Robert Darton

El lector como misterio


Segunda parte

Para la minoría de las personas educadas que podían darse el lujo de adquirir libros, la lectura era una experiencia privada. Pero en lugar de comprar libros, la mayoría de los miembros de la élite se afiliaban a clubes de lectura, cabinets littéraires o Lesegesellschaften, en los que podían leer casi todo lo que querían, en una atmósfera social apropiada y a cambio de una módica cuota mensual. François Parent-Lardeur ha investigado el fenómeno de la proliferación de estos clubes de lectura en París durante la Restauración, pero en realidad se remontan al siglo XVIII. Para convertir prácticamente a cualquier librería en un club de lectores sólo se necesitaba una buena iluminación, algunos sillones mullidos, unos cuantos cuadros para decorar los muros y suscripciones a media docena de periódicos. P.J. Bernard, un pequeño librero de la localidad de Lunéville, anunciaba sus servicios en la prensa en los siguientes términos:

 

 

"Una casa amplia, cómoda, bien iluminada y con buena calefacción, que abrirá todos los días de las nueve de la mañana al mediodía, y de la una de la tarde hasta las 10 de la noche, pondrá a disposición de sus afiliados 2 000 volúmenes, y sus libros en existencia aumentarán a razón de 400 títulos al año... Una habitación de la planta baja y otra en el segundo piso estarán reservadas para conversar; el resto de las habitaciones quedarán a disposición de los lectores de periódicos y de libros". Hacia noviembre de 1779, los clubes de lectura tenían 200 miembros, en su mayoría oficiales de la gendarmerie local. Por la módica cantidad de tres libras al año, los miembros tenían a su disposición 5 000 libros, 13 publicaciones periódicas y acogedoras habitaciones para cultivar la vida social.

En opinión de Otto Dann, los clubes alemanes de lectura pusieron los cimientos sociales para que reverdeciera durante el siglo XVII una variedad distinta de lo que la burguesía consideraba cultura. Estos clubes brotaron a una velocidad asombrosa, particularmente en las ciudades del norte. Martin Welke estima como probable que uno de cada 500 adultos alemanes perteneciera a un Lesegesellschaft hacia el año de 1800. Marlies Prüsener identificó con claridad a más de 400 miembros de los clubes de lectores y pudo formarse una idea aproximada de sus temas de lectura. Los afiliados disponían de un surtido básico de publicaciones periódicas, complementado por una colección heterogénea de libros, habitualmente sobre temas de historia y política ponderados con imparcialidad. Se me antoja que estos clubes de lectura pueden haber sido una versión más formal del café, una institución clave de la lectura que se difundió por toda Alemania desde fines del siglo XVII. Hacia 1760, Viena tenía por lo menos 60 cafés. A los parroquianos se les ofrecían periódicos, revistas e infinitas ocasiones propicias para discutir de política, como sucedió durante más de un siglo en los cafés de Londres y de Amsterdam.

Se diría que conocemos una gran cantidad de pormenores sobre los fundamentos institucionales de la lectura. Disponemos de algunas respuestas para las preguntas "quién", "qué", "dónde" y "cuándo". Pero aún nos eluden las respuestas a los "porqués" y los "cómos". No hemos trazado una estrategia para comprender mejor los procesos internos por medio de los cuales los lectores atribuían significados a las palabras. Ni siquiera entendemos bien a bien nuestros propios modos de leer, muy a pesar de los empeños de psicólogos y de neurólogos para investigar los movimientos del ojo humano y para trazar un mapa de los hemisferios del cerebro. ¿Difiere el proceso cognoscitivo de los chinos, que leen una escritura ideográfica, del de los hombres occidentales, que descifran líneas? ¿Es idéntico en los israelíes, que leen palabras sin vocales de derecha a izquierda, que en los ciegos, que transmiten estímulos mediante las yemas de los dedos? ¿Es similar en los naturales del Sudeste Asiático, cuyas lenguas carecen de tiempos del verbo y ordenan la realidad en una dimensión espacial, que en los indios del continente americano, cuyas lenguas han sido convertidas a una forma de escritura sólo muy recientemente y por académicos ajenos a esas comunidades? ¿Es lo mismo para el hombre religioso, que se siente en presencia de la Palabra, que para el especialista en diseñar etiquetas de consumo para un supermercado?

Las diferencias se antojan infinitas, puesto que la lectura no es solamente una destreza, sino un modo de atribuir significados, lo que seguramente varía de cultura a cultura. Sería disparatado alimentar la esperanza de dar con una fórmula capaz de explicar todas estas variantes. Pero debiera ser posible elaborar una manera de estudiar los cambios en la lectura, al menos en el ámbito de nuestra propia cultura. Me gustaría proponer a continuación cinco aproximaciones a este problema.

