Ricardo Pozas Horcasitas

Los sesenta: del otro lado del tiempo

 

Esta década está muy ocupada en nacer.

Bob Dylan

 

 

De la binariedad a la diversidad

La década de los sesenta, strictus sensu, ni son diez años ni empieza en 1960 ni termina en 1970: es un ámbito temporal prioritario que identifica el sentido de un conjunto de eventos acaecidos en el tiempo, que forman una unidad de acciones políticas y sociales interconectadas, que produce una tendencia y construye y da significado cultural e identidad a una época. Esta década es como todas las otras unidades históricas sobrepuestas a la sucesión uniforme y ascendente del tiempo, la formalización de un conjunto de procesos y eventos referidos a la cronología que adquieren ubicación en la memoria colectiva. Pero el acotamiento de los hechos en el tiempo, ni rigidiza ni delimita al cuadrante del reloj los contenidos de la historia. Los cambios operados en la sexta década el siglo XX expresaron el agotamiento de los instrumentos político militares con los cuales las dos superpotencias reprodujeron su hegemonía en la comunidad mundial; en el interior de sus bloques y en sus zonas de influencia, así como en cada uno de los Estados y sociedades nacionales que los componían. Esos años son el tiempo en la historia en el que emergen los cambios que se fueron gestando en la dinámica del mundo bipolar a partir de septiembre de 1949, cuando se agota el monopolio norteamericano de la bomba atómica, en el escenario internacional surgen las dos superpotencias y, con ellas, la llamada "guerra fría".

El entorno de esta época está dado por la amenaza nuclear y el exterminio total de los habitantes del planeta. Por primera vez en la historia aparece en el imaginario colectivo de la humanidad, la posibilidad no religiosa ni mítica del fin total; esta realidad impone límites precisos a las acciones político militares de las metrópolis. A partir de esta amenaza de exterminio total por alguna de las partes, la confrontación entre los dos centros hegemónicos será política y económica, y parte importante de las grandes batallas se librarán en el campo ideológico y cultural, con el objetivo estratégico de mostrar a su sociedad y a la del "otro", la justicia y supremacía de cada una de sus economías y regímenes políticos. La guerra militar se desarrollará en las periferias y fronteras de los bloques. Esta situación la ejemplifica la guerra de Corea (1950-1953) y culmina con la de Vietnam (1954-1975). El sentido de la década se sintetiza en la transformación que en el curso de ella le ocurrió al mundo: el transitar de la bipolaridad a la multipolaridad, a partir del acuerdo de la coexistencia pacífica entre las dos superpotencias, con todas las crisis políticas e innovaciones culturales y cambios sociales que produce el fin de una época, sustentada en la centralidad dominante de dos cosmovisiones hegemónicas y confrontadas. Versiones del mundo convertidas para cada una de las dos sociedades y sus individuos en el núcleo duro del universo ideológico y conceptual, que tuvo su correspondiente en la imposición de supuestos analíticos y percepciones valorativas que llegaron, en el extremo ideológico, a ser peticiones de principio con las cuales se oficializó el mundo intelectual y científico.


La bipolaridad dominante subordinó la temática intelectual prioritariamente a la dinámica ideológica entre los dos bloques político-militares, llamados a sí mismos: "socialista" y "democrático". Autorreferencia ideológica que construía al "otro" a través de su estigmatización, calificándolo como: "totalitario" e "imperialista". En ambos casos se llegó a expresiones extremas de imposición cultural: las purgas estalinistas en donde el totalitarismo marxista-leninista erigió su tribunal ideológico en la Academia de Ciencias de la URSS; y la "libertad americana" de la cacería de brujas del periodo macartista. En los dos extremos, el campo ideológico se redujo al blanco o negro, y el espectro posible de la interpretación del mundo al "comunismo" y a la "democracia" como las dos únicas y posibles formas de régimen político. El agotamiento hegemónico de ambos regímenes se expresó en la apertura de un abanico de posibilidades culturales y políticas que no pudieron ser contenidas por los Estados de las dos metrópolis ni en sus sociedades ni en el interior de sus bloques y de zonas de influencia. La emergencia en el espacio público de nuevos sujetos sociales, que remarcaban como signo de su identidad la diferenciación frente a las cosmovisiones hegemónicas rompió los mecanismos de cohesión social y los componentes de las representaciones ideológicas y culturales dominantes, que formaban el soporte de las unidades geopolíticas nacionales y daban legitimidad y credibilidad interna a los gobiernos de cada uno de los bloques. Hacia finales de los años cincuenta, surge incontenible una nueva sociedad en la que sus miembros ven y valoran al mundo por fuera de las versiones hegemónicas, produciéndose una diversidad cultural e ideológica que constituiría la riqueza de la década de los sesenta. Este periodo que marcó el siglo XX es el principio de un ciclo que políticamente culmina en 1989 con la caída del muro de Berlín y la reordenación del mundo y sus Estados nacionales.

 

Los regímenes y los saberes

El límite de las visiones cerradas y autorreferenciales a las que había llegado la interpretación teórica en cada uno de los bloques, derivó en la necesidad de abrir la reflexión intelectual en torno del sustento analítico de los regímenes comunistas y democráticos. La discusión devino en una reflexión teórica abierta a la diversidad conceptual y las concepciones del mundo. Esta necesidad analítica expresaba el agotamiento del paradigma binario (cuyos términos eran excluyentes, pero conceptualmente funcionales el uno del otro), en el que se sustentaban las visiones del mundo. Este debate no empezó por criticar los contenidos del "comunismo" y la "democracia", cuestionamientos que fácilmente derivaban en polémicas ideológicas y que eran representaciones rigurosamente vigiladas por el mundo académico de ambos lados, sino por el supuesto teórico que les daba sentido: la categoría de régimen y los alcances de sus contenidos analíticos más allá del cerco impuesto por los valores políticos dominantes.

