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El dios y la mano
Se abre una mano en el universo. De la oscuridad que se escapa de ese puño surge un dios pequeñisímo. Pero ¿de qué tamaño es un dios pequeñísimo? Entre las colinas y valles de la palma dice, con su aguda vocecita : "Antes de mí no había nada. Estoy parado en mi propia mano, creadora de oscuridades". El puño vuelve a apretarse y aplasta al diosesito. El dios desaparece, y desaparece el universo, pero la mano no. Fábula cruel de un niño cruel
Un padre y una madre, antes de serlo, conciben un niño. Y entonces son de veras un padre y una madre. El niño crece lo suficiente como para entender esto, pero entonces le parece extraño que sus padres hayan sido otra cosa antes de ser padres; y más extraño le parece aún que él, en cambio, haya sido siempre hijo. O sea, cree que ellos le deben algo a él, que no les debe nada. Así que, en restitución, se cobra con su vida. Historia elemental Para Jorge Silva
Hubo un diluvio. Los hombres que había entonces se ahogaron; y se ahogaron sus perros, sus gallinas, sus ovejas. Todo se ahogó, excepto lo que ya vivía en el agua. Por eso los peces viven alejados de nosotros y son mudos. Pero también por eso su nimbada estupidez es divina y muy, muy vieja, de cuando los dioses no se habían ahogado todavía.
El solitario
Aquí todos dicen que es la excepción, y tal vez por eso lo llaman "el solitario". Supongo que no lo consideran su enemigo ni su contrario sino, más bien, la límpida confirmación de su regla más general. No les incomoda; al revés, está bien visto llevarse con él. Lo invitan a sus reuniones y así se sienten un poco buenos y otros poco seguros de que la regla sigue firme y en pie. No es un Genio ni nada parecido, pero está alegre mientras los demás tristean en su rincón.
Lady Macbeth Para Laura Sosa
Está acodada en la barra, sola, tal vez esperando. Pliega los pulgares bajo las palmas extendidas y con los índices se repasa ambos lados de la nariz, como limpiándose el sudor. Luego los frota contra sus piernas. Pone los codos otra vez sobre la barra y entrelaza las manos delante de sí, con la pausada lentitud de quien hace tiempo. Se mira los dedos con disimulo y vuelve a frotar los indices contra la falda.
El regreso
Vino desde el fondo del jardín, en línea recta, decidido, sin siquiera mirar que así, imperturbable, surcaba ya un oceáno de miradas. No se detuvo. Saltó por encima del pretil de la piscina y entró limpiamente al agua. Todos vimos su recta figura ondular bajo una red de ondas, pegada al fondo, y salir, nítida y maciza, del otro lado. En dos movimientos se colocó de nuevo sobre la orilla y enfrentó el agua. Echó la cabeza hacia atrás y, formando con ambas manos una apretada diadema, se exprimió sobre la espalda el exceso de agua. Un rostro limpio y serio, recién peinado.
Historia general de las conquistas Para Julián Meza
El capitán exageraba. Nunca tuvo especial remilgo con los demás, porque nunca se formó un juicio claro sobre ellos. En cambio, era muy estricto en cuanto a su persona y en todo ponía un gran esmero. Ir a perseguir indios a las montañas o esperar a las indias en su habitación, todo le daba igual: siempre se presentaba inmaculadamente vestido, con una enorme seriedad, quizás un poco relamida. En eso consistía su dignidad, pero sobre todo su generosidad. Nunca se preguntó si aquellas aventuras y refriegas estaban a la altura de su hombría, o si los pobladores de aquellas tierras tenían alma o no.
El celoso
Era una película de amor sentimental, así que, previendo un final azucarado, decidió no entrar al cine. Se quedó sentado en el camellón, absorto. A la hora de la salida vio cómo la apretada maraña de los espectadores se iba deshilando por calles y callejas, y se dejó llevar por aquel torrente. De pronto se encontró avanzado a solas detrás de una pareja de cierta edad. Podrían haber sido sus padres. Le cruzó por la mente una idea aterradora. Sacó del bolsillo de la chaqueta un lapicero, que disfrazó de navaja en la oscuridad y de un solo salto se enfrentó a los viejos. La mujer lanzó un chillido corto y agudo, como el de las ratas cuando se escapan, y el hombre metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, buscando la cartera. Pero él, con un hilo de voz, sólo dijo:
Paternidad
Un hombre decidió no acostarse a dormir mientras no tuviera un sueño. Por extraño que parezca, así fue. Se sentó en una butaca de su sala. Por la mañana llamaron a su puerta.
El roble
Ver el mundo como las encinas y los robles, que no tienen más patria que el azoro. Verlo seriamente, como los cerros, echados siempre en su lecho de nostalgia... Quiso estar en cada sitio, estar, como las cosas y las plantas: discreta, impasiblemente.
Desvelo
A veces temo que recargue todo su peso en la puerta del baño -que no sé por qué parece la más frágil-, pero a menudo me quedo despierto esperando que lo haga, porque sé bien que con ello se prepara para el frío de la madrugada. Rara vez, durante el día, le pongo atención a ese leve crujido con que se desplaza su peso de un lado a otro, como quien se balancea sobre su cadera para turnar el trabajo entre las dos piernas. Pero siempre me entristece oír cómo se ensimisma la casa en esos breves, humildes crujidos, cuando se prepara a pasra la noche.
Maternidad Para María Tello
La mujer se miró el ombligo mientras se enjabonaba. Una extraña cicatriz -pensó-, señal de que hemos sido paridos. Pero ¿por qué sólo una de las puntas del cordón umbilical deja una marca? Yo llevo la huella de ser hija de mi madre, como mi hijo lleva la huella de ser mi hijo. Sin embargo ni en ella ni en mí han dejado cicatrices nuestros hijos... La próxima vez pediré que me hagan cesárea. Será como un segundo ombligo, mucho mejor destinado que el primero.
El sátiro
Un hombre se queda en casa y piensa en la libertad de su mujer, que está de viaje. Siente entonces que lo invaden a la vez el entusiasmo y la nostalgia. No extraña las leyes pertinentes del siglo pasado, ni las del antepasado, sino algo mucho más antiguo, de cuando los dioses se deleitaban en la tierra, inmoderadamente, y no trepaban todavía a sus olimpos.
Francisco Segovia, ¨Abalorios¨, Fractal n° 1, abril-junio, 1996, año I, volumen I, pp. 25-34.
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