En primer término, creo posible averiguar un poco más sobre los paradigmas de perfección y las presunciones del pasado acerca de las claves del acto de leer. Podríamos estudiar las representaciones de la lectura en la literatura contemporánea en autobigrafías, textos polémicos, cartas, pinturas y todo género de impresos con el propósito de descubrir algunas nociones básicas sobre lo que la gente común y corriente creía que sucedía al leer un libro. Recordemos por ejemplo la gran controversia sobre el delirio por la lectura en la Alemania de fines del siglo XVIII. Las opiniones que lamentaron el Lesewut no se limitaron simplemente a desaprobar su influencia sobre la moral íntima y la política. Temían que la lectura fuese perjudicial también para la salud pública. En un opúsculo editado en 1795, J.G. Heinzmann enlistó los padecimientos físicos que acarrea una lectura inmoderada: "susceptibilidad a pescar resfríos, dolores de cabeza, debilitamiento de los ojos, salpullido, gota, artritis, hemorroides, asma, apoplejía, dolencias pulmonares, indigestión, estreñimiento, trastornos nerviosos, migrañas, hipocondría y melancolía". Con un enfoque más positivo en el debate, Johann Adam Bergk aceptó las premisas de sus adversarios pero difirió de sus conclusiones. Admitió como un principio de verdad que no es aconsejable leer después de comer ni de pie. Pero si el cuerpo llega a encontrar una postura correcta, la lectura podría convertirse en una fuerza del bien. El "arte de la lectura" comportaba lavarse la cara con agua helada, dar paseos al aire libre y practicar complejos ejercicios de concentración y de meditación.

Nadie puso jamás en duda el desgaste físico que comporta la lectura, por la sencilla razón de que nadie trazó una clara distinción entre el universo moral y el estrictamente corporal de la lectura. Durante los siglos XVIII y XIX, los lectores procuraron "digerir" libros, embeberse en su lectura con todo su ser en cuerpo y alma. Un puñado de radicales entendió al pie de la letra la invitación a "digerir" libros; fue el caso de una mujer de Hampshire, Inglaterra, que "devoró el Nuevo Testamento, día tras día, página tras página, emparedado entre dos rebanadas de pan con mantequilla, como remedio para sanar". Con más frecuencia, la noción de devorar libros adquirió la forma de un ejercicio espiritual, de cuya preocupación por los apetitos físicos de la lectura aún quedan indicios en ejemplares que sobrevivieron. Los tomos de la biblioteca de Samuel Johnson, en la actualidad propiedad de la señora Donald F. Hyde, están retorcidos y mordisqueados, como si el devorador hubiese forcejeado con tapas y folios para saciar su gula.

Durante los siglos XVI y XVII predominó la concepción de la lectura como ejercicio espiritual. ¿Pero cómo se ejerció ese tipo de lectura? Un historiador podría buscar algún norte en los libros de ritos sacramentales de los jesuitas y en los tratados de hermenéutica de los protestantes. Las lecturas en familia de la Biblia se llevaban a cabo por igual en ambos lados de la gran línea divisoria religiosa. Y como pone de manifiesto el ejemplo de Restif de la Bretonne, la gente solía acercarse a la Biblia con admiración temerosa, incluidos algunos campesinos católicos. Naturalmente, Bocaccio, Castiglione, Cervantes, Erasmo o Rabelais supieron crear otros usos para la capacidad de la lectura de la élite. Pero para la mayoría de la gente, la lectura siguió siendo un quehacer sagrado. Leer era estar en presencia de la Palabra y era por añadidura una revelación de misterios sagrados. Parece razonable afirmar, al menos como hipótesis de trabajo, que mientras más retrocedemos en el tiempo más nos alejamos del tipo de lectura instrumental de nuestros días. No sólo quiero decir que al volver lo ojos al pasado los libros que enseñan "cómo hacerlo usted mismo" se vuelven cada vez más escasos y que abundan los libros religiosos, sino que el propio acto de leer es diferente. En la época de Lutero y de Loyola, la lectura era el pórtico de entrada a la verdad absoluta.

En un ámbito más terrenal, acaso sería plausible indagar las presunciones que subyacen a la lectura con sólo examinar los avisos de ocasión y los folletos publicitarios de la venta de libros. Enseguida reproduzco algunas observaciones representativas entresacadas de un opúsculo del siglo XVIII, elegido al azar entre la riquísima colección que conserva la biblioteca de Newberry: un comerciante en libros pone a la venta una edición en cuarto de los Commentaires sur la coutume d'Angoumois, una obra espléndida, insiste el propietario, tanto por su calidad tipográfica como por su contenido: "Para la impresión del texto del Coutume se usaron tipos gros-romain; para los sumarios que preceden a los comentarios se prefirieron tipos cícero, y para los comentarios se eligieron tipos Saint-Agustin. El conjunto de la obra está editada sobre un muy hermoso papel fabricado en Angoulême". A ningún editor de nuestros días se le ocurriría siquiera mencionar la calidad del papel o la tipografía al anunciar un libro de derecho. Como se colige de los avisos del siglo XVIII, los editores daban por sentado que sus clientes tomaban muy en cuenta la calidad en la confección y los acabados de los libros. Compradores y vendedores compartían por igual una conciencia tipográfica que se halla a punto de extinguirse en nuestra época.