La categoría de "régimen" es un instrumento teórico significativo para explicar los cambios operados en la modernidad. Hacia finales de la década de los cincuenta se reinicia el debate de sus contenidos clásicos en la búsqueda del enriquecimiento de sus posibilidades explicativas. Tocó a M. Duverger y G. Gurvich ser los pioneros en la reapertura de este debate y, finalmente, en 1964 Juan Linz culmina una primera recapitulación teórica, con la revisión del caso español y la propuesta de un nuevo contenido de la categoría de régimen: la de autoritario, que rompía la binariedad ideológica dominante y permitía caracterizar la diversificación en la que había entrado el mundo con la crisis de los regímenes oligárquicos y coloniales que producían un nuevo tipo de régimen que no cabía en las nominaciones de comunista y democrático. La categoría de "régimen" caracteriza el conjunto de normas y procedimientos institucionalizados que regulan las formas o canales establecidos en la lucha para acceder, ejercer y organizar el poder político del gobierno, así como los valores y prácticas sociales en las que se fundan las relaciones institucionales, vinculados a la sociedad y la naturaleza de los sistemas de creencias en las que se sustentan, condición que le da al régimen político características de mayor singularidad frente a elementos más universales del Estado y el sistema político moderno. El conjunto de estas relaciones jurídicamente normadas establece las formas y los límites dentro de los cuales se mueven las organizaciones de los ciudadanos para construir sus representaciones en el Estado. El nivel de institucionalización de un régimen está constituido por el grado de racionalidad socialmente aceptado a través de normas jurídicamente sancionadas, cuyo contenido fáctico da sentido a los usos y costumbres de los actores que forman la estructura organizativa del poder político y comparten un mismo contenido valorativo de la autoridad. Normas que fijan y regulan los criterios de selección y los mecanismos de reproducción de las coaliciones dirigentes, y a partir de los cuales se asignan los papeles y posiciones en el Estado que habrán de desempeñar los diversos individuos comprometidos en la lucha política.

Desde mediados de los sesenta, el análisis de las relaciones institucionales y sociales a partir de los aspectos más estrictamente políticos del sistema, ha producido en torno a los distintos contenidos analíticos de la categoría de "régimen" las críticas del formalismo político, que se habían movido en la construcción de las concepciones generales de totalitarismo o de democracia. Las transformaciones operadas en la categoría régimen expresaron los retos intelectuales a los que hubo de enfrentarse la crítica teórica en las disciplinas sociales, en su inacabable búsqueda por precisar el significado y el alcance del acervo teórico existente, frente a una realidad que desborda los paradigmas construidos por la bipolaridad del mundo. Pero la ruptura de las amarras dogmáticas de la crítica intelectual y científica también provocó la revolución ideológica y doctrinaria de los años sesenta, como la única salida instrumental en la que se sustentó la cosmovisión militante, frente a la crisis de la conciencia científica, cisma teórico provocado por el resquebrajamiento de las centralidades y sus certidumbres paradigmáticas.

Más allá del horizonte

Una de las grandes revoluciones científicas y tecnológicas ocurridas en el periodo comprendido entre el final de los años cincuenta y la primera parte de los setenta, fue la ampliación del horizonte geográfico vigente en la humanidad, abriendo la frontera del universo dentro de la cual se había movido el hombre hasta entonces. En el centro de esta década se encuentra la carrera espacial de las dos superpotencias y la creación de las posibilidades cognitivas, imaginarias y militares que los hallazgos en ese campo produjeron en la civilización contemporánea. El primer gran evento emergió del silencio en el que vivía el otro lado del Muro. Este ocurrió el 4 de octubre de 1957. El mundo entero recibe la noticia sobre la puesta en órbita del primer satélite artificial soviético: el Sputnik 1, de 81 kilos. Al mes siguiente, la URSS lanzará otro satélite aún mayor de 508 kilos de peso que lleva en su interior al primer ser vivo al espacio sideral: la perra Laika. Por su parte, los norteamericanos lograron colocar en órbita, 1958 al Explorer 1, el 31 de enero de, su primer satélite artificial de tan sólo 13 kilos, no obstante haber construido el enorme cohete Saturno con fines militares, diseñado por el genio alemán Werner von Braun que, aunados a los progresos de la miniaturización, colocaban a Estados Unidos en la posibilidad de desarrollar la tecnología para enfrentar la carrera espacial. El problema fundamental se encontraba en la falta de financiamiento destinado por el gobierno de Eisenhower, obsesionado por el equilibrio de la economía norteamericana y reacio a invertir en los programas espaciales más allá de lo que fuera estrictamente necesario para la defensa.

A menos de tres meses de que el presidente Kennedy tomara posesión de su cargo, 12 de abril de 1961, los soviéticos colocaron en la órbita de la tierra al primer hombre: Yuri Gagarin. Con la llegada del nuevo presidente, las prioridades de los programas espaciales cambiaron radicalmente. En el nuevo gobierno, el vicepresidente Lyndon B. Johnson fue encargado de la política espacial. Texano vinculado directamente con los negocios aeroespaciales, Johnson coloca al frente de la Dirección Espacial y Aeronáutica al exitoso empresario de publicidad James Webb.

Para mayo de 1961, el presidente Kennedy anuncia la puesta en marcha del programa Apollo con el objetivo de enviar a un hombre a la luna antes del final del decenio. El 20 de julio de 1969 el Apollo XI pondrá sobre la faz de la luna a Neil Armstrong y a Edwin Aldrin. El programa espacial Apollo significó una de las más importantes inversiones económicas de la época: a partir de 1963, el programa requirió de una inversión de cerca de 5 mil millones de dólares, programa que la crisis de 1973 interrumpió drásticamente. Para 1972, los programas espaciales soviéticos y norteamericanos habían logrado poner en órbita más de 1 200 satélites y sondas en el espacio calculándose el costo total de ambos programas en cerca de 100 mil millones de dólares. Las exigencias tecnológicas de los programas espaciales y los efectos que éstos tuvieron en el desarrollo científico e industrial fueron determinantes en casi todos los campos del saber y la actividad humana, sus aplicaciones son inconmensurables. En 1970 la invención de los microchips o circuitos integrados, inaugura una nueva era en la humanidad dando paso a la revolución informática que está detrás del desarrollo de la computación y las nuevas modalidades de comunicación transformando radicalmente la noción del tiempo y el espacio, revolución científica que marcará la historia del fin de siglo.

