representaba para su seguridad, Havel encabezó la ira de la población y orientó la energía que la violencia había desatado hacia la búsqueda de una alternativa. El grupo que había nacido en torno a la Carta 77 se convirtió en el referente moral de la época. La que había sido la disidencia perseguida, de un día para otro se convirtió en el único grupo con dignidad y rectitud, reconocido por una sociedad autocrítica que no había tenido el mismo valor cívico para enfrentarse al régimen. Los chartistas, o firmantes de la Carta 77, junto con otros grupos formaron una aglomeración ciudadana, el Foro Cívico.
Contrariamente a lo esperado, el gobierno no reaccionó. Lo que sucedía en Praga no tenía réplica de la misma magnitud en el resto del país. Havel, a la cabeza del Foro Cívico, despachó a delegados a lo largo y ancho del país para establecer los capítulos del Foro. Para tratar de paralizar al régimen, envió a delegados acompañados de vociferantes ciudadanos a las instancias gubernamentales. El gobierno no hizo lo que Havel temía: imponer la ley marcial. Tampoco tuvo lugar violencia callejera entre los ciudadanos y la policía.
Para entonces, el régimen comunista había colapsado en Polonia, Hungría y tambaleaba en Alemania Oriental. El gobierno checoslovaco perdió la compostura. Primero quiso hacer enroques de personas y el 25 de noviembre el secretariado del Partido Comunista anunció su abdicación. El ambiente en Checoslovaquia era de euforia y creciente confianza. Havel y sus seguidores abrieron botellas de champaña para festejar el nacimiento de una Checoslovaquia libre.
El 10 de diciembre de 1989 el Foro Cívico nombró a Havel presidente de la República. En vista de que el Parlamento no era una instancia confiable, Havel llegó a la presidencia al ser aclamado y no elegido. Alexander Dubcek, el símbolo de la derrotada Primavera de Praga, fue nombrado presidente del Parlamento en un momento en el que ya casi nadie quería retomar las demandas de 1968. Mientras tanto, arriba, en lo alto de la colina donde gobernaron primero los reyes y luego los presidentes, Havel y su corte se familiarizaban con los usos y costumbres de la vida en el castillo; y abajo, en las faldas donde nacía la ciudad de las cien torres, la gente bailaba esperanzada de vivir con la cabeza alzada y la espina dorsal enderezada, con la iniciativa ciudadana renacida y dispuesta a construir un mundo diferente sin saber exactamente cuál, cómo y hacia dónde.