Los dictámenes de los censores pueden ocasionalmente ser muy reveladores, al menos en el caso de los libros editados en los orígenes de la Francia moderna; el censor francés no era muy competente, pero se beneficiaba de la notable tradición del oficio. Un libro común y corriente de viajes, Nouveau voyage aux isles de l’Amérique (París, 1722), de J.B. Labat, contiene cuatro "aprobaciones" reproducidas íntegramente junto al privilège. Un censor explica que el manuscrito despertó su curiosidad: "Es difícil iniciar la lectura sin sentir esa leve pero ávida curiosidad que nos incita a seguir adelante". Otro de los censores recomienda la obra "por su estilo llano y conciso" y también porque se trata de una lectura provechosa: "En mi opinión, nada resultará tan útil a los viajeros, a los habitantes de los lugares descritos, a los comerciantes, y a los estudiosos de la historia natural". A un tercer censor le pareció, a secas, una buena lectura: "hallé un gran placer en la lectura. Contiene un sinnúmero de curiosidades". Los censores no cazaban como sabuesos a heréticos y revolucionarios, como solemos suponer al volver la mirada hacia otras eras del pasado como la Inquisición y la Ilustración. Los censores otorgaban el sello real de aprobación a una obra, y al hacerlo daban también algunas claves de lectura. Sus valoraciones constituían un criterio oficial de autoridad que era a su vez referencia obligada para otras lecturas comunes y corrientes.

¿Y cómo leía un lector común y corriente? Mi segunda sugerencia para acometer el problema de la lectura atañe al estudio de los modos en que se aprende a leer. Al estudiar la alfabetización en Inglaterra del siglo XVII, Margaret Spufford llegó a la conclusión de que las tareas del aprendizaje transcurrían en gran medida fuera del salón de clase, en tabernas y en campos de labor, donde los labradores o bien aprendían a leer de modo autodidacto o bien se enseñaban entre sí. En el ámbito de la escuela, los niños de Inglaterra aprendían primero a leer y luego a escribir, en vez de adquirir ambas destrezas de manera simultánea, como sucede en nuestros días. Con mucha frecuencia, los niños se incorporaban a la fuerza de trabajo antes de cumplir los siete años, es decir, cuando estaba por iniciarse su instrucción en la escritura. De tal manera que las buenas estadísticas basadas en la destreza para escribir podían ser muy inferiores, mientras que los cálculos sobre el público lector en realidad podrían haber incluido a bastante gente que ni siquiera sabía escribir su nombre. Esta disparidad entre los procesos de aprender a leer y a escribir es incluso mucho más pronunciada en países como Suecia, donde los archivos tienen información lo suficientemente rica como para elaborar estadísticas confiables. Hacia 1770, según Egil Johansson, la sociedad sueca estaba casi por completo alfabetizada. Los registros de la Iglesia confirman que entre el 80 y el 95% de la población sabía leer, y aun contestar satisfactoriamente a preguntas sobre el significado de algún pasaje de una obra religiosa. Con todo, únicamente el 20% sabía escribir y sólo una porción minoritaria había pisado alguna vez la escuela. En Suecia, notése, se había realizado una vasta campaña de alfabetización casa por casa, sin la colaboración de profesores profesionales, en atención a una ley expedida por la Iglesia en 1686, que mandaba que todos los habitantes sin excepción, y particularmente niños, labradores de campo y sirvientes domésticos, deberán "aprender a ver y a leer con sus propios ojos (verbigracia: ser capaces de comprender) los designios de Dios y los mandamientos que dicta en su Sagrada Palabra".

Por supuesto, para la gente de aquellos días "leer" tenía un significado completamente diferente del que puede tener en nuestros días y, a su vez, la noción de lectura en el norte protestante difería de la que terminó por arraigar en el sur católico. En los orígenes de la Francia moderna, los niños debían aprender de manera consecutiva sus "tres erres": primero a leer, enseguida a escribir y al final su aritmética. Sus silabarios –típicos ABC como el Croix de Jesus y el Croix de par dieu– solían empezar, como las cartillas modernas, por el alfabeto. Pero cada letra del abecedario tenía un sonido diferente. El párvulo pronunciaba una vocal llana antes de cada consonante, de modo que la p sonaba como eh-p, en lugar de , que se pronuncia en la actualidad. Al decir en voz alta una palabra, la fonética de las letras no embonaba de modo consecutivo para formar combinaciones distinguibles por el oído, como sucede habitualmente con las sílabas de una palabra. De modo que al pronunciar p-a-t-, en Páter Nóster, sonaba como ehp-ah-eht. Pero los intríngulis fonéticos importaban en realidad bien poco, porque las letras querían ser meros estímulos visuales para despertar la evocación de un texto previamente memorizado –por cierto, un texto siempre en latín. Todo el sistema de educación descansaba sobre el supuesto de que al aprender a leer, los niños franceses jamás deberían empezar por un texto francés. Los párvulos pasaban directamente del alfabeto al aprendizaje en sílabas breves y enseguida a oraciones como el Páter Nóster y el Ave María, el Credo y el Benedicite. Concluido el aprendizaje de estas plegarias de todos los días, los niños se internaban a continuación en los responsos litúrgicos recopilados en los populibros. Al concluir este ciclo, muchos niños abandonaban la escuela. Habían adquirido suficiente destreza con la palabra impresa como para cumplir aceptablemente con las tareas que la Iglesia les encomendaba –es decir, colaborar con los ritos eclesiásticos. Pero a esas alturas, los niños franceses no habían leído un solo texto en una lengua que realmente les fuese dable comprender.