 

Del viejo orden colonial al nuevo orden internacional

Una consecuencia importante de la carrera espacial fue el cambio de los términos en la Guerra Fría. A partir de este momento la confrontación entre las potencias fue también en el ámbito del prestigio científico, que medía no sólo la capacidad de ofensiva y respuesta militar y de espionaje del enemigo a través de la tecnología espacial, sino también la de hacer la guerra nuclear desde afuera del ámbito terrestre. El conjunto de nuevos fenómenos políticos surgidos de la bipolaridad se expresaron en el desgajamiento del orden colonial europeo (ingleses, franceses, holandeses y portugueses) en África, Asia y Medio Oriente, así como en las crisis oligárquicas latinoamericanas que dieron origen a los populismos, las dictaduras militares y los Estados fuertes e interventores en las economías nacionales, con partidos de masas dominantes de participación restringida, sustentados en redes corporativas que agregaban sectores sociales de origen agrario o clasista y excluían la posibilidad ciudadana de la participación política. Estos Estados construyeron una matriz ideológica nacionalista, y en varios casos se movieron en política internacional con el principio de autodeterminación de los pueblos frente a la amenaza neocolonial del intervencionismo metropolitano.

Los gobiernos surgidos de las luchas de liberación lograron un margen de autonomía relativa, sobre todo frente a las antiguas metrópolis europeas y se movieron en la frontera de éstas negociando su desarrollo económico entre la URSS y Estados Unidos. Tales regímenes fueron construidos bajo el formalismo de las democracias occidentales o del socialismo, pero la falta de tradición e instituciones democráticas desembocaron en gobiernos de corte autoritario.

Esta es una década en la que las sociedades metropolitanas y algunas periféricas se encuentran en un proceso de desarrollo acelerado, con estabilidad económica y financiera. En el principio de los años cincuenta, se inicia un nuevo periodo de intenso desarrollo que alcanza incrementos anuales nunca antes conseguidos: 5.3 por ciento entre 1953 y 1963. A partir de este último año el ritmo de crecimiento llega a 6.2 por ciento hasta que se interrumpe en 1973, año en el que se ingresa a una nueva fase de desaceleración con la llamada "revolución de los precios" en la que aumenta cuatro veces el precio del petróleo, la fuente de energía primaria más barata por más de treinta años. La llamada crisis petrolera mostró el agotamiento de un sistema monetario internacional basado en las convenciones de Bretton Woods, con la consiguiente fluctuación de la moneda norteamericana, el más importante medio de pago internacional. El mundo entró entonces en una nueva época, donde los factores de incertidumbre e inestabilidad constituyen el componente principal de la economía mundial de mercado.

En la Europa de la posguerra, el plan Marshall había vuelto a poner a Alemania, Italia, Inglaterra y Francia, otra vez, en el crecimiento económico. Japón era de nuevo la economía industrial más sólida de Oriente y junto con Estados Unidos aparecían como la inconfrontable evidencia de que el capitalismo industrial era el sistema económico más capaz de producir riqueza y bienestar social. En América Latina el paradigma desarrollista, propuesta teórica elaborada por Rostow en el MIT e instrumentada técnicamente por el equipo dirigido por Raúl Prebisch en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), fue construido como paradigma teórico para la resolución de los problemas del crecimiento económico y bienestar social de la región durante la década de los cincuenta hasta 1968, año de las revueltas estudiantiles que consolidan políticamente al marxismo como el paradigma alternativo en los centros académicos, con la revolución socialista de corte totalitario como solución de los problemas del desarrollo latinoamericano teniendo como modelo a la revolución cubana.

A finales de los sesenta aparece en el campo intelectual la teoría de la dependencia, propuesta teórica que extiende el principio de las teorías del desarrollo y mantiene la centralidad de la explicación de las causas del no desarrollo latinoamericano comparado con el crecimiento económico metropolitano. El texto clásico de esta propuesta fue el de Fernando Enrique Cardoso y Enzo Faletto, Dependencia y desarrollo en América Latina, aparecido en 1969.

La sociedad occidental había dejado atrás la época de la posguerra y requería nombrarse a sí misma de manera diferente. En 1958 John Kennet Galbrith la llama: la sociedad opulenta, forma de nombrar a la nueva sociedad que Gunnar Myrdal confirma en 1962, al plantearse el problema del futuro en el libro: El reto a la sociedad opulenta, y en las postrimerías de los años sesenta, en 1969, Alain Touraine nombrará al mundo surgido del crecimiento acelerado como: la sociedad post-industrial. La concepción de la sociedad capitalista como sociedad de desarrollo inagotable de bienes y servicios quedó asentada como concepción canónica de los años sesenta.

Esta década tiene un punto de partida: el inicio del proceso de distensión entre la Unión Soviética y Estados Unidos que corre paralelo al proceso de ruptura de la cohesión de los integrantes de los bloques constituidos y el surgimiento, en el interior de los mismos, de nuevas naciones constituidas como centros de poder e influencia mundial. Uno de los más importantes desgarres que dieron origen a la multipolaridad mundial, lo protagonizaron, en el bloque socialista, la República Popular China y sus diferencias con la URSS, sobre todo en la dirección ideológica de los movimientos revolucionarios y la lucha por dirigir "la verdadera revolución" en el Tercer Mundo. En el bloque occidental, la disputa entre el general De Gaulle que propone "La Europa de las Patrias" y retira a su país de la Alianza del Tratado del Atlántico del Norte, busca la identificación de Francia como país líder en Europa, con influencia mundial y ya no más como metrópoli colonial, tal y como lo argumentó con su derrota en Vietnam y posteriormente con su salida de Argel. El 24 de julio de 1967 en la visita a Canadá, el presidente francés y general ofendido por los tres grandes en Yalta gritó: "¡Vive le Québec libre, vive le Canada français, vive la France!".

