OSWALDO HERNÁNDEZ


ROSALBA.





1

¿Te acuerdas, Rosalba, cómo tronaban los rojos y azules cohetones del 16?
Entonces fue que bailaba y bailaba la plaza tras la elotera de milagros.
No comíamos juntos porque eras otra,
lejana,
baldía silbatina para los ojos de tu rechulo,
de tu querido Arturo.
Yo de celos,
de rabia de celos y de tanto verte entre los dientes
atorados los granos del aire en la espina gris del cotidiano.
Algún día nos casaremos.
Tú no lo sabías aún, porque hoy nadie cree en eso
y las morales son otras.
pero a mí me interesa poco que me escuchen
si no es desde la prensa de tu pecho donde
tras el maizal,
nos casaremos.

 

 



2

Decidimos, Rosalba, que sería mejor el mundo
que aquí no hay futuro solo
esperanza de llegarte
me hice al camino de los tuertos
con horarios fijos, con caminos pavimentados.
Todos usan sombrero,
te escribía,
castañean los azules más bonitos acá
pero no importa porque la gente no mira,
pegados los ciegos al suelo
no levantan las cejas ni para desdeñarse.
Aquí no hacen falta rostros porque da igual,
los míos,
d’indio, negado, anegado.
Me quedan tus manos apenas
para la inquietud de esta negrura,
pero tú,
poco escribes.

 





3

Recibimos quietos de abrazo, Rosalba, el año.
Hoy, desde hace ocho,
como hace cien me veo desde la luna aquella,
y tu traje blanco porque éramos antiguos,
que esperaba para cargar tus piernas
blancas y rojas porque somos indios.

Hoy, la podre que me acecha en mesas,
limpiando la boca de la sociedad mundana
que ni se entera del vidrio que cae de las puertas
del humo del progreso y palabras,
baba de oficina de los que ofician misas.

Me dicen que parezco a nadie.
Pero me importa más lo que tú dices,
y me traen poco tus letras.
De ti nada, que por lo que sientes
hay cambios, que ya no sabes...
de mi parte, te sigo
recuerdo nos prometimos,
acuérdate:
el mundo.

 

 



4

Tu carta ahogada, Rosalba, en blanco
no se parece a esta mía, ablandada
por el agua que evito pero
que salpica porque no sé nada sobre el juego
porque
que me digas que te cambié el mundo
que la soledad es dura
más allá que los ocios son largos
que no puede uno andarse peinando todo el día
que los espejos y los dedos no bastan
que hacen falta ojos prietos
que te andan nomás tanteando
subiendo y bajando lomas
que me dan por muerto y pagarían
pero sobre todo que firmes, por madre,
prometida a Arturo.


 



5

Aquí hay tantas bondades, Rosalba,
abajo,
el corazón se me pliega en sales que seco.
El aire de tu nuca,
unas piernas enanas que ilusas que somos
dos.
Yo no quería ya escribirte
pero ya no puedo tampoco a nadie,
con la perra rabia que tinta que guardo
que tinta que desperdicio
el alcohol a cucharadas,
cuatro por las mañanas
dientes de ajo por las tardes
triste dulzón en los espejos
–esos que sobran tendidos allá–
crezco un bigote afectando raíces
negras como el lomerío cuando abrías tu casa
y saltábamos locos.
Tu padre,
que nunca nos quiso.

 

 


6

¿Te acuerdas, Rosalba?
cuando tejías mi muerte,
mi mortaja nomás
para ahuyentarte los galanes
y recordarnos retoños lloricones.
El sol se escondía
y no sale, y resiste.

Pero da igual, yo ya no me acuerdo
porque acá las horas también son largas
y los “bebe” y los “toma”
y todas esas hembras que canturrean de amores,
por dineros,
que nunca pasan nada,
ni pasó porque tú no te llamas Rosalba,
ni luna, ni mundo,
y yo,
yo nunca me canso de hablarte.



Oswaldo Hernández, "Rosalba", Fractal n° 50, julio-septiembre, 2008, año XIII, volumen XII