Algunos niños –ignoro cuántos, quizá una minoría en el siglo XVII y acaso una mayoría en el siglo XVIII– permanecían en la escuela durante un lapso suficiente como para aprender a leer en francés. Pero incluso en ese caso, leer era a menudo maña para reconocer un texto previamente memorizado, más que un aprendizaje que añadía nuevos conocimientos a la formación de los escolares. Prácticamente todas las escuelas estaban bajo la dirección de la Iglesia, y casi todos los libros de texto eran obras pías, como el Ecole paroissiale, de Jacques Batencour. A principios del siglo XVIII, los Frères des Écoles Chrétiennes dieron el mismo libro de texto a diversos discípulos y les enseñaron en grupo –el primer paso rumbo a la uniformidad de la enseñanza, que habría de convertirse en la norma universalmente aceptada al cabo de un siglo. Al mismo tiempo, un puñado de tutores empezaron a enseñar a leer a los hijos de los aristócratas directamente en francés. Estos tutores elaboraron técnicas fonéticas y se auxiliaron para enseñar de medios audiovisuales, como el proyector de imágenes creado por el abate Berthaud y el bureau tipographic de Louis Dumas. Hacia 1789, el ejemplo se había propagado inicialmente a algunas escuelas progresistas. Pero para la gran mayoría de los niños, saber leer quería decir recitar de corrido, de pie ante el profesor, un pasaje de algún texto que hubiese caído en sus manos, mientras en los pupitres del fondo un puñado de niños se disputaban encarnizadamente una colección de folletos multicolores. Algunos de estos "libros escolares" reaparecían por la noche durante la veillé, porque se trataba de ediciones populares que figuraban entre los libros más vendidos de la bibliothèque bleue. De modo que la lectura al calor de la chimenea tenía muchas afinidades con la lectura del salón de clase: ambas consistían en la recitación de un texto previamente conocido. En lugar de constituirse en una revelación sobre perspectivas ilimitadas e ideas novedosas, probablemente la lectura se circunscribía a un ámbito restringido, precisamente el círculo selecto en el que la Iglesia postridentina deseaba mantener la lectura. "Probablemente" es el adverbio que rige esta proposición. Sólo podemos tejer conjeturas sobre la naturaleza de la pedagogía en sus orígenes modernos, mediante la lectura de los pocos silabarios y los de todavía más raros libros de memorias de la época que aún se conservan. Seguimos sin saber a ciencia cierta qué sucedía dentro del salón de clase. Pero sea como fuere, los labradores del campo, libroescuchas, podrían haber construido tanto su catecismo como sus narraciones de aventuras de modos cuya comprensión nos excede por completo.

Si la experiencia de lectura de la gran masa de lectores rebasa al investigador, los historiadores deberían ser capaces de capturar al menos indicios de lo que leer significaba para ese puñado de personas que dejaron por escrito sus experiencias como lectores. Una tercera aproximación a la historia de la lectura consistiría en repasar las autobiografías célebres –las de San Agustín, Santa Teresa de Ávila, Montaigne, Rousseau y Stendhal, por ejemplo– para continuar enseguida con el examen de fuentes menos conocidas. J. M. Goulemont se apoyó en la autobiografía de Jamery-Duval para mostrar cómo un campesino que sabía leer y escribir podía ascender fulgurantemente desde la tropa hasta la oficialidad del ejército durante el Antiguo Régimen, y Daniel Roche descubrió a un vidriero del siglo XVIII Jacques-Louis Ménétra, que se abrió camino con la lectura durante el itinerario de una clásica vuelta a Francia. Aunque no llevaba muchos libros en su equipaje, Ménétra intercambió continuamente correspondencia con otros compañeros de ruta y con algunas de sus enamoradas. Dilapidó incontables pliegos sueltos en ejecuciones públicas, e incluso compuso versos burlescos para las ceremonias y farsas que puso en escena con otros trabajadores. Ménétra contó la historia de su vida según los cánones narrativos y el mejor estilo de la picaresca; combinó por igual la tradición oral (cuentos populares y versiones estilizadas de las discusiones bizantinas entre estudiantes) con géneros de la literatura popular (las novelas cortas de la bibliothèque bleue. A diferencia de otros autores plebeyos –Restif, Mercier, Rousseau, Diderot y Marmontel– jamás ganó presencia en la República de las Letras. Ménétra mostró con creces que las cartas ocupaban por derecho propio un lugar prominente en la cultura del lector común y corriente.

El sitio del género epistolar podría haber sido marginal, pero los márgenes proporcionan por sí solos pistas sobre las experiencias de lectura entre lectores comunes y corrientes. En el siglo XVI, los comentarios al margen de un escrito solían editarse en forma de glosas, que introducían y guiaban al lector en su recorrido por los textos humanistas. En el siglo XVIII, la glosa cedió su sitio como género a la nota de pie de página. ¿Cómo se orientaba al lector en ese ir y venir entre el texto y el paratexto al pie de la página? Gibbon creó una distancia irónica mediante un despliegue magistral de notas a pie de página. Un examen cuidadoso de ejemplares anotados del siglo XVIII de Decadencia y ruina del Imperio Romano podría revelar la manera en que percibían esa distancia sus contemporáneos. Por ejemplo, John Adams llenó totalmente sus libros de garabatos. Observando sus reacciones a través de su abigarrado ejemplar del Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, de Rousseau, el historiador puede percatarse de lo que pensaba de la filosofía radical de la Ilustración de un revolucionario retirado en el clima apacible y sedante de Quincy, Massachusetts. A continuación, un pasaje de Rousseau en la versión de la primera edición en inglés:

 

En este estado (el estado de la naturaleza) no había ninguna clase de relación moral entre los hombres; no podían ser ni buenos ni malos, ni tener vicios ni virtudes. Lo más apropiado, por tanto, sería reservarse cualquier veredicto sobre su situación... al menos hasta que hayamos examinado si entre los hombres civilizados predominan las virtudes o los vicios.