En esa década particularmente violenta, de ruptura e innovación, se construyen los significados que dan sentido a las nuevas conductas sociales y en torno a las cuales se cimienta la nueva moral pública, que hace de los individuos y grupos atrincherados en la sociedad frente al Estado, los críticos del desgaste moral del status quo, atacando el pragmatismo vigente en "la coexistencia pacífica", al considerarlo un acuerdo implícito entre las dos superpotencias que vivían la etapa de la distensión con el objetivo de confirmar sus instituciones políticas internas. En uno y otro bloque aparecen las voces disidentes de intelectuales y políticos, de jóvenes y líderes sociales: "Defiendo a la revolución como moral", diría Guevara frente a una Cuba incorporada a la estrategia pragmática del mundo en bloques, que en 1962 había vivido ya la subordinación de la isla al mandato de la geo-política soviética, en la llamada crisis de los misiles.

También se consolida la propuesta ideológica del "Tercer Mundo" surgida de la conferencia de los países afro-asiáticos en Bandung, Indonesia (abril de 1955), y que apareció como una tercera vía de identidad y auto-referencia teórica e ideológica para los países que se movían entre las fronteras de los dos bloques dominantes o que buscaban crear márgenes de relativa autonomía frente a las metrópolis de los bloques, como fue el caso de la Yugoslavia de Tito o México frente a Estados Unidos, en el bloqueo contra Cuba.

 

La vida en rojo

Uno de los procesos culturales con mayor contenido político que marcaron la década de los sesenta es la llamada Revolución Cultural China. Este fenómeno político mostró el grado de diferenciación al que se había llegado en el interior del bloque socialista, y expresa dos de las grandes concepciones en el bloque en torno a la idea de revolución: la que a partir de esta época se conoce como la línea maoísta y la de los partidos comunistas, vinculados en ese momento al Partido Comunista de la Unión Soviética, que por ese entonces pasaban por uno de los procesos más intensos de malabarismo ideológico para poder explicar a sus simpatizantes marxistas la nueva teoría comunista de la coexistencia pacífica entre los bloques frente a la perspectiva clásica del marxismo-leninismo y el papel de la vanguardia dirigente del partido en su lucha contra el imperialismo norteamericano fundada en la solidaridad proletaria internacional.

La Revolución Cultural tiene como antecedente más importante el fracaso del llamado Gran Salto Adelante y la explicación que de este proceso social dio el presidente Mao Tse-Tung. El Gran Salto Adelante anunciado por Mao en septiembre-octubre de 1957 e inaugurado con gran publicidad en la primavera del 58, planteó pasar al comunismo de un salto e incluso a la etapa en la que el Estado decaería. El actor principal de esta transformación, que llevaría al pueblo chino al comunismo en la segunda mitad de la década de los cincuenta, sería el campesinado pobre. La unidad social promotora de la ingeniería social que produciría el Gran Salto Adelante sería la Comuna Popular (moldeada históricamente de acuerdo con la Comuna de París de 1870). Estas unidades económicas autárquicas poseerían sus propios sectores industrial, agrario y de servicios, así como su propia milicia defensiva; serían una "unidad de trabajo y armamento". Entre agosto y septiembre de 1958 cerca de 700 millones de personas (90 por ciento de la población) vieron transformadas su vida política, económica y administrativa al iniciarse un proceso acelerado de concentración de individuos en Comunas Populares, que constituyeron grandes unidades poblacionales "autosuficientes", con un promedio de 8 000 familias; paralelamente se rompió la división del trabajo social especializado "enajenante" producido por la sociedad capitalista y los campesinos pobres accedieron a los cargos de dirección administrativa de las grandes unidades productivas. Los ingenieros entrenados por la Unión Soviética se vieron obligados a trabajar en la agricultura, provocando el mayor desastre de la industria siderúrgica China. Frente a esta situación Jruschov afirmó que los chinos estaban despilfarrando el equipo, el dinero y los esfuerzos aportados por la URSS, iniciándose la suspensión del apoyo brindado hasta entonces. La industria siderúrgica quedó destrozada y fue necesario reconstruirla desde sus cimientos, se procedió a reorganizar la agricultura mediante el retorno a las cooperativas y a la reducción de la magnitud de las unidades comunales a un máximo de dos mil hogares; las cosechas y el ganado en pie perdidos no fueron recuperados y hubo una hambruna de cuyas víctimas se carece de información. El Gran Salto Adelante fue detenido por Mao el 23 de julio de 1959 y el dirigente acusó de su fracaso a la situación cultural en el que se encontraba el país. China estaba gobernada por un Triunvirato: Mao era el jefe de Estado; Liu Shao-Chi estaba a cargo del partido y de la estructura organizativa de Pekín y Lin Piao era jefe del ejército. El desastre del Gran Salto hacia Adelante agotó el capital político que Mao había obtenido durante la guerra revolucionaria. Mao nunca ejerció el poder supremo y solitario de Stalin, por las propias características de China: falta de centralidad y comunicaciones modernas, y porque nunca tuvo un aparato militar comparable a la KGB. El partido comunista chino respondía a la división regional existente en la república y una profunda polaridad entre el llamado conservadurismo de Pekín y el radicalismo de Shanghai. La Revolución Cultural es también, aunque no sólo, la confrontación entre estas dos regiones que significaban dos tradiciones culturales y diferentes vertientes intelectuales e ideológico políticas: esta batalla fue la confrontación de las zonas ideológicamente más pauperizadas y atrasadas frente a las modernas y diversas en el ámbito de la cultura.