Y enseguida los comentarios de Adams al margen:

 

Maravilla tras maravilla. Paradoja tras paradoja. ¡Qué perspicacia tan sorprendente la del señor Rousseau! A pesar de todo, esta grandilocuencia con pretensiones de originalidad ha despertado en los hombres un rechazo hacia la superstición y la tiranía.

En los apuntes marginales de Prosper Marchand, bibliófilo de Leyden en el siglo XVIII, Christiane Berkvens-Stevelinck halló un excelente mirador para contemplar la República de las Letras y trazar su mapa. Otros académicos han ensayado una cartografía de las grandes corrientes de la historia literaria con el método de releer los grandes libros con los ojos que los leyeron los grandes escritores, sirviéndose de los comentarios al margen en ejemplares de colección, como por ejemplo el ejemplar de Diderot de la Enciclopédie o el ejemplar de Melville de los ensayos de Emerson. Pero la pesquisa no tendría por qué limitarse a los grandes libros ni exclusivamente a los libros. Peter Burke examina actualmente el graffiti de la Italia del Renacimiento. Cuando alguien garrapatea una inscripción anónima en la puerta de un enemigo, el graffiti actúa como un insulto ritual, que delinea los contornos del conflicto social que dividen a las comunidades de las castas. Cuando alguien fija ofensas semejantes en la célebre estatua de Pasquino en Roma, estos garabatos públicos modulan el tono de una rica e intensa cultura de la calle. Una historia de la lectura tendría acaso que ser capaz de adelantar a pasos agigantados de la Pasquinada y la Comedia dell’Arte a Molière y de Molière a Rousseau, y de Rousseau a Robespierre.

Mi cuarta sugerencia compete a las teorías literarias. Admito de antemano que podría parecer intimidatoria, particularmente para el villamelón. Esta recomendación viene envuelta en etiquetas grandilocuentes: estructuralismo, deconstrucción, hermenéutica, semiótica, fenomenología, y pasa tan rápidamente como viene porque las escuelas de pensamiento se suceden a un ritmo de vértigo que deja perplejo al historiador. Sin embargo, estas tendencias comparten por igual una inquietud que podría facilitar la de colaboración entre críticos literarios e historiadores del libro: el interés unánime en la experiencia de la lectura. Sea que terminen por desenterrar estructuras profundas o por demoler sistemas completos de signos, de un tiempo a esta parte los críticos tratan a la literatura como un cuerpo establecido de textos. Suelen hacer hincapié en que el significado de una obra literaria no está fijo en sus páginas: es una atribución de los lectores. De modo que la respuesta del lector a la obra ha terminado por convertirse en el tema clave alrededor del cual teje sus conjeturas el análisis literario.

La respuesta del lector a la obra ha producido en Alemania un renacimiento de la historia literaria como Rezeptionsästetik, bajo la dirección de Hans Robert Jauss y de Wolfang Iser. En Francia, esta escuela crítica ha tomado un sesgo filosófico en las obras de Roland Barthes, Paul Ricoeur, Tzvetan Todorov, Georges Poulet. En Estados Unidos se halla todavía en ciernes: Wayne Booth, Paul de Man, Jonathan Culler, Geoffrey Hartman, J. Hiláis Miller y Stanley Fish han añadido sus ingredientes para una teoría general, pero sus debates no han llegado a ningún consenso. Sin embargo, el conjunto de esta reflexión crítica anuncia una nueva textología, y todos los críticos comparten un estilo de trabajo al interpretar textos literarios.

Medítese, por ejemplo, en el análisis literario de Walter Ong sobre las primera líneas de Adiós a las armas:

 

Pasamos el fin de verano de aquel año en la casa de un pueblo con una vista que cruzaba sobre el río y el llano y se perdía en las montañas. En el fondo del río había cristales de roca y pedrejones, resecos y blanqueados por el sol, y el agua transparente del río se deslizaba con fuerza y se tornaba azul en los lechos.

Ong se pregunta ¿cuál año?, ¿cuál río? Hemingway omite las referencias precisas. Al usar de modo más bien heterodoxo el artículo definido –"el río", en un lugar de "un río"– y soltar algunos cuantos adjetivos para fintar al lector, Hemingway daría a entender que la descripción puede prescindir de los pormenores. Una simple alusión parece más que suficiente, porque es como si el narrador tuviese la certeza de que el lector estuvo allí antes. De hecho se dirige al lector en el tono de charla que reservamos para el confidente o el compañero de aventuras: basta mencionar incidentalmente un detalle para despertar la evocación del sol que caía a plomo, del sabor acre del vino, del hedor de los cadáveres en Italia durante la primera Guerra Mundial. Si el lector pone algún pero –y un crítico anticipa muchas objeciones del tipo de "soy una abuela de 60 años y no sé nada sobre los ríos de Italia"–, sencillamente no podrá "aprehender el libro". Pero si acepta el papel que le asigna esa retórica literaria, su ser exaltado a la ficción podría acrecentarse hasta alcanzar las dimensiones del protagonista de Hemingway, y podría también internarse en la lectura como el compañero de aventuras del personaje en armas.

La retórica literaria del siglo XIX procedía justamente a la inversa. Presuponía que el lector no tenía la menor idea sobre la historia que se le iba a contar y era por tanto necesario orien-tarlo con pasajes ricos en descripciones o con reflexiones introductorias. Enseguida, y a manera de ejemplo, el principio de Orgullo y prejuicio:

 

Es una verdad universalmente aceptada que un hombre soltero y acomodado debe necesitar una mujer. Así que en cuanto aparece por cualquier parte un hombre con estas características, por virtud de esa verdad tan profundamente arraigada las buenas familias lo consideran enseguida como legítima propiedad de alguna de sus hijas, y a nadie le preocupa siquiera averiguar los planes y opiniones del caballero sobre el particular.

–Mi querido Bennett –le decía cierto día su esposa a su propio marido–, ¿te enteraste de que por fin se alquiló la residencia de Netherfield Park?

Este estilo de narración va de lo general a lo particular, como en una toma de zoom en que la cámara, emplazada originalmente en un ángulo de visión muy amplio, se acerca rápidamente para una toma en close-up. Coloca el artículo indefinido primero y acto seguido aproxima al lector paulatinamente. Pero lo mantiene siempre a distancia, porque el autor da por sentado que el lector llegará a la historia como un extraño que suele leer por amor a la instrucción o al entrenamiento o a cualquier otro elevado propósito moral. Como en el caso de la novela de Hemingway, el lector debe actuar su papel para que la retórica literaria obre su artificio; pero este papel es por completo diferente.

Los escritores se las han ingeniado de mil y una maneras para despertar el interés de los lectores en la historia que se preparan a contar. Una vasta distancia separa al "Call me Ishmael" de Melville de la plegaria en la que Milton implora al cielo que ilumine su prédica "and justify the ways of God to men" ("y el camino de Dios muestre a los hombres"). (Pero cada estilo narrativo presupone a un lector, y cada lectura se inicia con un protocolo inscrito dentro del texto. Sólo que el texto podría cincelarse a sí mismo hasta cobrar una forma originalmente insospechada, o el absorto lector podría derivar en sentido contrario a las intenciones del autor o atribuirle significados impredecibles a palabras familiares: de estas fuentes provienen las infinitas posibilidades de interpretación de la escuela crítica de la deconstrucción, así como las lecturas que han transfigurado con su originalidad la historia cultural: la lectura de Rousseau de Le Misanthrope o la lectura de Kierkegaard del Génesis 22, por citar un par de ejemplos. Al fin y al cabo e independientemente de lo que piense cada quien sobre el tema, la lectura ha resurgido como el acto decisivo de la literatura.

Si es cierto que lo esencial es leer, acaso ha llegado el momento de establecer una conexión entre teoría literaria e historia de los libros. La teoría literaria podría revelar la gama de potenciales respuestas a un texto –es decir, a los artificios retóricos que dan dirección a la lectura sin predeterminarla. A su vez, la historia puede enseñarnos qué clase de lecturas se hicieron en realidad de ciertos libros– es decir, dentro de los límites de un cuerpo imperfecto de evidencias. Al atender a lo que dice el historiador, el crítico literario evitaría los riesgos del anacronismo, pues a menudo lo dejan a uno con la sensación de que deveras creen que los lectores ingleses del siglo XVII leían a Milton y a Bunyan con la actitud de un profesor universitario del siglo XX. Y al tomar en cuenta la retórica literaria, los historiadores podrían encontrar indicios sobre el comportamiento de los lectores que de otro modo resultan desconcertantes, como la pasión que despertaron ciertas novelas, de Clarissa a La nueva Eloísa, y de Werther a René. En suma, simpatizaría con una estrategia dual que combinara por igual el análisis textual con la investigación empírica. De esta manera debiera ser posible cotejar a los lectores implícitos de los textos con los genuinos lectores del pasado y, atando cabos a partir de exámenes de orden comparativo, elaborar tanto una historia como una teoría de la respuesta del lector a la obra.

Una historia de esas características ganaría en solidez si se incorpora un quinto método de análisis, sustentado en el estudio de la bibliografía analítica. Al examinar los libros como objetos físicos, los bibliógrafos han demostrado que la confección tipográfica de un texto solía inducir en gran medida el modo como era leído. Los ejemplos más sorprendentes de ese enlace entre tipografía y significado provienen de poemas barrocos como el que transcribo a continuación, de Gottfried Kleiner:

Frutos.
Colmado de
a la eternidad
De aquí
Hasta que deba ir ,
Oh, concédeme florecer
Oh, haz que reverdezca,
Surtidor que purifica.
Tu sangre generosa,
Que persevera en tu amor.
y planta en mí la semilla,
de mi corazón como morada,
Tú, tesoro del alma, dispón
¡Oh, llévame de mí y entrégame a ti!
Sólo tú, mi JESÚS, ¡mi ornamento!
No consientas a nadie más venir al mundo,
Mi todo, en la tierra como en el cielo
Mi cordero elegido de DIOS
Mi prometido celestial, el más hermoso,
Aureola de mi alma,
Mi fortuna,
Mi puerto,
Mi refugio,
Mi alimento,
Mi salvación,
Mi sendero,
Mi rama,
Mi reino,
Mi árbol