Mao Tse-Tung fue el gran autor de la Revolución Cultural, y su esposa Chiang Ching, la actriz principal de dicha obra. Esta primera dama se convirtió en el centro de un grupo de pseudo intelectuales descontentos, escritores fracasados, actores de segundo orden y directores cinematográficos, es decir un grupo que deseaba ejercer el dominio de las artes y radicalizarlas. El teatro chino es una de las más antiguas e importantes tradiciones; ha sido por centurias uno de los ámbitos de la identidad social y de la crítica política a través de la representación. En la China de los sesenta, el teatro seguía siendo uno de los ejes vertebradores de la cultura de masas y se sobrepuso a la tradición como el vehículo de endoctrinamiento del maoísmo, frente a las representaciones tradicionales y modernas occidentales. La Revolución Cultural fue inaugurada por el discurso pronunciado por el Gran Timonel, el 13 de febrero de 1964: "El actual método educativo arruina el talento y arruina a la juventud. No apruebo la lectura de tantos libros. El método de examen se parece a un método para lidiar con el enemigo. Es sumamente perjudicial y hay que suspenderlo." Mao afirmó: "No podemos seguir los antiguos caminos del desarrollo técnico de todos los países del mundo y arrastrarnos paso a paso detrás del resto. Debemos aplastar las convenciones, cuando hablamos de un gran salto adelante nos referimos precisamente a esto." La Revolución Cultural era continuidad del Gran Salto Adelante; su costo para la sociedad China era un costo anunciado. En 1964 Chiang Ching fue autorizada para organizar el festival de Ópera de Pekín, con temas contemporáneos que fueran representados por las más de tres mil compañías teatrales de carácter profesional existentes. Según la esposa de Mao la ópera estaba dominada por temas antiguos de héroes y heroínas, emperadores y príncipes al servicio de generales ministros y eruditos: "monstruos y espectros" que habían alejado a la ópera de los 600 millones de campesinos, obreros y soldados, que a partir de ahora la Revolución Cultural los pondría en escena en las llamadas "Óperas Modelo".

En 1965, Mao se traslada a Shanghai y en esa trinchera acusa frente a un grupo de albaneses que "la elite privilegiada de Rusia se había originado en los círculos literarios y artísticos y que lo mismo estaba sucediendo en China". Descalificadas las asociaciones literarias y artísticas como transplante de la Unión Soviética, y la Academia de Ciencias de Pekín como un "país encantado atestado de anticuarios que leían periódicos ilegibles", Mao Tse-Tung deposita su confianza en el ejército campesino. Confirmado el apoyo del ejército, Mao consolida la Revolución Cultural y Chiang Ching es designada oficialmente para dirigir la Revolución; publica su manifiesto el 10 de noviembre de 1965, que quedó convertido en el documento central de este proceso político que marcó al siglo XX. En él se afirma: "Los tiranos eruditos que usaban un lenguaje incomprensible para silenciar la lucha de clases y mantener la política fuera de la academia usando la falacia de que todos son iguales ante la verdad". Los primeros Guardias Rojos aparecieron el 29 de mayo de 1966 y su primer acto fue atacar la Universidad de Tsinghua. Los Guardias eran estudiantes de enseñanza secundaria a los que pronto se les unieron otros de nivel superior y los miembros de las Ligas Juveniles del Partido Comunista que, con el apoyo de Mao, se rebelaron contra sus jefes. Para ese verano del 66, todo el sistema de educación chino quedó paralizado, lo que provocó una desbandada de profesores aterrorizados.

Uno de los iconos característicos de la Revolución Cultural fue el llamado "Cartel de Caracteres Grandes", dirigido contra las autoridades y maestros universitarios. Estos carteles fueron iniciados por profesores radicalizados dentro de los que destacó mundialmente Nieh Yuan-tzu, profesora de filosofía que se convirtió en el terror del claustro y después elaborados por los estudiantes: en menos de una semana cerca de 10 000 estudiantes habían fijado 100 000 carteles "grandes como puertas" y a menudo con caracteres de más de un metro de altura. Los Carteles de Caracteres Grandes contenían consignas y amenazas y fueron los heraldos del terror: se clausuraron y saquearon las bibliotecas universitarias y públicas, las tradicionales casas de té, las cafeterías, los teatros privados e independientes fueron prohibidos y junto con ellos Ibsen, O'Neill, Shaw, Chejov y el método "Stanislavsky", así como el impresionismo, el simbolismo, el arte abstracto, el fauvismo, el modernismo, los restaurantes particulares, las bodas y los funerales, la costumbre de los hombres y mujeres de tomarse de la mano y los cometas de los niños. A los músicos, actores y acróbatas se les impidió trabajar, se quemaron los libros, los juegos de ajedrez, los sombreros de copa, los discos de jazz y rock and roll y junto con una amplia gama de obras de arte fueron utilizadas para formar inmensas fogatas en la vía pública, al tiempo que los Guardias Rojos destruían los letreros de neón y la Galería Nacional de Arte fue clausurada. Ninguna autoridad se atrevió a enfrentar a los Guardias Rojos que recorrían las calles de las ciudades chinas y se apoderaban con violencia de las estaciones de radio, los canales de televisión, los diarios y las revistas. Las cámaras y los filmes fueron confiscados y en los estudios de teatro, radio y televisión sus representantes corregían los libretos de las obras, tachaban las partes occidentales de las partituras. Todo científico que trabajaba en los institutos de investigación fue estigmatizado como "especialista Blanco". Los Guardias Rojos tomaron oficinas públicas y obligaron a los funcionarios a entregar los archivos bajo la amenaza de ser acusados de "instrumentos del revisionismo"; en las calles, los jóvenes que portaban ropa occidental eran rapados o desnudados y en el ballet fueron prohibidos los dedos de orquídeas y las manos hacia arriba favoreciendo en la nueva coreografía revolucionaria los puños cerrados y los movimientos fuertes. En el verano del 1966 todas las instituciones de carácter cultural habían ya sido tomadas y Mao Tse-Tung, hombre de 70 años, protagonizó el ejercicio colectivo de nado en el Yangtzé (16 de junio) como parte del rito del culto de su persona. El dirigente chino estaba convertido, como en el apogeo del absolutismo francés, en el Nuevo Sol, y millones de jóvenes miembros de los Guardias Rojos cantaban el segundo himno nacional: "Por el Este Rojo nace el sol, y surge en China un Mao Tse-Tung". La Revolución estaba en su cúspide y madame Chiang Ching sentenciaba: "con el martillo en la mano, me propongo atacar la totalidad de las viejas convenciones".

A partir de estos eventos, China empezó a caer en una guerra civil. Después de que miles de hogares fueron allanados y saqueados, la violencia paraestatal había llegado al límite y la respuesta social frente al terror y en defensa de la integridad individual y familiar se generalizaba en todo el territorio nacional. De la misma manera que aconteció con el Gran Salto hacia Adelante, a fines de 1967, Mao Tse-Tung ordenó a Chiang Ching que suspendiera toda actividad. La catástrofe producida en los bienes e instituciones culturales, académicos y científicos de la nación fue incalculable, pero en vidas humanas, según la agencia de noticias France Press (3 de febrero de 1979), ascendió por lo menos a 400 000 personas. Los efectos de la Revolución Cultural incidieron también en el futuro del marxismo como interpretación racional del mundo, cuyo objetivo era construir la primera revolución racional que inaugurara la historia del hombre como sujeto universal.

La vandalización del pensamiento de izquierda quedaría marcada por esta nueva modalidad de revolución. Los grupos más fanatizados y violentos de la izquierda serán, a partir de esta marca en la historia, ligados o autoidentificados con el maoísmo, que acabó siendo al final de la década de los sesenta la deformación totalitaria y pauperizadora de la utopía del hombre nuevo: libre, racional y crítico que el pensamiento ilustrado del Siglo de las Luces y el romanticismo del siglo XIX habían aportado al marxismo clásico en su proyecto civilizatorio. Este proyecto restituía a la sociedad su condición de conductora racional de la historia y cuya utopía había sido desgarrada a principios del siglo XX por las exigencias prácticas de la dominación política de construir el socialismo en un solo país. Entusiasmo original que sólo quedaba en los círculos intelectuales independientes y críticos de los dos bloques existentes.

Los personajes de la Revolución Cultural continuaron en el escenario público más allá de los límites del proceso. El 6 de octubre de 1976, a menos de un mes de la muerte de Mao Tse-Tung (9 de septiembre de 1976), se inicia la violencia contra los principales personajes que aparecieron por delante del Gran Timonel y la revancha que engendró el terror que se les tuvo los convirtió en La Banda de los Cuatro: Wang Jung-Wen, Chang Chung-Chiao, Chiang Chin (viuda de Mao) y Yao Wen-Yuan, quienes acabaron en la cárcel y condensaron simbólicamente la responsabilidad del desastre. Estos personajes confirmaron en su propio destino las dos caras de la impunidad y manipulación del régimen: la que practicaron y la que les fue practicada, y con ello confirmaron la permanencia de los métodos de una cultura política totalitaria y despótica, propia de los mandarines. Pasada la Revolución Cultural un evento importante en el proceso de distensión que marcó la década de los sesenta surge con toda su carga simbólica en abril de 1971, cuando el primer ministro Chou En-Lai inicia el proceso de apertura de relaciones con Estados Unidos a través de un evento conocido como la diplomacia del ping pong. Pekín invita al presidente Nixon a visitar China. En julio, Henry Kissinger consejero del presidente norteamericano acepta la invitación (viajará a China en febrero de 1971), y el 25 de octubre de 1971 la República Popular China ingresa a las Naciones Unidas, donde ocupará un cargo permanente en el Consejo de Seguridad. Al mismo tiempo, la ONU expulsa a Formosa, reconociendo a Pekín como único representante de China. La admisión de China en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sanciona el fin de una etapa de la Guerra Fría en la cual Formosa jugó un papel central en la contención militar al mismo tiempo que China es aceptada por occidente como un nuevo polo de poder frente al otro bloque, rompiendo el monopolio soviético de la interlocución y abriendo una cuña en su hegemonía como metrópoli. Este evento muestra el fin de un periodo construido y cohesionado por una bipolaridad mundial, hegemónica y excluyente.

 

La promesa y la furia

La década de los sesenta, como todos los periodos intensos de la historia, es desbordada en sus orígenes e inconmensurable en sus influencias. Ésta se abre al mundo en 1958 y revela, en el mes de junio, el grado de represión al que puede llegar el Estado soviético, que se había autoerigido como el constructor del nuevo hombre libre. Este Estado revela su componente totalitario y utiliza las tropas del Pacto de Varsovia en nombre del comunismo internacional contra el pueblo. Ese mes fue fusilado el presidente húngaro Imre Nagy, que encabezaba el gobierno popular en el que culminan los movimientos estudiantiles de 1956 y que buscaron la restauración de las libertades políticas y la autonomía del gobierno frente a la hegemonía soviética. Este golpe totalitario contra los jóvenes, constructores centrales de la década de los sesenta, culmina diez años después en Checoslovaquia. La primavera llevó a Praga una serie de medidas liberalizadoras que culminan el 5 de abril de 1968 con el levantamiento de la censura a la prensa. Este florecimiento de las libertades es cortado la noche del 20 al 21 de agosto en que las tropas del Pacto de Varsovia invaden Checoslovaquia. Los años sesenta son inexplicables sin la guerra de Vietnam, a partir de la capitulación de las tropas francesas en mayo de 1954 y del acuerdo de Eisenhower con los británicos para una política de intervención en el sudeste asiático. Desde ese mismo año hasta el 27 de abril de 1975, con la rendición de las tropas vietnamitas y americanas, se pone fin a una guerra de más de 30 años.