Por su confección tipográfica en forma de árbol, el poeta invita al lector a invertir su modo habitual de acercarse a un texto y a leer de abajo hacia arriba, como si ascendiera al cielo. En el corazón del follaje del árbol, el lector encuentra la palabra "Jesús". A estas alturas el lector está de tal modo absorto en la retórica que la voz del poeta sustituye a su propia voz y le permite identificarse con su éxtasis. La lectura lo ha elevado a un estado de gracia en que se imagina invadido por el amor de Cristo. Crece dentro de su ser como una semilla. Hace que su vida florezca y rinda frutos en obras generosas, y al final lo guía para ascender al paraíso. Las metáforas de elevación, crecimiento y fecundidad sexual se nutren mutuamente y a su vez se alimentan por obra del efecto combinado de la métrica, que sube hasta alcanzar un crescendo en "Jesús" en la línea 15, y de la gramática, que eleva al lector como en vilo mediante una serie de cláusulas que culminan con el final de la oración en la misma línea crucial, donde el lector queda expuesto a la Palabra, y se salva.

Es realmente excepcional que la imprenta logre dar forma a un poema de modo tan acabado, pero cada texto tiene atributos que orientan la respuesta del lector a la obra. La confección tipográfica puede ser decisiva para el significado de un libro. En un estudio admirable sobre Congreve, D.F. Mckensie explica cómo el teatro neoisabelino concupiscente que conocíamos por las ediciones en cuarto del siglo XVII, en su vejez experimentó un renacimiento tipográfico para resurgir como el majestuoso teatro neoclásico recogido en los tres volúmenes en octavo de las Obras de Congreve, publicadas en 1710. Entre una edición y otra apenas cambió alguna palabra, pero el novedoso diseño de los libros les dio a las obras un gusto completamente nuevo. Se añadieron divisiones de escenas, se reagrupó a los personajes, se resituaron de nuevo ciertas líneas y, recobrando liaisons des scénes, Congreve calzó sus antiguos textos en el modelo clásico importado de los escenarios franceses. Dejar el volumen en cuarto para tomar el volumen en octavo es como transitar de la Inglaterra isabelina a la Inglaterra georgiana.

Roger Chartier obtuvo conclusiones parecidas, aunque de índole sociológica, de la metamorfosis que experimentó el clásico español Historia de la vida del buscón, de Francisco de Quevedo. La novela estaba destinada a un público de gustos refinados, tanto en España donde se publicó por primera vez en 1626, como en Francia donde se reeditó en una espléndida traducción en 1633. Pero sucedió que las editoriales Oudot y Garnier, de Troyes, emprendieron a mediados del siglo XVII la publicación de una colección económica de libros de bolsillo, que sería luego el sustento del repertorio de literatura popular conocido durante doscientos años como la bibliothèque bleue. Los editores no vacilaron en enmendar el texto de El buscón, pero se concentraron primordialmente en el diseño de la colección, o en lo que Chartier denomina la "mise en livre". Con ese propósito desmembraron la narración en episodios sueltos, abreviaron las oraciones, subdividieron los párrafos y multiplicaron el número de capítulos. La nueva confección tipográfica comportaba un tipo diferente de lectura y un nuevo público: gente humilde sin la capacidad ni el tiempo libre como para permanecer absorta en prolijos tractos narrativos. Los episodios eran breves y autónomos. Era innecesario unirlos a subtemas o a un complejo desarrollo de personajes porque ofrecían por sí mismos material de lectura suficiente como para una veillée. En resumidas cuentas el libro dejó de ser una narración continua para convertirse en una colección de fragmentos episódicos, un modelo para armarse al antojo de cada libro-escucha. Sigue siendo un misterio cómo se produjo exactamente esta "apropiación", porque Chartier limita su análisis al libro como objeto físico. Pero Chartier enseña cómo la confección tipográfica abre inopinadamente hacia la sociología, cómo el lector imaginario del autor se convierte a la sazón en el lector imaginario del editor, descendiendo por la escala social del Antiguo Régimen hasta el submundo que sería reconocido en el siglo XIX como "le grand public".

Unos cuantos bibliógrafos temerarios e historiadores del libro han adelantado un puñado de conjeturas sobre las corrientes de largo aliento en la historia del libro. Especulan que los lectores han respondido más a la confección física de los textos que a su medio ambiente social. De modo que tal vez sería posible aprender un poco más sobre la historia remota de la lectura si se pone en práctica una suerte de arqueología textual. Puesto que no nos es dable saber con certeza cómo leían los romanos a Ovidio, al menos tenemos derecho a suponer que el verso, como la mayoría de las inscripciones romanas, no tenía puntuación ni división en párrafos ni espacios entre cada palabra. Las unidades de sonido y de significado probablemente se parecían más a los de la palabra oral que a las unidades tipográficas –los signos, palabras y líneas– de la página impresa. La propia página como unidad del libro data apenas del siglo tercero o cuarto a. de C. Antes de esa fecha, para leer un libro había que desenrollarlo. Una vez que las páginas ensambladas (el códice) reemplazaron al rollo de escritura (el volumen), a los lectores se les facilitó regresar o adelantar entre las páginas del libro, y los textos fueron separados en segmentos que a su vez fueron divididos en líneas e indexados. A pesar de todo, mucho tiempo después de que los libros adquirieron su forma moderna, la lectura siguió siendo una experiencia oral, ejercida en público. En un momento y un lugar imprecisos, quizá en algunos monasterios alrededor del siglo VII, e indudablemente en las universidades del siglo XIII, los hombres adquirieron el hábito de leer en silencio y a solas. El abandono de la lectura en voz alta y en público podría haber comportado un acomodo mental de mayor trascendencia que el advenimiento de la palabra impresa, porque en virtud de este vuelco la lectura se convirtió en una experiencia interior, individual.