Esa guerra se convierte en el símbolo de la lucha por la libertad y el anticolonialismo y, por primera vez en la historia de Estados Unidos, en una fuerte lucha de oposición de los jóvenes norteamericanos, que queman las tarjetas de reclutamiento e inician los movimientos pacifistas que se expresan en los movimientos hippies en las universidades de gran prestigio. Los relevos de la élite llamados a mantener la hegemonía metropolitana se vuelven contestatarios. Son años en que el mundo sufre un vuelco y los "inferiores" y subordinados de las décadas anteriores se convierten en los actores centrales de la propuesta del cambio social y político: los jóvenes y los pueblos colonizados o periféricos, los negros y los "amarillos" escenificaron la nueva llamada a la liberación del mundo occidental. El mundo paría lo posible y lo inédito y abría el horizonte de los imaginarios colectivos a una nueva moral que reemplazaba la medida en el sistema de valores con la que juzgaban las conductas de los demás. El status de los inferiores pasa a ser el status de "los otros": de los iguales. El negro deja de ser "negro", el "indio" no lo es más, y los hijos y sus gritos sustituyen la oración de gracias a la hora de los sagrados alimentos.

La rebeldía que interrumpe el envejecido y monótono monólogo paterno que predica los valores norteamericanos de una generación que funda su autoridad en la gloria de haber ganado la guerra mundial y reemprendido el progreso después de haber vencido el crack de 29, ve surgir en los estados más conservadores de la nación norteamericana el movimiento por los derechos civiles. La sociedad estadounidense, que apareció ante el mundo como la preservadora de la democracia frente al totalitarismo del bloque comunista, mostraba de nuevo su doble raíz en la confrontación entre liberales civilistas y conservadores racistas. Este proceso de lucha por la igualdad civil escenifica en Estados Unidos sus mejores batallas en la década de los sesenta. Al frente de esa batalla por la igualdad racial, se encontró el pastor Martin Luther King, quien el 28 de agosto de 1963 encabeza a 300 mil manifestantes en la Marcha sobre Washington. Mitin en donde Luther King da en el Lincoln Memorial el famoso discurso: "Yo he tenido un sueño". Al pastor Luther King se le concedió el premio Nobel de la Paz el 14 de octubre de 1964, como prueba de la importancia que adquiere su figura política en la lucha antirracista que priva en el ambiente mundial, acto de reconocimiento que complementa las manifestaciones anticoloniales y antirracistas en Berkley o en contra de la guerra de Vietnam en el Barrio Latino en París. La joven generación de la posguerra, los niños del baby boom inician en el seno de la sociedad opulenta la larga carrera de politización que daría el significado a la década y la coloca en el curso del tiempo como un punto de inflexión en la historia contemporánea.

El 22 de noviembre de 1963 es asesinado el Presidente John F. Kennedy; Lindon B. Johnson es nombrado presidente y consigue la aprobación del Congreso de las leyes sobre igualdad de derechos, lo que no termina con los movimientos antirracistas. El 21 de febrero de 1965 es asesinado Malcom X, jefe de los musulmanes americanos, en el Audubom Ballroom en Harlem, Nueva York, y en 1968, el pastor Martin L. King. Otro personaje de la época es Angela Davis, discípula de Herbert Marcuse, quien se volvió un prototipo para las militantes del emergente movimiento feminista de la época. Herbert Marcuse, intelectual de la escuela de Frankfurt y prestigiado académico norteamericano, había demostrado en 1958 la transformación de las tesis centrales de la teoría clásica marxista en ideología del régimen soviético, fruto de las necesidades prácticas del ejercicio de la dominación. Marcuse no sólo demuestra la conexión entre las deformaciones ideológicas y la realidad soviética, sino también cómo a través del uso ideológico del marxismo soviético se logra una perspectiva de los aspectos sustantivos de la vida política de la metrópoli del bloque. Pero Marcuse no sólo fundamenta el análisis de la ideología soviética, sino también establece semejanzas importantes entre la sociedad capitalista y la soviética, ambas en su condición de sociedades tecnológicas y cabezas de bloques político-militares. El análisis marcusiano fue una pieza intelectual importante en el tablero de la crítica de los años sesenta al orden establecido por los dos bloques hegemónicos, en donde la Unión Soviética deja de ser la depositaria de la utopía proletaria del hombre nuevo y aparece ejerciendo la dominación totalitaria, pragmatismo ligado al mantenimiento hegemónico de toda metrópoli. Es también Marcuse quien diera al mundo una versión totalmente diferente de los efectos del bienestar del desarrollo capitalista metropolitano y de su autoversión ideológica del mundo de la democracia y la libertad.

Ese mismo año de 1964, en el que Martin Luther King obtuvo el premio Nobel de la Paz, el 22 de octubre se le otorgó a Jean Paul Sartre el de literatura. Si el primero era un hecho que marcaba un cambio en la historia del Nobel, el segundo produciría un evento insólito y único en la historia del premio. Jean Paul Sartre no aceptó el reconocimiento mundial: "Mi rechazó ­afirmaría en conferencia de prensa­ no obedece a un acto improvisado, siempre he declinado las distinciones oficiales. El escritor debe rehusar el dejarse transformar en institución, aun cuando sea de la manera más honorable, como es el caso."

 

La palabra en los muros: la reescritura de la utopía

La década de los sesenta es también el tiempo de los movimientos estudiantiles. Si algo la identifica y la fija como recuerdo en la memoria colectiva de las generaciones futuras colocándola como la puerta de entrada a la segunda mitad del siglo XX es la ruptura de los jóvenes con el orden establecido. Los estudiantes resquebrajaron los valores de los grupos dirigentes del status quo, conductores de las instituciones del Estado y hacedores de la cultura que reitera los valores producidos en el imaginario colectivo por las victorias sobre los fascismos y el gran crack, eventos que cimbraron al mundo entre 1929 y 1934. Los estudiantes se vuelven el actor social que emerge de lo privado a lo público, de la casa a la calle, de la universidad a la universalidad, del campus y la universidad a la sociedad y a la defensa de ésta frente al Estado. Los movimientos sociales protagonizados por los jóvenes cuestionaron la legitimidad del Estado nacional, basada en la retórica de la posguerra y en el uso creciente de la fuerza policiaca y militar, en la defensa de las instituciones políticas legalmente existentes. Ante los jóvenes del baby boom, niños nacidos en el proceso de resarcimiento colectivo frente al trauma mundial de la muerte que recorrió al mundo en la Segunda Guerra Mundial, la defensa del régimen establecido no era más la de la democracia o el socialismo, ni los ejércitos nacionales luchaban por la justicia en contra de la intervención del otro bloque, sino que las armas eran empleadas para asesinar a los grupos de jóvenes que protagonizaban las luchas sociales por la libertad y la justicia enfrentándose a la censura y la persecución, la represión o el terror de Estado impuesto a los grupos opositores.