Apenas es necesario decir que la imprenta trajo muchas innovaciones, pero fue con seguridad un invento menos revolucionario de lo que suele creerse. Algunos libros tenían primeras páginas, lista de contenidos, índices, paginación y editores que se servían de legiones de calígrafos para engendrar múltiples ejemplares de una obra para un público ya amplio antes de la invención de los tipos móviles. Durante su primer siglo de existencia el libro siguió siendo una imitación del libro manuscrito. Ni duda cabe que fue leído de la misma manera y por el mismo público. Pero después del año 1500, el libro impreso, el folleto, el pliego suelto, el mapa y el cartel quedaron al alcance de nuevas clases de lectores y propiciaron diferentes tipos de lectura. Cada vez más uniforme en su diseño, más económico en su precio y mejor propagado por una amplia distribución, el nuevo libro transformó al mundo. Y no únicamente porque ofreció mayor información. Ofreció, más bien, un modo de comprender, una metáfora fundamental para darle sentido a la vida. Fue así como en el siglo XVI el hombre tomó posesión de la Palabra; en el siglo XVII, empezó a descifrar el "libro de la Naturaleza", y en el siglo XVIII, aprendió a leerse a sí mismo. Con ayuda de libros, Locke y Condillac examinaron la mente como una tabula rasa, y Franklin compuso su propio epitafio:

The body of
B. Franklin, Printer,
Like the Cover of an old Book,
Its Contents torn out,
And stript of its Lettering & Gilding
Lies here, Food for Worms.
But the Work shall not be lost;
For it will, as he believ’d,
Appear once more
In a new and more elegant Edition
Corrected and Improved

By the author.El cuerpo de
B. Franklin, Impresor,
Como las tapas de un viejo Libro,
Su lista de contenidos terminó de deshojar,
Y ya en privado de formar tipos y dorar cantos
Yace aquí, festín para gusanos.
Pero la Obra no se perderá;
Porque algún día, como solía creer,
Se reeditará otra vez
En una nueva y más fina edición,
Corregida y aumentada
por el Autor.

Preferiría no extenuar más la metáfora, pues ya Franklin la ha hecho hasta el cansancio, sino volver más bien a un tema que tal vez escapó a nuestra atención. La lectura tiene una historia. No fue siempre y en todas partes idéntica. Sería factible concebir a la lectura como el proceso natural de buscar y recoger información dispersa entre los surcos lineales de una página; pero si meditamos con detenimiento, coincidiríamos en que es necesario cernir la información, reagruparla e interpretarla. Los esquemas de interpretación están insertos en determinadas configuraciones culturales, que por añadidura varían con el curso del tiempo. Como nuestros antepasados habitaron en mundos mentales diferentes de los nuestros, es plausible que hayan leído de diferente modo, y la historia de la lectura puede resultar tan compleja como la propia historia del pensamiento. Podría en efecto resultar tan compleja que las cinco recomen-daciones que contiene este ensayo podrían extraviarnos por rumbos distintos o ponernos a dar vueltas de modo infinito alrededor del problema sin que lográsemos jamás internarnos en su esencia. No hay vías rápidas ni atajos, porque la lectura no es un quehacer transparente, como una constitución o como un orden social a los que se puede seguir la huella en el curso del tiempo. La lectura es una actividad que comporta una relación peculiar –por una parte el lector, por la otra el texto. Aunque tanto lectores como textos se han modificado en concordancia con circunstancias sociales y adelantos tecnológicos, sería una pena rebajar la historia de la lectura a una mera cronología de esos cambios circunstanciales. Por el contrario, debiera trascenderlos para obligarlos a enfrentar el elemento correlativo que constituye la entraña de esta pregunta: ¿Cómo construyen textos diferentes las cambiantes comunidades de lectores?

Es una pregunta intrincada, pero muchas conclusiones dependen de su respuesta certera. Quizá sea útil recordar con cuánta frecuencia una lectura ha modificado el curso de la historia. La lectura de Lutero sobre Paulo, la de Marx sobre Hegel o la de Mao sobre Marx. Éstos son algunos de los temas de mayor relieve en un proceso a la vez más profundo y más vasto: el empeño sin fin del hombre por encontrarle un sentido a su mundo interno y al universo que lo circunda. Si nos fuese dable comprender cómo han leído otros hombres, nos acercaríamos también al entendimiento cabal de cómo le dieron sentido a su vida, y de esa manera, con memoria de la historia, podríamos incluso satisfacer al menos un gajo de nuestra propia sed de sentido.

Traducción de Arturo Acuña Borbolla

Robert Darnton, "El lector como misterio", Fractal n° 3, octubre-diciembre, 1996, año 1, volumen I, pp. 39-63.