El icono de la justicia rejuvenecida fue el Che Guevara, guerrillero muerto en Bolivia por las tropas golpistas vinculadas al "imperialismo yanqui", quien tuvo que salir de una Cuba cada vez más fidelista por diferencias con el comandante Castro. El Che encarna el sentido de la libertad que recorría y unía el lado joven a ambos lados del planeta, nulificando su diferenciación y construyendo su identidad comprometida en torno a la utopía de un futuro libre y justo. Guevara, joven y guapo guerrero, confronta el orden establecido y reinstaura frente al confort y el consumo desatado por el crecimiento de la sociedad post-industrial, el espíritu romántico libertario y, como tal, la nueva moral pública que sustenta los juicios de los jóvenes en sus acciones colectivas: "Defiendo a la revolución como moral", diría Guevara frente a una Cuba incorporada a la estrategia pragmática del mundo en bloques, que en 1962 había vivido ya la subordinación de la isla al mandato de la geo-política soviética, en la llamada crisis de los misiles. El Che significó el retorno de la utopía frente al pragmatismo político-burocrático en el que habían caído las direcciones políticas nacionales y que internacionalmente se expresaba en el nuevo equilibrio externo de la coexistencia pacífica. No hay movimiento estudiantil que no ondee su imagen, volante o pancarta que no repita sus consignas revolucionarias de guerrillero latinoamericano. Ser joven en los sesenta era estar en "el ardiente amanecer del mundo", era ser radical y saber la raíz del mal, era verse a sí mismo con la boina inclinada y el brazo izquierdo en alto, con la V de la victoria o el puño cerrado. La representación colectiva del cambio se condensó en la identidad con el guerrillero, que impregnaba de un nuevo sentido la palabra revolución. Los sesenta y ocho son uno de esos periodos en la historia, en donde la biografía cobra sentido en el impulso de la historia y en donde la individualidad es impensable sin el compromiso con la sociedad.

Los movimientos estudiantiles detonan en América, Asia, Europa y Medio Oriente. En África los estudiantes formados en las universidades metropolitanas eran parte importante de las élites dirigentes que promueven los procesos de lucha armada por la descolonización. Aunque tienen elementos que pueden ser considerados como comunes, las diferencias de los países en los que éstos tuvieron lugar marca un punto de diferenciación entre ellos, no sólo en sus demandas particulares, sino también en sus tipos de lucha y finalmente en la manera en que dichos procesos sociales son enfrentados y "resueltos" por los gobiernos de los Estados nacionales. Es precisamente la sincronía por encima de las diferencias de desarrollo económico, tradiciones políticas y sociales lo que marca su identidad, y da sentido a una década troquelando el tiempo en la historia con los signos que la identifican y constituyen su significado. Este es el tiempo en la historia del siglo XX en el cual se construye a la juventud como categoría social de identidad y diferenciación.

En las sociedades post-industriales ­para utilizar la nomenclatura de la época­ en el año de 1968, tuvieron lugar movimientos estudiantiles en Estados Unidos, Japón, Francia, Alemania e Italia; en la otra Europa, la mediterránea, en España; en los países latinoamericanos, en Argentina, Bolivia, Brasil, México, Perú y Uruguay, y en Medio Oriente, en Turquía. Un elemento constante de los movimientos estudiantiles en esta parte del mundo fue el antibelicismo que se expresaba fundamentalmente en contra de la guerra de Vietnam. En América Latina en particular, una de las causas ideológicas de la movilización fue el repudio del bloqueo estadounidense a Cuba y la denuncia del respaldo a los gobiernos golpistas de la región. Europa Oriental vio también movimientos estudiantiles en Polonia, Yugoslavia y Checoslovaquia; este último formó parte de la llamada Primavera de Praga. En esta parte del mundo la lucha estudiantil fue también por la libertad y en contra de los valores establecidos del status quo que aparecían, como una simulación ideológica, detrás de la promesa liberadora de los estados socialistas agazapados detrás de las prácticas totalitarias de Estado. Pero no todas las movilizaciones estudiantiles fueron movimientos sociales, ni tuvieron el corte juvenil contestatario y transformador que buscaba la construcción de una nueva moral pública y una nueva estética, fundada en el cambio de una escala de valores que influía en la percepción del mundo frente a las versiones agotadas. La contraparte estudiantil de mayo del 68 en París y de la primavera de Praga fue la Revolución Cultural china, en donde el movimiento estudiantil formado por los llamados Guardias Rojas tuvo un objetivo restaurador del totalitarismo y un sentido profundamente conservador de las tradiciones autoritarias del poder político. En la Revolución Cultural, los sectores gobernantes más conservadores movilizaron a los jóvenes fanatizados por la preservación de la ortodoxia totalitaria. Parte de la presencia de los jóvenes en el espacio público fueron las pintas en las bardas de las ciudades. Los muros tienen la palabra rompía con la concepción de la ciudad limpia y ordenada del mundo urbano.

La importancia de estos movimientos se expresa en la capacidad transformadora y en la reinterpretación de la historia a partir de estos eventos. La democracia y la lucha contra el autoritarismo y el totalitarismo encontraron en las luchas estudiantiles del 68 a los creadores y escritores de las nuevas verdades políticas e ideológicas que animarán las batallas durante las tres décadas siguientes.

 

Ricardo Pozas Horcasitas, "Los sesenta: del otro lado del tiempo", Fractal n° 20, enero-mrzo, 2001, año 5, volumen VI, pp. 77-105.

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